El gran movimiento. Venecia 2021



La belleza del cine es meterse en una sala oscura sin saber muy bien qué se va a ver, y descubrir que durante 85 minutos la imaginación ha volado alto y se ha sido feliz. Esto ha ocurrido con el pase de "El gran movimiento" del boliviano Kiro Russo, que participa en Orizzonti en el festival de cine de Venecia 2021.

Lo primero que vemos es una imagen a lo lejos de la capital de Bolivia, La Paz. Desde este inicio Kiro deja claro sus métodos, usar zooms y grabar en Super 16mm. Dos técnicas que no son frecuentes hoy en día, y que incluso cuando se usan no gusta al espectador, ya sea por la calidad ya sea porque piensa que el director de turno "se las dá" de original. En este caso las técnicas utilizadas son parte fundamental para transmitir al público una sensación dispersa entre realidad y sueño. Con el zoom tomado desde varios kilómetros de distancia que se acerca a la casa en construcción, escuchamos la voz y los sonidos de la gente que trabaja en ese edificio, la sensación es como mínimo inquietante.



La cinta nos acerca a la vida de un antiguo minero Elder, quien tras pedir en manifestaciones mejores condiciones para su gremio, decide quedarse en la capital y probar fortuna. El acierto de Kiro es que sin decirlo nos muestra los estragos que crea la minería en el cuerpo humano, haciendo imposible subir una cuesta, o llevar grandes cargas. Uno no sabe si está viendo un documental o una ficción, las actuaciones son tan brillantes y naturales que diríamos que se están interpretando a ellos mismos, con conversaciones cruzadas en varios planos. Un gran ejemplo de la naturalidad de las interpretaciones ocurre cuando la mujer está pidiendo trabajo para su ahijado, Russo hace un lento y elegante zoom a los chavales que están detrás de la mujer, y comenzamos a escuchar la conversación que están manteniendo dejando a la mujer fuera de plano: simplemente magistral.

Otro personaje que aparece en escena es el vagabundo Max, con dotes de chamán, sin haber perdido su sentido del humor y parlanchín, al que le gusta hablar con las vendedoras de cebollas. Las andaduras de este ermitaño son mostradas en todo su esplendor al seguirle por el bosque donde vive, con sus cánticos chamánicos y la importancia de la naturaleza que se contrapone con la hormigonada capital. Las imágenes de estos dos elementos, la ciudad y la naturaleza, son impactantes como apreciamos en las tomas de una colina con la ciudad a sus pies.



Max es consciente de que él ama la naturaleza, y para hacernos conscientes de su inmensidad podemos disfrutar de zooms donde vemos a Max y poco a poco unas majestuosas montañas verticales entran en el encuadre. ¡Que gran idea utilizar zooms en esta cinta!.

Aquí no hay luchas de clases sociales, ni se ve necesario hacerlo. Russo muestra sin juzgar, dejando que el espectador interprete, ahí radica la riqueza de la cinta. Nadie como él ha sabido transmitir las miserias y la situación real de los habitantes de estas ciudades que se dedican a hacer trabajos esporádicos. Esos planos lejanos escuchando la conversación de los tres amigos llegan más que cualquier conversación grabada de forma "estándar": donde explican su situación ocupando 1/3 de la pantalla, con un protagonista de espaldas mientras el otro le da la réplica, etc. Romper con los estándares de planos y secuencias, guardando las simetrías, hace en esta película que la mente del espectador esté constantemente excitada. Insinuar sutilmente desde la lejanía es uno de los grandes valores de "El gran movimiento". Una de las insinuaciones es el cartel del puente donde está Max, anunciando una película titulada "Titanes del pacífico", y la posible interpretación que se podría hacer con el océano al que antes Bolivia tenía acceso y que perdió a manos de Chile.

Con conversaciones esporádicas en otro idioma que parece Guaraní, los detalles que acentúan la atención son diversos, usando por lo general el impacto de las imágenes como por ejemplo, un punto blanco en un fondo negro, que resulta ser un inquietante perro blanco. Los zooms lentos mezclados con los rápidos, las imágenes intercaladas mostrando fracciones de segundo de cada una, la música pop disco que escuchamos, y sobre todo el éxtasis de la cinta: las increíbles escenas de musical. Todo ello despierta al espectador, le abofetea diciéndole que está viendo una obra maestra, distinto a todo lo que haya visto antes, donde se mezcla realidad casi documental, con locura icónica, con un baile con mensajes subliminales...una explosión en toda regla para los sentidos sensoriales que sin llegar a entender, si llega a interpretar, a sentir, disfrutar, saborear esta obra desde los granos de la pantalla provocados por el Super 16mm, hasta los "efectos especiales" para hacer que unas luces salgan de la boca del protagonista.


Kiro Russo se une con esta maravillosa cinta al grupo de elegidos con posibilidades de ganar premio. También está en el grupo de iberoamericanos que sorprenden de forma grata y con mucho que decir, como ya hicieron otros directores antes que él en países con poca trayectoria cinematográfica, como podría ser el guatemalteco Jairo Bustamante.


Opinión: 4,6/5


Kiro Russo con su león mención especial del jurado Orizzonti




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