‘Tigres de papel’ y ‘El proceso de Burgos’: dos miradas incómodas en la memoria del cambio
Por David Sánchez
FlixOlé celebra este mes de noviembre la Transición española a través de más de cincuenta películas que recorren la salida de la dictadura y el despertar de la democracia. Entre los títulos seleccionados, Tigres de papel (Fernando Colomo, 1977) y El proceso de Burgos (Imanol Uribe, 1979) se erigen como dos ejemplos complementarios —y, a la vez, contrastantes— de cómo el cine español comenzó a hablar sin miedo. Ambas obras nacieron en un momento en que la pantalla dejaba de ser un espejo complaciente del poder para convertirse en espacio de duda, de memoria y de crítica.
La comedia que retrató las contradicciones de la libertad
Con Tigres de papel, Colomo no solo inauguró lo que se conocería como la “comedia madrileña”, sino que plasmó una radiografía de la juventud urbana que trataba de reinventarse sin manual de instrucciones. La película, en apariencia ligera, esconde un diagnóstico implacable de la confusión ideológica y emocional que acompañó el tránsito hacia la democracia.
En su retrato de una pareja progresista que debate entre el amor libre y las inercias burguesas, Colomo ironiza sobre los nuevos dogmas que sustituyeron a los viejos. El humo de los porros y las paredes empapeladas de propaganda política son, en el fondo, decorados de una desorientación colectiva. La libertad recién conquistada no siempre trajo claridad, y el filme lo sugiere con una sonrisa amarga.
Vista hoy, Tigres de papel conserva su frescura, pero también su filo: detrás del humor costumbrista late la sensación de que aquella apertura democrática se construyó entre idealismos ingenuos y contradicciones personales. FlixOlé la recupera no solo como una pieza generacional, sino como una invitación a repensar los mitos felices de la Transición.
La memoria que el poder quiso olvidar
Muy distinto es el tono de El proceso de Burgos. Si Colomo apuntaba al desconcierto civil de la nueva sociedad, Uribe se adentró en la herida que el régimen dejó abierta: la represión política. Su documental reconstruye el juicio militar contra dieciséis militantes de ETA en 1970, una de las farsas judiciales más escandalosas del franquismo. A través de testimonios, imágenes de archivo y una mirada casi periodística, el director navarro filmó lo que el poder pretendía borrar: el miedo, la tortura, la resistencia.
El mérito de El proceso de Burgos radica en su rigor y su valentía. Rodada apenas cuatro años después de la muerte de Franco, la película no busca justificar la violencia, sino contextualizarla en una sociedad donde la palabra “justicia” seguía secuestrada. Uribe no hace propaganda: hace memoria. Y en un país que prefería mirar hacia adelante sin ajustar cuentas, esa apuesta fue, y sigue siendo, incómoda.
Dos caras del mismo espejo
Reunir ambas películas en el ciclo Cine de la Transición no es un gesto nostálgico, sino una oportunidad para leer el pasado desde sus tensiones. Tigres de papel muestra la confusión y las ilusiones de quienes soñaron un país distinto; El proceso de Burgos, la deuda moral con los que lo padecieron. Entre la risa desencantada de Colomo y la indignación lúcida de Uribe se dibuja la verdadera cara de la Transición: ni idílica ni unánime, sino profundamente contradictoria.
FlixOlé acierta al incluir estos títulos entre los más de cincuenta con los que conmemora la memoria democrática. Sin embargo, también invita —quizá sin proponérselo— a preguntarnos si el cine actual sigue siendo capaz de incomodar tanto como entonces. Porque, al fin y al cabo, recordar no es repetir una fecha: es mirar el presente con la misma honestidad con que Colomo y Uribe filmaron su tiempo.
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario