Crítica Into the Jaws of the Ogre. Cannes 2026

 


Into the Jaws of the Ogre llega a ACID Cannes como una elección casi natural. No porque el cine iraní contemporáneo conserve automáticamente un aura de prestigio político dentro del circuito festivalero, ni porque el exilio garantice por sí solo complejidad artística. Precisamente una de las mayores virtudes de la película de Mahsa Karampour es su capacidad para escapar de esas lecturas cómodas y previsibles. Su documental no busca presentarse como una obra importante únicamente por el contexto represivo del que emerge, sino que utiliza esa herida política para cuestionar algo mucho más incómodo: la manera en que el trauma, la memoria familiar y la identidad desplazada terminan convirtiéndose también en materia cinematográfica susceptible de ser observada, consumida y legitimada. Y ahí es donde ACID, sección históricamente más abierta a formas frágiles, híbridas y radicalmente personales, parece el único lugar posible para una obra así.

La película se abre con una imagen sencilla pero programática: Siavash conduce un coche por alguna carretera estadounidense mientras su hermana Mahsa lo filma desde el asiento del copiloto. A partir de ahí, Into the Jaws of the Ogre adopta la forma de un road movie documental libre, errático y profundamente melancólico que se despliega entre Irán y Estados Unidos, entre la infancia compartida y un presente completamente fracturado por el exilio. Lo que podría haber sido un relato convencional de reencuentro familiar pronto se convierte en otra cosa: una exploración emocionalmente inestable sobre la imposibilidad de recuperar el vínculo perdido.

Siavash, cantante punk iraní y superviviente de la tragedia que acabó con la vida de miembros de su banda, atraviesa toda la película como una figura tan magnética como esquiva. Karampour lo filma como alguien permanentemente desplazado de sí mismo: rebelde, fantasioso, imprevisible, a veces casi performativo, pero también atravesado por una tristeza silenciosa que impregna cada conversación y cada trayecto nocturno. Su presencia introduce además toda una cultura underground y subversiva —iraní y estadounidense al mismo tiempo— que la película nunca convierte en simple decorado cool o exotismo contracultural. Lo interesante es que Mahsa parece comprender que detrás de esa máscara punk y de esos personajes improvisados existe sobre todo un mecanismo de supervivencia.

Ahí reside probablemente la mayor fuerza del documental: en la delicadeza con la que la directora se aproxima a su hermano sin intentar domesticarlo ni transformarlo en símbolo transparente de la resistencia política. Into the Jaws of the Ogre evita constantemente el didactismo y desconfía de las narrativas heroicas sobre el exilio. La dictadura iraní aparece menos como un tema central explícito que como una presencia tóxica que sigue contaminando la vida emocional de quienes lograron escapar de ella. La falta de libertad no sólo destruye cuerpos o carreras; también altera la capacidad de relacionarse, de reconocerse y de sostener una identidad estable.

El viaje por moteles, carreteras y ciudades estadounidenses termina funcionando como una anti-road movie donde no existe redención posible. Estados Unidos tampoco aparece como espacio de liberación ni como tierra prometida, sino como un territorio suspendido donde los personajes sobreviven entre recuerdos deformados de Teherán y una sensación constante de desarraigo. El desplazamiento geográfico no resuelve nada: simplemente cambia de forma la fractura.

A medida que avanza el recorrido, hermano y hermana parecen descubrirse mutuamente por primera vez. Como si los años de separación y las vidas divergentes hubieran transformado el vínculo familiar en una relación completamente nueva, casi entre extraños. La película se vuelve entonces especialmente fina al interrogar qué queda realmente del origen compartido y qué partes de la identidad deben necesariamente reinventarse tras el exilio. Entre ambos surge una tensión constante entre pertenencia y extrañeza, entre memoria y ficción, entre el deseo de reconstruir algo común y la evidencia de que quizá ya no exista nada intacto que recuperar.

Formalmente, Karampour trabaja desde una inestabilidad deliberada. El documental fluctúa entre la confesión íntima, la observación directa, el humor incómodo y momentos donde Siavash parece refugiarse en personajes imaginarios que desdibujan cualquier frontera clara entre realidad y representación. Esa oscilación puede resultar agotadora por momentos, pero también es lo que impide que la película se convierta en un producto perfectamente empaquetado para el consumo festivalero occidental. Into the Jaws of the Ogre parece plenamente consciente de la fascinación que Europa proyecta sobre determinadas historias de exilio, resistencia y sufrimiento político, y responde saboteando continuamente cualquier lectura tranquilizadora.

Por eso ACID tiene sentido. No como gesto de corrección cultural, sino porque la película pertenece claramente a ese espacio del cine contemporáneo donde las formas siguen siendo vulnerables, contradictorias y difíciles de clasificar. Karampour no entrega una obra cerrada ni un manifiesto político limpio; entrega algo mucho más incómodo: el retrato fragmentado de dos personas intentando sobrevivir a la distancia, a la memoria y a una libertad que quizá llegó demasiado tarde.

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