Born Under a Bad Star confirma una tendencia cada vez más visible en ciertas zonas del cine francés contemporáneo: la conversión de lo precario en estética y de lo rural en gesto moral. Presentada en ACID Cannes, la ópera prima de Lola Cambourieu y Yann Berlier adopta una forma híbrida entre ficción e impulso documental, apoyada en actores no profesionales y en una escritura aparentemente construida sobre la deriva y la improvisación. Pero esa libertad formal rara vez encuentra una verdadera necesidad dramática.
La película sigue durante veinticuatro horas la descomposición emocional de Kiki bajo una ola de calor en el sur de Francia. Sin embargo, el conflicto queda constantemente diluido por una puesta en escena que parece más interesada en registrar cuerpos, atmósferas y pequeños accidentes cotidianos que en construir una progresión. La cámara observa como si hubiese llegado tarde a todas las escenas: fragmentos de conversaciones, silencios prolongados, niños pintando, hippies de circo improvisando una comunidad alternativa. El resultado oscila entre el naturalismo y cierta afectación muy calculada.
La mirada infantil funciona como centro emocional del relato, pero también como su principal mecanismo de subrayado. La niña que pregunta qué es “la creación”, que pinta para comunicarse con la ausencia materna, termina convirtiéndose en un símbolo demasiado transparente. La película insiste en esa pureza intuitiva de la infancia con una solemnidad que roza lo pedante, como si cualquier gesto espontáneo adquiriera automáticamente una dimensión metafísica.
Formalmente, el filme queda atrapado en sus propias decisiones estéticas. El filtro cálido permanente —amarillos quemados, pieles saturadas, luz sofocante— busca transmitir la sensación de asfixia de la canícula, pero acaba uniformando todas las imágenes hasta volverlas ilustrativas. La textura visual remite constantemente a un imaginario de verano rural idealizado, muy en línea con cierta sensibilidad festivalera actual donde lo periférico y lo comunitario funcionan casi como garantía de autenticidad.
También el trabajo sonoro participa de esa lógica de “captura” antes que de construcción. Muchas escenas parecen registradas de manera casual para luego recibir una capa sonora añadida en posproducción. Hay momentos donde la separación entre imagen y sonido genera una extrañeza interesante; en otros, simplemente transmite desorden. La música —clarinete y guitarra acústica— acompaña discretamente el conjunto, aunque su minimalismo insistente termina reforzando una sensación de cine demasiado consciente de su modestia.
Lo más problemático quizá sea que la película parece confiar en que la espontaneidad equivalga a verdad. Pero el gesto improvisado, cuando se prolonga sin tensión ni contrapunto, corre el riesgo de convertirse en fórmula. Born Under a Bad Star busca una crudeza íntima y orgánica, aunque muchas veces sólo encuentra dispersión y una sensibilidad programáticamente alternativa. |
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