CANNES 2026. Crítica Madame.
Madame, de Hélène Rosselet-Ruiz, presentada en la sección Séances Spéciales del Festival de Cannes, trabaja sobre un territorio muy delicado: la fragilidad como estructura invisible de las relaciones humanas contemporáneas. Lo interesante es que Rosselet-Ruiz no convierte esa fragilidad en melodrama, sino en una mecánica silenciosa de tensiones sociales, económicas y afectivas.
La película parte de una situación extremadamente simple: una joven acepta trabajar en negro por 250 euros como asistenta de la amante de un jeque saudí. Pero el guion entiende rápidamente que el verdadero tema no es el dinero, sino la posición que cada personaje ocupa dentro de una jerarquía inestable. Nadie parece realmente sólido. Todos dependen de algo. Todos viven bajo amenaza.
La protagonista representa quizá la forma más visible de precariedad. Necesita trabajar y acepta cualquier condición porque sabe que fuera de ese pequeño ecosistema no existe ninguna protección. Rosselet-Ruiz filma muy bien esa ansiedad cotidiana, esa sensación de estar siempre a punto de ser expulsada del espacio que uno ocupa. El trabajo no aparece aquí como realización personal, sino como supervivencia inmediata.
Sin embargo, la película evita una lectura social demasiado evidente porque desplaza constantemente la fragilidad hacia todos los niveles del relato. La amante del jeque —figura casi espectral del lujo contemporáneo— vive igualmente atrapada dentro de una economía del deseo. Tiene dinero, belleza y acceso a un mundo exclusivo, pero su existencia depende de continuar siendo deseable. No posee una identidad propia fuera de esa función ornamental. Y ahí la película introduce algo bastante incómodo: la idea de ciertos cuerpos convertidos completamente en capital social.
Rosselet-Ruiz observa con precisión ese universo de mujeres cuya presencia parece diseñada únicamente para circular alrededor del lujo masculino globalizado: Dubái, Doha, Abu Dhabi como geografías abstractas de un capitalismo afectivo donde el cuerpo femenino funciona como símbolo de estatus. Lo perturbador es que la película nunca cae en la caricatura moral. Hay incluso algo melancólico en esa incapacidad para imaginar otra forma de existencia fuera de la seducción permanente.
El personaje palestino introduce otro desplazamiento fundamental. Su deseo de traer a su familia a Francia convierte el favor del jeque en una herramienta de supervivencia política. De repente, la película conecta la intimidad doméstica con cuestiones migratorias y geopolíticas mucho más amplias. La dependencia ya no es solamente económica o emocional, sino también administrativa y territorial.
Formalmente, Madame trabaja desde la contención. Rosselet-Ruiz evita cualquier exceso psicológico y prefiere construir el malestar mediante silencios, miradas y pequeñas variaciones de comportamiento. Hay una sensación constante de equilibrio precario, como si todos los personajes entendieran que basta un solo error para destruir el sistema entero. La película funciona precisamente en ese borde: el instante anterior a la caída.
Incluso el jeque, figura máxima de poder, aparece sometido a una lógica de representación. Debe mantener las formas, controlar el espacio, sostener una imagen. Su autoridad tampoco es completamente libre. Y ahí la película resulta especialmente lúcida: el poder absoluto también necesita escenificarse continuamente para existir.
Lo más interesante de Madame quizá sea su negativa a ofrecer una conclusión moral clara. Rosselet-Ruiz no denuncia frontalmente ni victimiza a sus personajes. Prefiere mostrar cómo todos participan, voluntaria o involuntariamente, en un sistema donde las relaciones humanas se organizan alrededor de intercambios de protección, deseo, dinero y dependencia.
La película termina dejando una sensación extraña: la de un mundo aparentemente sólido pero construido sobre una inestabilidad permanente. Un universo donde el lujo no elimina la precariedad, sino que simplemente la vuelve más elegante, más silenciosa y más difícil de ver.

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