BERLINALE 2026. Crítica de "Chicas tristes" de Fernanda Tovar
La sección Generation 14plus de la Berlinale suele ser un espacio donde el cine adolescente encuentra nuevas formas de abordar conflictos contemporáneos. En ese contexto se presenta Chicas tristes, el primer largometraje de la directora mexicana Fernanda Tovar y del multipremiado Colectivo Colmena (Lumbrensueño, Mostro) una obra que se inserta en un terreno temático ampliamente transitado por el cine reciente —la violencia sexual y sus consecuencias— pero que intenta distinguirse desde su enfoque emocional y formal.
El punto de partida no es nuevo. El cine ha abordado en múltiples ocasiones el trauma, el consentimiento y la respuesta social ante la agresión. Sin embargo, que el tema haya sido explorado reiteradamente no lo vuelve menos necesario ni menos potente. Lo verdaderamente relevante es cómo se decide filmarlo. Y es ahí donde Tovar adopta una apuesta radical: la sequedad.
Si en un ejemplo reciente de sequedad en el cine mexicano como Tótem la enfermedad y la muerte se filmaban desde una mirada contenida, casi cotidiana, aquí Tovar aplica un procedimiento similar a la violación que sufre la protagonista. No hay subrayados melodramáticos ni grandes estallidos emocionales. La violencia no se explota visualmente, pero su eco lo impregna todo. El resultado es una experiencia deliberadamente incómoda para el espectador.
Esa incomodidad parece ser el motor del film. La cámara observa, acompaña y espera, pero rara vez ofrece alivio. La narrativa se mantiene en un tono casi uniforme, denso, que reproduce el estado emocional de las protagonistas. El problema es que, en esa búsqueda de coherencia tonal, la película apenas concede espacios de respiración. La tensión es constante desde la incredulidad inicial de la amiga hasta el altercado en la piscina, aunque en ocasiones esa tensión corre el riesgo de volverse plana.
Aun así, hay momentos donde el film logra abrir grietas de humanidad que permanecen en la memoria. Uno de los más logrados ocurre durante una escena aparentemente trivial: las chicas bailan y, en medio del movimiento, la protagonista le confiesa a otra lo sucedido. El contraste entre la energía del baile y la gravedad de la revelación produce uno de los instantes más vivos del relato. Allí la película se siente menos programática y más orgánica.
Formalmente, Tovar también demuestra intuiciones interesantes. El inicio y el cierre del film, con los espejos que reflejan los aviones, funcionan como un recurso visual elegante y cargado de sentido. Esa idea de mirar hacia arriba, hacia algo que se desplaza, sugiere tanto escape como distancia emocional, y da al conjunto un marco simbólico que eleva la propuesta.
Chicas tristas es, en definitiva, un debut sólido en sus intenciones y honesto en su aproximación. Su mayor virtud —la coherencia emocional y la negativa a suavizar el conflicto— es también su principal limitación, pues la ausencia de contrastes dramáticos termina restando matices a la experiencia.
Aun así, la película confirma a Fernanda Tovar como una cineasta con una mirada clara y una voluntad estética definida. Y en un panorama donde el cine juvenil suele buscar la complacencia, su apuesta por la incomodidad ya es, por sí sola, un gesto digno de atención.
Opinión: 3,3/5
Comentarios
Publicar un comentario