BERLINALE 2026. "Enjoy Your Stay": En el borde del privilegio

 

En la 76ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín, Enjoy Your Stay, codirigida por Dominik Locher y Honeylyn Joy Alipio, toma su lugar en la sección Panorama, uno de los espacios más ricos del festival para cine comprometido y narrativas que exploran tensiones sociales contemporáneas. La película, coproducida entre Suiza, Francia y Filipinas, ofrece un retrato crudo de lucha, movilidad forzada y economía moral al borde de la supervivencia.

La historia sigue a Luz, una limpiadora filipina indocumentada en los exclusivos chalets de Verbier, cuya vida gira alrededor de dos fuerzas aparentemente irreconciliables: el deseo de mantener la custodia de su hija y la cruda realidad económica de una Europa que prospera sobre trabajos mal remunerados e invisibles.

Una propuesta dramática necesaria — pero también problemática

Enjoy Your Stay tiene el mérito indiscutible de poner sobre la pantalla la precariedad de la migración femenina y el coste humano de las políticas de movilidad moderna. La premisa —una mujer forzada a pagar deudas a cualquier precio para no perder a su hija— es urgente y potente, y coloca a la audiencia en un lugar donde la empatía es inevitable.

Sin embargo, el resultado fílmico es menos contundente de lo que su idea sugeriría. El enfoque estético y narrativo que adoptan Locher y Alipio no siempre sirve al dramatismo con eficacia; por el contrario, en varias secuencias, la película se vuelve confusa, fragmentaria y, en ciertos momentos, incluso decepcionantemente desconectada.



Un estilo visual que intenta ser envolvente… y a veces se pierde

La cámara a menudo sigue a las actrices por la espalda, como si buscara cierta neutralidad o intimidad sin invadir. Esta técnica, que podría haber sido poderosa para transmitir una sensación de vigilancia invisible —como si Luz nunca fuera completamente dueña de su propio relato— termina generando una desconexión emocional con el espectador. La cámara no nos permite ver suficientemente las expresiones, los gestos y las reacciones interiores de la protagonista; observamos desde atrás, pero sin comprender del todo hacia dónde vamos. Esta distancia, que podría haber sido deliberada, se siente más como un obstáculo narrativo que como una elección estética fructífera.

Hay secuencias particularmente polémicas: una escena en la que Luz entra a una casa y descubre a varias personas desnudas durmiendo genera más desconcierto formal que impacto temático. La cámara parece moverse sin intención clara, y el montaje no logra dar una lectura emocional coherente de lo que está ocurriendo. La violencia de la situación —y aquí la palabra no es exagerada, pues el acto de ver a seres humanos en estado de vulnerabilidad es, de por sí, violento en sus implicaciones sociales— queda diluida en una narración que no articula bien su intención ni su forma. La escena, que podría haber sido un punto de inflexión dramático, queda en la nebulosa de un caos formal que no se comprende con claridad.

Interioridades apagadas y momentos que no siempre conectan

El interior de los chalets, las habitaciones de alquiler y los espacios domésticos donde trabaja Luz están filmados con una paleta visual apagada que parece reflejar la monotonía de la vida de la trabajadora migrante. A primera vista, podría verse esto como una decisión estilística que contrasta con la brillantez de los exteriores alpinos. Sin embargo, la falta de dinamismo visual termina por hacer que estas escenas interiores se arrastren sin ofrecer suficiente tensión dramática o emocional. La repetición de planos estáticos, los silencios prolongados y la escasa interacción significativa entre personajes hacen que el ritmo pierda energía en momentos clave. El intento de transmitir una sensación de tedio existencial se transforma, con demasiada frecuencia, en aburrimiento puro.

No ayuda que las actuaciones, si bien correctas, no destaquen más allá de lo funcional. Mercedes Cabral, protagonista absoluta de la historia, ofrece momentos de gran honestidad, pero nunca alcanza un nivel interpretativo que eleve la narrativa a una tensión emocional compleja. Sus matices parecen erosionarse en favor de un realismo tenue que, en el contexto del relato, no siempre tiene la fuerza necesaria para sostener el arco dramático. Del mismo modo, las demás actuaciones cumplen, pero ninguna brilla con la intensidad que un drama de estas características —sobre todo en festival— suele exigir.



Aciertos temáticos en medio de tropiezos cinematográficos

Donde Enjoy Your Stay acierta con firmeza es en sus preocupaciones temáticas: la fragmentación familiar provocada por las economías globales, la invisibilidad de quienes trabajan en las casas de otros, y la tensión entre identidad cultural y supervivencia en un mundo que valora la productividad por encima de la dignidad humana. El hecho de que la historia incorpore diálogos en tagalo, inglés y francés no es solo un detalle estilístico, sino un reflejo de esa vida dividida entre idiomas, geografías y expectativas sociales.

La película también abre una ventana necesaria hacia las experiencias privadas de quienes viven entre nosotros (europeos), trabajadores de otros continentes con vidas, familias y sueños que rara vez forman parte de la narrativa cultural dominante en Europa. Luz es una puerta a esa vida oculta, y aunque la película no siempre maneja su historia con agudeza cinematográfica, sí consigue que pensemos en estas tensiones estructurales.

Además, la relación entre las raíces filipinas de la protagonista y su vida en Europa —donde la matriz cultural y lingüística es claramente diferente— aporta una dimensión cultural interesante: Filipinas, con su herencia hispánica y sus propias tradiciones, contrasta con la Europa occidentalizada y el ethos individualista de Occidente. Este choque cultural es uno de los hilos más interesantes de la película, aunque lamentablemente, en términos narrativos, no siempre está desarrollado con suficiente profundidad o claridad.

Enjoy Your Stay es sin duda una película comprometida y necesaria por lo que intenta mostrar: la precariedad, las tensiones morales de quienes viven al margen del sistema europeo y la lucha por mantener lazos familiares a distancia. No obstante, como obra cinematográfica, la película tropieza con su propia puesta en escena: un estilo que aspira a contemplativo termina por ser caótico y poco accesible, las escenas intensas como las de desnudez y vulnerabilidad se interpretan con confusión formal, y el ritmo general carece del impulso necesario para sostener una narrativa emocional poderosa a lo largo de sus 99 minutos.

En la Berlinale 2026, el filme puede generar debates apasionados sobre migración y ética, pero desde una óptica netamente cinematográfica, se queda a medio camino entre la intención social urgente y un lenguaje audiovisual que no siempre logra traducirla con la fuerza que merece.

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