CANNES 2026. Crítica Marie Madeleine.
La cineasta haitiana-japonesa Gessica Généus presenta en el Festival de Cannes Marie Madeleine, una película que compite dentro de Cannes Première, una de las secciones paralelas del certamen y que vuelve a colocar a Haití dentro del mapa cinematográfico internacional. Généus, conocida especialmente por Freda, ya había explorado anteriormente la realidad social y espiritual del país desde una mirada íntima y femenina. En esta ocasión, vuelve a situar la cámara en las calles de Jacmel para construir una historia sobre prostitución, religión, deseo y supervivencia. Sobre el papel, los elementos son potentes: un joven evangelista cuya fe comienza a resquebrajarse, una prostituta que se mueve libremente entre la noche y los códigos invisibles del vudú, y una ciudad atravesada por la pobreza, el mar y los espíritus. Sin embargo, lo que promete intensidad dramática termina convirtiéndose en una experiencia extraordinariamente plana.
La película sigue a Marie Madeleine, una mujer que ejerce la prostitución sin culpa ni victimismo, y a Joseph, un joven creyente atrapado entre la moral religiosa y la atracción física. El problema es que el filme nunca consigue transformar esa premisa en verdadero conflicto cinematográfico. Todo permanece en una superficie contemplativa, casi documental, donde las escenas aparecen unas detrás de otras sin tensión narrativa ni progresión emocional. Más que una historia construida, la sensación es la de asistir a fragmentos dispersos de vida cotidiana unidos de manera arbitraria.
La puesta en escena tampoco ayuda. La realización es correcta en el sentido más básico del término: planos funcionales, montaje lineal y una fotografía naturalista que no busca ningún tipo de riesgo visual. Pero ahí acaba todo. La película está rodada casi siempre de la misma manera, con una acumulación constante de contrapanos y conversaciones filmadas de forma rutinaria, como si cualquier aficionado acostumbrado a grabar vídeos para YouTube pudiera haber ejecutado exactamente la misma propuesta estética. No hay una construcción visual que acompañe el conflicto espiritual o emocional de los personajes. La cámara simplemente observa, registra y pasa a otra escena.
Existe un único momento donde el filme parece intentar escapar de esa monotonía visual: una secuencia de fantasía en la que uno de los personajes vuela sobre Haití. Es probablemente la única escena donde aparece una intención poética o simbólica real. Durante unos segundos, la película parece abrir una puerta hacia otra dimensión, hacia algo más abstracto y emocional. Pero es un espejismo breve. Después de ese instante, el relato vuelve inmediatamente a la misma inercia visual y dramática que domina el resto del metraje.
El gran problema de Marie Madeleine es que parece conformarse con el mero hecho de mostrar una realidad exótica. Y ahí aparece una cuestión incómoda pero inevitable: muchas veces el cine proveniente de países poco representados en la industria internacional recibe atención simplemente por su procedencia, no necesariamente por su calidad cinematográfica. Haití sigue siendo un territorio escasamente retratado en el cine contemporáneo y, evidentemente, cualquier aproximación a su realidad cultural despierta interés automático dentro del circuito festivalero europeo. La mezcla de religiosidad, pobreza, sexualidad y animismo posee una fuerza visual evidente. Pero una película no puede sostenerse únicamente sobre el exotismo de aquello que retrata.
Y es precisamente ahí donde Marie Madeleine se queda vacía. La película muestra prostitutas viviendo en Jacmel, pequeños episodios de violencia masculina, consultas médicas donde nadie parece prestar demasiada atención al uso de preservativos, escenas callejeras y rituales espirituales, pero nunca consigue ir más allá del apunte superficial. No hay reflexión, ni profundidad psicológica, ni verdadero análisis social. Todo parece reducido a la observación distante de una serie de situaciones más o menos llamativas.
Incluso las interpretaciones contribuyen a esa sensación de apatía general. Los actores hablan con una sequedad extrema, como si los diálogos estuvieran apenas esbozados y nadie hubiera trabajado realmente el subtexto emocional. Las conversaciones carecen de naturalidad dramática y muchas escenas avanzan sin ritmo interno. No existe química real entre los protagonistas, algo especialmente grave en una historia que debería sostenerse precisamente sobre la tensión entre deseo y fe. Joseph nunca transmite el conflicto espiritual que supuestamente lo consume, mientras que Marie Madeleine acaba convertida en una figura casi abstracta, más cercana a una idea simbólica que a un personaje vivo.
El guion tampoco sabe construir escenas memorables. La estructura funciona a base de pequeñas anécdotas internas que empiezan y terminan sin dejar huella. Algunas parecen simples apuntes improvisados capturados sobre la marcha. Otras buscan un tono entre lo costumbrista y lo trágico, pero ninguna termina de desarrollarse plenamente. Hay incluso momentos donde el filme parece rozar involuntariamente el absurdo. Y aunque la película intenta vender una sensación de autenticidad cruda, esa autenticidad acaba convirtiéndose en monotonía.
Mención aparte merece el tratamiento de los animales. Hay una escena con un gallo que resulta especialmente incómoda y que difícilmente habría pasado desapercibida en una producción europea bajo normativas más estrictas. Esa voluntad de mostrar sin filtros determinadas prácticas culturales quizá busque reforzar la autenticidad del entorno, pero también genera una sensación extraña: la de una película que parece confiar más en el impacto antropológico de lo que enseña que en su verdadero valor cinematográfico.
Al final, Marie Madeleine termina funcionando más como ventana etnográfica que como obra cinematográfica sólida. Y eso no sería necesariamente un problema si existiera una mirada formal potente detrás de las imágenes. Pero no la hay. La película simplemente coloca una cámara frente a unas prostitutas en Haití y registra sus vidas sin encontrar nunca una forma cinematográfica capaz de transformar esa realidad en algo verdaderamente significativo.
Lo más interesante del filme, paradójicamente, es aquello que existe fuera de él: la posibilidad de acercarse a una cinematografía poco visible y a una realidad cultural rara vez representada en pantalla. Pero eso no basta para sostener una película de casi dos horas. El exotismo puede abrir la puerta de los festivales, pero no reemplaza la falta de construcción dramática, la pobreza visual ni unos personajes incapaces de generar emoción. Marie Madeleine quiere hablar sobre libertad, deseo y espiritualidad, pero termina perdida en una sucesión de escenas vacías donde ni el cine ni los personajes parecen realmente vivos.

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