Los César y el complejo europeo frente a Hollywood: cuando el homenaje eclipsa al cine (y lo que aún diferencia a Francia de España)
La última ceremonia de los premios César, celebrada a finales de febrero de 2026 en París, ha vuelto a abrir un debate incómodo pero recurrente: el del complejo del cine europeo frente a Hollywood. No se trata de cuestionar el palmarés —que cada año puede ser más o menos discutible—, sino de analizar la narrativa simbólica de las galas y qué revelan sobre la autoestima cultural del propio sector.
Francia, conviene recordarlo, no es una cinematografía marginal. Muy al contrario: es uno de los pocos países del mundo con una industria capaz de competir en su propio mercado. Las estimaciones provisionales de 2025 sitúan la cuota del cine nacional francés en torno al 37.7 %, mientras que España ronda aproximadamente el 19 %, cifras coherentes con la tendencia de los últimos años. Es decir, Francia no necesita legitimarse mirando a Hollywood; ya posee una estructura industrial sólida, público fiel y prestigio internacional.
Y, sin embargo, la gala de los César de este año pareció empeñada en demostrar lo contrario.
El macro-homenaje dedicado a Jim Carrey —centrado casi obsesivamente en La máscara y conducido por el presentador Benjamin Lavernhe— fue sintomático. Nadie discute que Carrey es un actor influyente y popular, ni que su trabajo marcó a toda una generación. Pero convertir gran parte de la ceremonia en un tributo casi monográfico a una comedia hollywoodiense de los años noventa transmitió una sensación incómoda: la de que el cine francés buscaba validación externa, como si necesitara la bendición simbólica de Hollywood para reafirmarse.
Esta lógica recuerda inevitablemente a la sátira radiofónica española de Las Noches de Ortega, que en su parodia de los “Premios Velázquez del Cine” ponía en boca de una ficticia actriz hollywoodiense un discurso demoledoramente claro sobre el complejo cultural europeo. En la pieza, la invitada afirmaba:
«la verdad es que estoy aquí porque soy la única actriz que ha podido venir y entonces todos ustedes que conservan todavía un punto provinciano me agasajan porque tienen un poco de sentimiento de inferioridad, es decir, como soy americana ustedes ya flipan».
El sketch remataba la idea con sarcasmo desde el estudio, cuando los comentaristas alababan su supuesta modestia:
«sigo aquí emocionada por la humildad, la sencillez de esta actriz… es que es súper normal… que sencilla… estando aquí en España… nos trata como de tú a tú, como si fuéramos personas normales… increíble».
La broma funciona porque exagera un mecanismo reconocible: cuando la presencia extranjera se convierte en el acontecimiento principal, el cine propio pasa a segundo plano.
Pero lo más llamativo es que hoy, coincidiendo con la celebración de los Goya en España y con la presencia de Susan Sarandon como invitada destacada, la realidad parece acercarse peligrosamente a la parodia. Titulares que destacan sus elogios políticos al país anfitrión y a su gobierno refuerzan esa sensación de que el foco se desplaza del cine hacia la validación simbólica exterior: en El Mundo: Una emocionada Susan Sarandon alababa la "lucidez" de España respecto a Gaza y celebraba su premio Goya Internacional:
«Pedro Sánchez está en el lado correcto de la historia»
En ese sentido, la sátira de Ortega adquiere una resonancia inquietante. En la ficción, los discursos de agradecimiento terminaban girando obsesivamente en torno al presidente del gobierno, con frases como:
«Pedro, este premio es tuyo»
«este premio es para ti Pedro Sánchez por ser bondadoso, por ser empático, por ser como eres.»
«gracias Pedro por haberme dejado ser tú»
«Pedro, tú sí que eres el Einstein de la política»
Lo que en la parodia era absurdo por reiterativo, hoy parece menos improbable. Y esa coincidencia revela un problema de fondo: cuando las galas dejan de girar en torno al cine para girar en torno a símbolos de poder, fama o validación internacional, el espectáculo devora al contenido.
Y, sin embargo, hay una diferencia importante entre Francia y España.
Porque si algo mostraron los César es que, pese a ese gesto de fascinación hollywoodiense, el cine francés no sufre complejos con su propia identidad nacional. La presidenta de la Academia, Camille Cottin, cerró su intervención con un claro «Vive la France», una expresión que en Francia se percibe como natural, institucional y culturalmente legítima.
Francia, en cambio, mantiene algo que el cine español parece haber ido perdiendo: la capacidad de combinar autocrítica con orgullo cultural. Puede permitirse celebrar su cine y su país sin pedir perdón por ello. Incluso en el uso del cuerpo y la provocación escénica se percibe la diferencia: cuando aparece el desnudo o el gesto performativo en el contexto francés suele estar vinculado a una causa, a una reivindicación o a una tradición artística concreta, mientras que en los Goya recientes ha predominado la búsqueda de la risa inmediata o del impacto televisivo.
También fue significativa la ausencia de reproches institucionales. La presidenta no pidió más financiación pública ni convirtió su discurso en una queja contra el gobierno. Al contrario, apeló directamente al público como verdadero sostén del cine, recordando el mecanismo de financiación cruzada que sustenta la industria francesa. En sus palabras:
«Entonces, quizás no lo sepan ustedes que nos están viendo esta noche, pero cuando van al cine, cuando compran una entrada de cine, están financiando futuras películas francesas. Se convierten en actores de la creación.»
El mensaje era claro: el futuro del cine no depende sólo del Estado, sino del público. El poder de salvar la industria está en la sala, no en el despacho. Una concepción cultural que sitúa al espectador como agente activo y no como simple consumidor subvencionado.
Resulta difícil imaginar un equivalente en los Goya. Un «¡Viva España!» pronunciado sin ironía probablemente generaría sorpresa, debate o incomodidad. En el caso español, la relación entre cine e identidad nacional suele adoptar otro tono: más autocrítico, más sarcástico, a veces incluso autopunitivo. El humor de gala recurre con frecuencia a la provocación, a la irreverencia corporal o al comentario político como elemento central del espectáculo.
Francia puede equivocarse en el espectáculo, pero no parece dudar de su lugar cultural ni de la implicación de su público.
El problema de esta edición no fue homenajear a Jim Carrey.
El problema es más amplio: cuando las galas olvidan el cine y se convierten en ceremonias de validación simbólica, ya sea mirando a Hollywood o mirando al poder político.
Porque el cine no es un actor, ni un invitado famoso, ni un dirigente, ni un gesto provocador.
El cine es una comunidad creativa.
Y cuando una gala olvida eso, deja de ser una celebración del cine para convertirse, simplemente, en un espectáculo.
Foto Cortesía Canal+
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