BERLINALE 2026. Crítica "Nina Roza" de Geneviève Dulude-De Celles
El cine de Geneviève Dulude-De Celles siempre ha orbitado alrededor de los espacios íntimos: la adolescencia, la identidad, los vínculos frágiles. Con Nina Roza, la directora canadiense llevó esa sensibilidad a una escala mayor y más internacional, una ambición que quedó confirmada con su selección en la Competencia Oficial de la Berlinale 2026, donde la película compitió por el Oso de Oro.
El film partía de una premisa aparentemente sencilla: Mihail, un inmigrante búlgaro que vive en Canadá y trabaja en el circuito del arte contemporáneo, regresa a su país natal con un encargo profesional. Debe verificar la autenticidad de una niña pintora que se ha convertido en fenómeno viral. Sin embargo, el viaje pronto deja de ser un trabajo para convertirse en una confrontación con su propia biografía y con el país que abandonó.
Dulude-De Celles estructura la narración como un desplazamiento emocional más que como una intriga. El misterio sobre el talento de la niña funciona como detonante, pero el verdadero interés del film reside en lo que revela sobre el protagonista y sobre los mecanismos del mercado cultural. La directora observa con atención la manera en que el arte puede transformarse en mercancía, y cómo esa presión recae, en este caso, sobre una menor cuya vida cotidiana se ve desbordada por expectativas externas.
La película mantiene el tono sobrio que caracteriza a la autora. Planos prolongados, silencios densos y una interpretación contenida construyen un relato que avanza sin estridencias. Esta elección formal sitúa a Nina Roza en la tradición del cine europeo de observación, más preocupado por registrar estados emocionales que por subrayar los conflictos.
No obstante, el tramo final introduce una ruptura significativa en esa contención. Los gritos de desesperación de la niña, cuando teme perder a sus amigos y a su familia ante las decisiones de los adultos, constituyen uno de los momentos más intensos del film. La escena irrumpe como una descarga emocional que condensa el sentido de la historia: el talento infantil convertido en territorio de disputa. En ese instante, la película abandona su distancia analítica y se sitúa del lado de la fragilidad.
Ese mismo final subraya otro aspecto interesante del relato: el contraste cultural entre el mundo canadiense del que procede el protagonista y el entorno búlgaro al que regresa. Dulude-De Celles no lo presenta mediante discursos explícitos, sino a través del tono de las interacciones. En varias escenas, especialmente en las reuniones familiares, el modo directo y poco conciliador de hablar hace que conversaciones ordinarias parezcan discusiones abiertas. Lo que para el protagonista suena áspero, para quienes lo rodean forma parte de una normalidad comunicativa. Ese detalle, aparentemente menor, aporta densidad sociológica y refuerza la sensación de extrañamiento que atraviesa la película.
Visualmente, la directora trabaja ese desarraigo mediante contrastes claros. Los espacios canadienses aparecen ordenados, casi neutros, mientras que Bulgaria se filma con una textura más rugosa y cambiante. No se trata de una oposición simplista, sino de un reflejo del estado interior del personaje: alguien suspendido entre dos pertenencias incompletas.
El paso de Nina Roza por la Berlinale consolidó a Dulude-De Celles como una cineasta capaz de expandir su mirada sin diluir su identidad autoral. La película no renuncia a la intimidad que definía sus trabajos anteriores, pero introduce preguntas más amplias sobre circulación cultural, identidad migrante y explotación simbólica.
Más que una obra de impacto inmediato, Nina Roza se instala en la memoria por su sensibilidad y por la precisión con la que observa a sus personajes. Su presencia en Berlín no solo confirmó la proyección internacional de la directora canadiense, sino que también señaló la madurez de una filmografía que avanza con discreción, pero con una coherencia cada vez más visible.

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