CANNES 2026. Crítica Che Guevara: The Last Companions.
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
La película Che Guevara: The Last Companions llega a Cannes con la apariencia de un documental histórico sobre supervivencia, memoria y lealtad revolucionaria. Pero debajo de esa superficie hay algo mucho más incómodo: otro ejercicio de romantización política alrededor de una figura que, seis décadas después, sigue siendo tratada por parte de la cultura occidental como un icono pop antes que como uno de los rostros visibles de una dictadura todavía activa.
Ese es el verdadero problema del documental de Christophe Dimitri Réveille: no que quiera contar la historia de los últimos compañeros del Che en Bolivia, sino que parece incapaz de mirar críticamente aquello que defendían y aquello que ayudaron a construir.
Una historia potente… utilizada para construir heroísmo
La premisa funciona narrativamente. Cinco supervivientes de la guerrilla boliviana recuerdan cómo escaparon durante semanas tras la ejecución del Che Guevara en 1967, recorriendo más de 2.400 kilómetros perseguidos por miles de soldados. Como relato humano de resistencia física y paranoia política, el material tiene fuerza.
El problema aparece cuando el documental transforma automáticamente la supervivencia en heroísmo moral.
Sobrevivir no convierte a nadie en justo. Y militar junto al Che Guevara tampoco convierte automáticamente a nadie en luchador por la libertad.
La enorme diferencia entre cómo se trata al Che y cómo se trata a Hitler o Stalin
Ese es precisamente el gran tabú cultural alrededor del Che: durante décadas se ha separado su imagen de las consecuencias reales del régimen al que ayudó a consolidar.
Con Adolf Hitler o Joseph Stalin existe un consenso histórico y cinematográfico básico. Se puede estudiar su carisma, su influencia política o incluso la fascinación estética que generaron, pero raramente se les presenta como héroes románticos sin introducir inmediatamente el coste humano de sus regímenes.
Nadie haría un documental contemplativo sobre antiguos oficiales nazis hablando de camaradería y sacrificio sin contextualizar Auschwitz. Nadie filmaría a veteranos del estalinismo evocando con nostalgia las purgas mientras la cámara los trata como leyendas revolucionarias.
Con el Che, sin embargo, todavía existe esa indulgencia cultural.
Y resulta aún más extraño porque el sistema político derivado de la revolución cubana no es un episodio histórico cerrado.
No es la Alemania nazi derrotada en 1945 ni la Unión Soviética colapsada en 1991.
El régimen cubano sigue existiendo.
Sigue encarcelando disidentes. Sigue reprimiendo libertades políticas. Sigue empujando a miles de cubanos a abandonar el país. El documental intenta convertir a estos hombres en reliquias románticas de la Guerra Fría, cuando en realidad las consecuencias políticas de aquello que defendieron continúan vivas hoy.
“Patria o muerte”: revolución, poder y contradicción
La contradicción moral aparece constantemente.
El Che Guevara es mostrado habitualmente como un símbolo de rebeldía idealista, casi espiritual. Pero era también un hombre obsesionado con la revolución armada y profundamente vinculado al aparato represivo cubano posterior a 1959.
Su célebre “Patria o muerte” adquiere una dimensión especialmente extraña cuando se observa desde fuera de la propaganda. Resulta curioso escuchar a un argentino convertido en dirigente revolucionario cubano hablando en nombre de una patria que no era la suya mientras participaba en la construcción de un sistema donde la lealtad ideológica se imponía sobre cualquier libertad individual.
Durante años se intentó construir la imagen de que al Che le interesaba menos el poder que a Fidel Castro. Tal vez fuese cierto en términos personales. Pero estaba extraordinariamente cerca del poder. Y disfrutó de una posición privilegiada dentro de la nueva estructura revolucionaria.
La mitología posterior ha intentado transformarlo en una especie de santo revolucionario que murió antes de contaminarse con la burocracia del régimen. Sin embargo, ya había participado activamente en tribunales revolucionarios y ejecuciones en los primeros años posteriores a la revolución.
Un documental diseñado para producir nostalgia revolucionaria
El documental evita entrar ahí.
Prefiere el tono elegíaco. Prefiere las entrevistas envejecidas y las imágenes de archivo montadas con música melancólica. Prefiere las reconstrucciones visuales estilizadas —esas animaciones con apariencia de ilustración digital suavemente movida, casi cercanas a la estética de inteligencia artificial— para reforzar la sensación de leyenda oral.
Todo está diseñado para producir nostalgia épica.
Y ahí es donde la película fracasa intelectualmente.
Porque si uno escucha algunos testimonios históricos sobre la Cuba revolucionaria, el contraste con esa épica resulta brutal:
- homosexuales perseguidos y enviados a campos de trabajo;
- intelectuales silenciados;
- ciudadanos sometidos a décadas de pobreza estructural;
- represión política permanente;
- una élite militar viviendo muy por encima de la población común.
