BERLINALE 2026. Papaya: Brasil, raíces, movimiento y una revolución diminuta en la Berlinale
Presentado en el Festival Internacional de Cine de Berlín, dentro de la sección Generation Kplus, Papaya confirma la vitalidad de la animación latinoamericana contemporánea. Dirigido por la cineasta brasileña Priscilla Kellen, el cortometraje propone una fábula ecológica luminosa que, desde la aparente simplicidad formal, articula una reflexión accesible sobre identidad, pertenencia y transformación colectiva.
La historia parte de una premisa delicada y sugerente: una diminuta semilla de papaya, en plena selva amazónica, siente una pasión irrefrenable por volar. Sin embargo, su naturaleza vegetal la enfrenta a un dilema inevitable: si se detiene demasiado tiempo, echará raíces. Así comienza un viaje impulsado por el deseo y la resistencia. La pequeña semilla debe mantenerse en movimiento constante para evitar enraizar, desplazándose por la selva en una coreografía de encuentros y accidentes que forman parte del ciclo natural.
Un 2D básico y colores sin artificio
Uno de los aspectos más definitorios de Papaya es su propuesta visual. La animación se desarrolla en un 2D muy básico, deliberadamente elemental. No hay degradados, ni efectos de iluminación complejos, ni texturas sofisticadas. Los colores son planos, directos, intensamente vivos. El verde de la vegetación, el naranja del fruto, el azul del cielo aparecen con una frontalidad casi infantil, sin matices intermedios.
Esta elección estética no busca competir en virtuosismo técnico, sino reforzar la claridad narrativa y emocional. Todo es limpio, legible, amable. Incluso cuando la semilla desarrolla pequeños brazos para impulsarse o cuando es ingerida por un pájaro y posteriormente expulsada en otro punto de la selva, la representación evita cualquier crudeza. La cadena natural —ser comida, viajar en el interior de otro cuerpo, volver a la tierra— se muestra como parte de un flujo armónico. La belleza está en la continuidad.
En su estructura de viaje iniciático vegetal, la película inevitablemente evoca a Planètes (Dandelion’s Odyssey), presentada en el Festival de Cannes 2025. Ambas obras siguen el periplo de una entidad botánica en movimiento, enfrentada a fuerzas naturales que la transforman. Sin embargo, mientras la producción japonesa apuesta por una gráfica mucho más elaborada, detallista y técnicamente ambiciosa, Papaya abraza la sencillez. Donde Planètes despliega capas visuales complejas y una animación minuciosa, la película de Kellen opta por la economía expresiva y la frontalidad cromática.
Música brasileña y red invisible
Si la imagen se mantiene austera, la música aporta densidad emocional. La banda sonora, profundamente arraigada en ritmos brasileños, imprime energía a cada desplazamiento de la protagonista. La selva no solo se ve; se escucha. La percusión y la cadencia musical convierten el movimiento en celebración, reforzando la idea de que todo es bonito, de que el mundo natural, incluso en sus procesos más inesperados, está atravesado por una vitalidad contagiosa.
El corazón conceptual de la película reside en la metáfora de las raíces. Bajo tierra, las plantas no son organismos aislados: forman redes de intercambio de nutrientes e información que algunos estudios comparan con sistemas neuronales. Papaya traduce esta noción científica en una imagen poética comprensible para espectadores jóvenes. Las raíces funcionan como un cerebro extendido, como una red de neuronas interconectadas que sostienen la vida común.
La revelación final de la semilla no consiste en renunciar al vuelo, sino en comprender que el enraizamiento no implica pérdida de libertad. Al contrario: supone acceder a una energía mayor, a una red que amplifica su existencia. La revolución que desencadena no es estridente ni violenta; es orgánica. Se expande como lo hacen las raíces, silenciosamente, hasta transformar el entorno.
Una obra pensada para crecer
Dentro de Generation Kplus, Papaya encuentra un espacio coherente. Está claramente orientada a un público infantil o preadolescente, pero no subestima su capacidad de comprensión. La narración es lineal, clara y optimista. El tono es luminoso. Sin embargo, bajo esa superficie amable se articula una reflexión profunda sobre pertenencia y comunidad.
La energía que emana de la tierra —esa inteligencia vegetal subterránea— se convierte en metáfora de interconexión humana. En tiempos de fragmentación y aislamiento, la película propone mirar hacia abajo, hacia lo invisible, para entender cómo se sostiene el mundo. La sencillez gráfica no empobrece el discurso; lo hace accesible. La música no adorna; articula el sentido.
En su modestia formal y en su confianza en la belleza directa, Papaya demuestra que una semilla puede contener una revolución. Que lo diminuto puede desencadenar cambios vastos. Y que, a veces, el verdadero vuelo no consiste en escapar de la tierra, sino en descubrir la potencia transformadora que late bajo nuestros pies.
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