Bipolar, 3/5. Festival de Rotterdam 2021



La directora china Queena Li, nos trae una esta variación ingeniosa e hiperrealista del mito de Orfeo, una joven llega a Lhasa, la capital del Tíbet. Ha venido como peregrina, dice, pero en realidad no tiene mucha idea de por qué está aquí. 



Ha llegado a Lhasa arrastrada por el dolor de una pérdida; un dolor que aún no sabe cómo manejar. Sean cuales sean sus planes, todo cambia cuando ve una langosta en un acuario demasiado pequeño en el restaurante de su hotel. Los camareros le aseguran que se trata de una langosta sagrada, que sólo prospera a la luz del faro de la isla de Ming, muy lejos en el mar, pero ahora está atrapada en este tanque de agua. Antes de que los demás huéspedes del hotel se despierten, ella ha comprado un coche a un taxista para emprender el largo viaje a la isla Ming. Sueños, alucinaciones y recuerdos en una piscina nocturna van revelando la verdadera naturaleza de su peregrinación al mar. Tal vez sea capaz de arrastrar el dolor de su pérdida desde las puertas del infierno y dejarlo ir. Tal vez quiera volver a sentir el viento de la vida soplando en su cara después de meses de silencio de la muerte. BIPOLAR es una road movie con acentos del Oeste en un blanco y negro de gran contraste y un carnaval de extrañas apariciones, que poco a poco conducen a la joven de vuelta a la realidad. Por muy extraño que sea esto.



Una cinta que mezcla constantes flashback que hacen recordar a la protagonista el pasado, mezclados con las situaciones atípicas de estropear su coche en medio de la nada, pedir ayuda para repararlo, comprar una peluca a un hombre que habla inglés, o imágenes de un chaval recitando un poema en francés. Todo esto da un aire de desequilibrio a la película donde la joven protagonista, Leah Dou actúa desequilibradamente bien, con gestos que parecen fuera de guión que aportan realismo a la escena. Leah Dou es en la realidad una estrella de la música en Hong Kong, y ha creado la música junto a Zhang Yang para esta cinta. 



Las imágenes son belleza pura, y la directora lo ha querido rodar en blanco y negro para resaltar más esta belleza. Intercalando 2 o 3 secuencias en colores vivos rosados y azules que dan un toque de viveza a la cinta. Puede chocar que el tema político tibetano no se vea por ninguna parte, por una parte es una oportunidad perdida, y por otra una forma de cambiar de tema y mostrar que el Tíbet es eso, pero también algo más. Choca ver a la protagonista con un impoluto Mercedes atravesando pueblos con carreteras polvorientas y donde la pobreza es palpable. La actitud arrogante que tiene la protagonista va a juego con el coche, una actitud que el espectador espera que cambie al final de la cinta, pero que no se modifica, por lo que no ha sido un viaje que le haya cambiado la vida para nada, a parte de viajar con la langosta en el maletero. La langosta en la cinta es la excusa para que la protagonista realice el viaje, pero a parte de eso, no tiene mucho más ni protagonismo ni simbolismo a primera vista.

Una cinta con muy buena realización, bellas imágenes, a la que le falta dinamismo y tensión para hacer que el espectador no desconecte por la falta de interés de lo que se está contando.






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