La revolución cubana no produjo una utopía igualitaria.
Produjo una jerarquía distinta, militarizada y autoritaria.
La escena que destruye accidentalmente toda la narrativa del documental
El propio documental contiene involuntariamente una escena reveladora.
Uno de los guerrilleros recuerda cómo un campesino boliviano les preguntó si eran “de los buenos o de los malos”. El campesino explica que militares bolivianos habían llegado a su casa, se habían llevado la comida y no habían pagado nada.
Entonces el guerrillero concluye:
“Nosotros somos de los buenos”.
La frase resulta casi grotesca observada desde la realidad cubana posterior.
Porque eso mismo es exactamente lo que el régimen castrista terminó haciendo durante décadas: apropiarse del esfuerzo y de la propiedad de millones de ciudadanos mientras una minoría conectada al aparato político-militar acumulaba privilegios.
La diferencia es que, en Bolivia, aquellos guerrilleros todavía podían presentarse como revolucionarios perseguidos.
En Cuba terminaron siendo poder.
Y el poder rara vez conserva pureza moral.
Los militares cubanos y el negocio de la revolución
Uno de los aspectos más incómodos que el documental ignora completamente es el papel de las fuerzas armadas cubanas en la economía del país.
Diversas investigaciones han señalado durante años que conglomerados controlados por estructuras militares administran sectores estratégicos, especialmente el turismo y la infraestructura hotelera.
Mientras gran parte de la población vive con salarios extremadamente bajos y escasez constante, las élites vinculadas al aparato militar disfrutan de condiciones radicalmente diferentes.
Ese contraste destruye por completo la narrativa romántica revolucionaria.
La película tampoco parece interesada en preguntarse algo elemental:
Si la revolución produjo un modelo humano superior, ¿por qué tantos cubanos intentan escapar?
¿Por qué generaciones enteras han abandonado la isla?
¿Por qué tanta gente arriesga su vida para salir de Cuba mientras casi nadie emigra hacia allí para vivir bajo ese sistema?
El documental evita formular esas preguntas porque romperían la estética heroica que intenta construir.
La fascinación intelectual francesa por las revoluciones latinoamericanas
Y esa estética tiene mucho que ver con cierta tradición intelectual francesa fascinada históricamente por el marxismo revolucionario latinoamericano.
No es casual que el director introduzca referencias a Jean-Paul Sartre y al clima intelectual europeo de la época.
Durante décadas, buena parte de la izquierda cultural occidental observó Cuba desde la comodidad parisina o universitaria, idealizando una revolución cuyos costes reales nunca sufrió personalmente.
Existía una distancia estética respecto al sufrimiento concreto de los cubanos.
El resultado es un tipo de cine político profundamente selectivo con la memoria histórica.
La doble vara moral del cine político
Un documental sobre el Che todavía puede permitirse una mirada admirativa sin provocar escándalo cultural masivo.
Intentar algo parecido con figuras asociadas a la extrema derecha sería inmediatamente destruido crítica y moralmente.
Esa asimetría revela algo incómodo sobre cómo ciertas violencias ideológicas siguen siendo culturalmente toleradas dependiendo de quién las ejerza.
Eso no significa equiparar mecánicamente a Che Guevara con Hitler o Stalin en términos cuantitativos o históricos.
Las dimensiones de los crímenes y los contextos son diferentes.
Pero sí significa cuestionar la indulgencia simbólica hacia figuras revolucionarias autoritarias. Especialmente cuando sus consecuencias políticas siguen activas.
Un documental menos histórico que ideológico
Mientras el documental celebra la lealtad de aquellos hombres hacia el Che, Cuba continúa atrapada en un sistema donde disentir políticamente puede destruir vidas.
Y resulta difícil contemplar esas imágenes nostálgicas sin pensar en quienes nunca tuvieron voz dentro de la revolución:
- los encarcelados;
- los exiliados;
- los homosexuales perseguidos;
- los opositores silenciados;
- los ciudadanos condenados a sobrevivir en pobreza estructural.
Por eso Che Guevara: The Last Companions termina funcionando menos como un documental histórico y más como un síntoma cultural.
El síntoma de una parte del cine europeo que sigue tratando ciertas revoluciones autoritarias como si fueran aventuras románticas incompletas en lugar de experimentos políticos profundamente destructivos.
Y quizás el verdadero problema no sea el documental en sí, sino el hecho de que todavía exista público dispuesto a consumir este tipo de relatos sin exigir el mismo rigor moral que exigiría frente a cualquier otra forma de totalitarismo.
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Comentarios
Publicar un comentario