BERLINALE 2026. Crítica “À voix basse” de Leyla Bouzid

Con À voix basse, Leyla Bouzid confirma en la Berlinale su lugar como una de las cineastas más finas del cine francófono contemporáneo. La directora franco-tunecina, que ya había explorado la juventud, el deseo y las tensiones culturales en trabajos anteriores como en "Una historia de amor y deseo", firma aquí su obra más madura y contenida: un drama íntimo donde cada palabra pesa y cada silencio se convierte en una declaración política.

Bouzid vuelve a filmar los territorios que mejor conoce —la identidad fragmentada entre Europa y el Magreb, la presión familiar, el cuerpo como espacio de negociación social—, pero lo hace con una sobriedad que roza lo clínico. La puesta en escena evita el melodrama y apuesta por una observación casi física del conflicto interior de su protagonista, construyendo un relato donde la emoción no estalla, sino que se acumula lentamente.

Gran parte de esa tensión descansa en sus intérpretes.
Hiam Abbass está sencillamente formidable como la madre: su personaje encarna la tradición sin necesidad de discursos. Con apenas miradas, gestos mínimos y silencios cargados de historia, compone una figura que no es antagonista sino producto de una cultura interiorizada. Su presencia dota al film de una gravedad emocional que sostiene todo el drama familiar.

Frente a ella, Eya Bouteraa ofrece una interpretación contenida y vibrante. Su personaje vive con una rabia silenciosa que nunca se desborda del todo, pero que atraviesa cada plano. Bouteraa transmite con precisión ese conflicto íntimo de quien ha visto en Europa libertades cotidianas que en su país de origen siguen siendo delito. No se trata de un estallido juvenil, sino de una frustración profunda, casi existencial, que la actriz expresa con una economía admirable.

La película encuentra su punto más alto en su tramo final. Desde la visita a la comisaría, donde lo íntimo se vuelve inmediatamente político, el relato entra en una zona de intensidad creciente. Es ahí donde la protagonista parece acercarse a una revelación: la tentación de gritar a los cuatro vientos lo que siente por su pareja, de romper el silencio impuesto. Sin embargo, el film opta por un desenlace mucho más incómodo y, por eso mismo, más poderoso. La protagonista comprende que en ese contexto cultural la libertad personal no depende solo del deseo individual, sino del peso colectivo. Decide callar, consciente de que adaptarse significa perpetuar el sistema… pero también de que desafiarlo tiene consecuencias reales.

Ese dilema —si nadie hace nada, nada cambiará— queda suspendido en el aire, sin resolución fácil. Bouzid no ofrece un gesto heroico ni una derrota definitiva, sino un final abierto que convierte el silencio en una forma de resistencia ambigua.

À voix basse no es una película de grandes giros ni de discursos explícitos. Es un film de atmósferas, de cuerpos tensos y de emociones reprimidas. En Berlín se percibe como la obra de una cineasta que ya no necesita subrayar sus ideas: le basta con observar, escuchar y dejar que el conflicto respire en pantalla.

Y en ese susurro, Bouzid consigue que el silencio resulte ensordecedor, y pasa a la lista de cineastas consagradas tunecinas como  Kaouther Ben Hania.

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