Crítica “Loynes” en Clermont-Ferrand
“Loynes”: absurdo, justicia y teatro de espectros en Liverpool
Loynes, el nuevo cortometraje de Dorian Jespers, ha tenido una presencia destacada en el circuito internacional en 2025–2026. La película se estrenó mundialmente en la sección oficial de cortometrajes de la Quinzaine des Cinéastes del Festival de Cannes 2025, una de las plataformas más relevantes para cineastas con propuestas audaces. También ha sido seleccionada para el Festival Internacional de Cortometrajes de Clermont‑Ferrand 2026, consolidándose como una de las obras de ficción de largo formato breve más comentadas de la temporada, y ha formado parte de la competición oficial de festivales como Guanajuato International Film Festival y el FICX de Gijón, donde su tono singular la distingue en la sección de cortometrajes oficiales.
La película reconstruye un drama judicial kafkiano en la Liverpool del siglo XIX: un tribunal se reúne para juzgar a un cadáver sin nombre ni pasado. Lo que a primera vista podría leerse como una metáfora del absurdo burocrático o de una justicia dislocada, se despliega ante nuestros ojos como una ceremonia grotesca y fascinante a la vez, con decenas de espectadores observando y esperando justicia en un escenario tan ilógico como hipnótico.
Una pieza de fábula judicial: tono, estilo y narración
Lo que caracteriza a Loynes desde sus primeros compases es su fusión de lo teatral y lo surrealista. La película despliega una puesta en escena que parece surgir de una fábula más que de la historia lineal: los personajes —jueces, abogados, y una audiencia heterogénea— discuten, gritan y se enfrentan a la evidencia de lo imposible sin perder nunca la compostura ritual que rige este juicio atávico.
Esa mezcla de absurdo y solemnidad es la clave de su fuerza narrativa: Jespers utiliza el formato de juicio para explorar cómo la sociedad busca sentido y orden incluso cuando se enfrenta a lo inexplicable. La cámara no sólo registra los gestos de los personajes, sino que se convierte en un testigo más del espectáculo, atrapando ese contraste entre lo serio y lo ridículo que no sólo provoca risa contenida, sino también una reflexión sobre cómo interpretamos la justicia y la verdad.
Dirección, diseño y atmósfera
Visualmente, Loynes tiene un patrón que recuerda a un teatro de época, donde cada encuadre parece cuidadosamente compuesto para subrayar el absurdo ritual que se desarrolla en la sala de tribunal. La fotografía de Arnaud Alberola y el diseño de producción contribuyen a construir un ambiente que oscila entre la pintura histórica y el ensayo performativo, otorgando a cada escena una textura tangible que no es solo estética, sino profundamente sugestiva.
La solución sonora —mezcla de voces, golpes de mazo, murmullos de audiencia y silencios tensos— también juega un papel fundamental en la construcción de la atmósfera. El sonido no busca ambientar de forma apaciguadora, sino presentar la escena como un organismo vivido y caótico, lo que hace que el espectador se sienta atrapado dentro del proceso tanto como los personajes mismo.
Absurdo, justicia y resonancia emocional
El núcleo temático de Loynes es, en apariencia, simple: un juicio que no apunta a una conclusión racional. Pero esa simplicidad encierra una paradoja que atraviesa toda la obra: en el intento de hacer justicia a un ser que ya no puede hablar ni defenderse, los personajes parecen proyectar en el cadáver sus propias incertidumbres, miedos y deseos de orden social. Esa lectura transforma la película en algo más que una pieza histórica o cómica: se convierte en una meditación sobre cómo la colectividad enfrenta lo desconocido y lo inexplicable, cómo construye narrativas para llenar vacíos y cómo la justicia puede volverse espectáculo cuando pierde su base humana.
El humor negro y la ironía de la situación —juzgar a un muerto— no son gratuitos, sino herramientas para revelar lo ridículo y trágico de ciertos procedimientos sociales que, en el fondo, buscan legitimar estructuras de poder aunque no tengan sentido.
Loynes destaca por su audacia formal y temática: no es una película que aspire a confortar al espectador con respuestas claras, sino que lo desafía a permanecer dentro de un laberinto narrativo deliberadamente desorientador. Esa decisión valiente puede desconcertar a quienes esperan una resolución o un arco narrativo clásico, pero para otros ofrece una experiencia cinematográfica rica en interpretaciones y en sugerencias simbólicas.
La cinta funciona tanto como una fábula absurda que cuestiona la naturaleza de la justicia, como una pieza teatral filmada que juega con las convenciones de representación y espectador. Su presencia en festivales competitivos de prestigio respalda la relevancia de su propuesta, subrayando el interés por obras que no se conforman con narrativas tradicionales y que exploran las fronteras del lenguaje cinematográfico.
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