CANNES 2026. Crítica Rewind Barcelona.
Rewind Barcelona no engaña a nadie. Ni siquiera lo intenta. El título ya contiene toda la propuesta: volver atrás, recordar Barcelona, reconstruir un verano entre amigos a través de imágenes borrosas, conversaciones inconclusas y la nostalgia automática que produce cualquier recuerdo de juventud grabado con apariencia de archivo doméstico. La película de Paul Nouhet es exactamente eso. Y quizá el principal problema es que nunca consigue ser mucho más.
Presentada en la sección ACID del Festival de Cannes —ese pequeño territorio paralelo que sobrevive al margen del ruido mediático, gestionado por la Asociación del Cine Independiente para su Difusión—, Rewind Barcelona encaja perfectamente en una programación que muchas veces parece diseñada para espectadores ya entrenados en cierto tipo de cine artesanal, disperso y deliberadamente menor. No porque sea una mala película, sino porque funciona casi como un gesto de pertenencia: películas pequeñas, de sensibilidad muy específica, que rara vez interesan fuera de determinados circuitos cinéfilos. De hecho, ACID sigue siendo una sección prácticamente invisible incluso dentro de Cannes. Hay periodistas que pasan años acreditados en el festival sin entrar jamás a una proyección allí. Y tiene cierta lógica: son películas que exigen paciencia, contexto y, sobre todo, cierta predisposición a aceptar formas narrativas inacabadas o aparentemente improvisadas.
Nouhet filma a cuatro amigos —Emile, Paul, Hascoët y Léo— durante un viaje de skate a Barcelona en el verano de sus dieciocho años. Diez años después, reconstruyen esos días a través de llamadas y recuerdos fragmentados. Sobre el papel, la idea tiene algo atractivo: explorar cómo la memoria reescribe la juventud y cómo ciertos momentos insignificantes terminan creciendo con el tiempo hasta convertirse en mitología personal. El problema es que la película se queda demasiado cerca de lo anecdótico. Hay intención de capturar algo auténtico, espontáneo, casi salvaje, pero el resultado termina pareciéndose más a una sucesión de postales turísticas ligeramente melancólicas.
Porque, en el fondo, Rewind Barcelona trata menos sobre los personajes que sobre la ciudad. Barcelona aparece como un decorado idealizado: plazas abiertas, palomas atravesando el plano, skateparks al atardecer, playas luminosas, cerveza barata, chicas guapas y esa sensación eterna de verano europeo que el cine francés lleva décadas explotando. La película convierte la ciudad en una especie de parque temático de la juventud despreocupada. Y ahí aparece otro de sus problemas: cuesta sentir que los cuatro protagonistas tengan una relación verdaderamente sólida entre ellos. No hay un vínculo emocional especialmente fuerte, ni conflictos que den profundidad al grupo. Más bien parecen compañeros circunstanciales compartiendo una experiencia agradable. El espectador los observa, pero rara vez entra realmente en sus vidas.
La película intenta compensar esa fragilidad emocional mediante una puesta en escena muy libre. Hay una voz en off constante, conversaciones que se pisan, imágenes granuladas y una estética que imita el vídeo encontrado o el recuerdo reconstruido. A veces funciona. Hay momentos donde esa textura imperfecta consigue transmitir cierta sensación de intimidad real, como si uno estuviera viendo cintas privadas rescatadas años después. Pero en otras ocasiones la propuesta resulta demasiado estudiada para parecer espontánea. Esa paradoja atraviesa toda la película: quiere parecer accidental, aunque cada decisión formal esté claramente calculada para generar esa impresión.
Además, el realismo tiene fugas bastante evidentes. Hay escenas donde la ilusión documental se rompe casi involuntariamente. Resulta difícil no sonreír cuando un vigilante de parque en Barcelona anuncia el cierre del recinto en un francés impecable, como si la ciudad entera hubiera sido absorbida por la lógica del cine francés indie. Son pequeños detalles, sí, pero contribuyen a esa sensación de artificio involuntario que acompaña buena parte del metraje.
Lo curioso es que la inmadurez de Rewind Barcelona es también aquello que la hace relativamente simpática. La película tiene algo adolescente no solo en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta. A veces parece filmada directamente con un móvil por un grupo de amigos que acaba de descubrir que los recuerdos pueden convertirse en cine. Hay algo honesto en esa precariedad estética y emocional. Nouhet no busca construir grandes discursos generacionales ni fabricar escenas trascendentes. Simplemente observa a unos chicos perdiendo el tiempo en Barcelona. El problema es que, durante 86 minutos, esa observación termina agotándose.
Y aun así, sería injusto pedirle algo que nunca pretende ser. Rewind Barcelona no quiere revolucionar el coming-of-age ni ofrecer una reflexión compleja sobre la nostalgia. Funciona más como una cápsula emocional muy concreta, casi privada, destinada a espectadores capaces de conectar con ese tipo de languidez veraniega donde no pasa demasiado y precisamente ahí reside la experiencia. El inconveniente es que esa sensibilidad tan específica deja fuera a buena parte del público. Hay películas que parecen existir únicamente para espectadores que ya han visto cientos de películas similares antes. Esta es una de ellas.
Al final, lo que queda es una sensación extraña: la de haber acompañado durante hora y media a cuatro chicos simpáticos en unas vacaciones bastante agradables. Nada más. Y quizá eso sea suficiente para algunos espectadores. Pero también explica por qué películas así encuentran refugio en secciones como ACID y rara vez logran salir de ahí. No porque el cine pequeño o experimental sea irrelevante, sino porque Rewind Barcelona parece demasiado satisfecha con ser apenas un recuerdo bonito y borroso de juventud. Como esas fotos antiguas que uno guarda en el móvil y nunca vuelve realmente a mirar.
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