CANNES 2026. Crítica "9 Temples to Heaven" . Quincena de los cineastas.

 

El cineasta Sompot Chidgasornpongse ha desarrollado una trayectoria situada en los márgenes de la ficción tradicional, con obras que dialogan con el documental y que suelen apoyarse en el tiempo dilatado, la observación y una cierta idea de deriva. Títulos como Railway Sleepers o Boundary ya apuntaban a esa inclinación por registrar el tránsito —de cuerpos, de paisajes, de estados mentales— más que por articular relatos cerrados. En 9 Temples to Heaven, presentada en la Quincena de Realizadores, retoma esas constantes, aunque con resultados desiguales.

La premisa es tan concreta como minimalista: Sakol, un hombre de 63 años, decide emprender un peregrinaje familiar con su furgonete por nueve templos en Tailandia tras la advertencia de una vidente sobre la inminente muerte de su madre. La estructura es deliberadamente repetitiva: desplazamientos en coche, llegada al templo, ritual, nueva partida. En ese movimiento circular, la película parece buscar una acumulación de sentido, una progresiva sedimentación emocional que vincule el desgaste físico del viaje con una posible transformación interior de los personajes. Sin embargo, esa acumulación nunca llega a producirse.

El principal problema radica en la fragilidad del dispositivo dramático. Las escenas dentro del coche, que deberían funcionar como núcleo narrativo, se desarrollan sin tensión ni dirección. Los diálogos se suceden de manera errática, sin que emerja un conflicto reconocible ni una evolución en las relaciones familiares. La enfermedad de la madre, que podría constituir el eje emocional del relato, queda relegada a un fondo difuso, apenas articulado. Lo que se propone como viaje íntimo se queda en una serie de intercambios triviales, incapaces de sostener el peso simbólico del peregrinaje.

A nivel formal, la película adopta una puesta en escena extremadamente funcional. Predominan los planos fijos o los esquemas básicos de plano y contraplano en el interior del vehículo, intercalados con imágenes exteriores de carreteras y templos que, aunque visualmente correctas, carecen de una mirada singular. No hay una construcción espacial que intensifique la experiencia del trayecto ni un uso del montaje que introduzca variaciones significativas en el ritmo. La reiteración, lejos de generar una cadencia hipnótica, termina por evidenciar la falta de desarrollo.



En este sentido, la comparación con Drive My Car de Ryusuke Hamaguchi resulta inevitable. También allí el coche es un espacio central, un lugar de tránsito y de palabra, pero cada conversación está cuidadosamente construida para revelar capas de sentido, para hacer avanzar la psicología de los personajes. En la película tailandesa, en cambio, ese mismo espacio se percibe como un vacío narrativo, un lugar donde el tiempo transcurre sin dejar huella.

Algo similar ocurre si se pone en relación con Samsara de Lois Patiño. Aunque ambas comparten una cierta vocación espiritual y contemplativa, la obra de Patiño construye una experiencia sensorial rigurosa, donde la forma —el sonido, la luz, la duración de los planos— se convierte en el verdadero vehículo del significado. En 9 Temples to Heaven, esa dimensión formal queda reducida a un registro superficial, sin que la observación se traduzca en una propuesta estética consistente.

El resultado es una película que parece oscilar sin resolverse entre el gesto documental y la ficción dramática. Esa indecisión afecta tanto a la construcción de los personajes como al desarrollo del relato, que avanza sin rumbo claro, apoyado únicamente en la repetición del itinerario. La acumulación de templos, lejos de generar una experiencia trascendente, acaba produciendo un efecto de agotamiento narrativo. Más que un viaje hacia algún tipo de revelación, la película se percibe como un recorrido estático, donde el desplazamiento físico no encuentra su equivalente en términos emocionales o cinematográficos.

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