Crítica Blaise. Cannes 2026


 Estamos en el Festival de Cannes 2026 (13–24 de mayo). En ese marco, y dentro de una sección paralela históricamente periférica como la ACID, aparece una de esas anomalías que justifican por sí solas la existencia de un festival: Blaise, de Dimitri Planchon y Jean-Paul Guigue. Conviene empezar sin rodeos: es una sorpresa y, más aún, una pequeña joya. Y lo es precisamente donde menos se espera. No suelo detenerme eBain títulos de ACID —una sección asociada a propuestas formales radicales, a menudo irregulares o deliberadamente herméticas—, pero esta película constituye una excepción en todos los sentidos. Es rara, sí, pero rara de las buenas.

Desde su planteamiento, Blaise se articula como una comedia ácida que opera en varios niveles. En superficie, el retrato de la familia Sauvage: Carole intenta recomponer su imagen ante sus empleados; Jacques hace lo propio en su entorno social; y Blaise, su hijo, se deja arrastrar por una joven hacia una cruzada revolucionaria tan educada como improvisada. Bajo ese esquema, la película construye una sátira precisa sobre clases sociales, necesidad de reconocimiento y, sobre todo, la performatividad del compromiso político.

Aquí aparece uno de los núcleos más interesantes del film: la manifestación como gesto de imagen. No se trata tanto de transformar la realidad como de ser visto formando parte de algo. Blaise lo expone con claridad: participar “porque queda bien”, porque posiciona, porque otorga una identidad. La política como superficie.

En ese punto, la película introduce una idea que resulta particularmente actual y que conviene subrayar de forma explícita. Las acciones que vemos en las manifestaciones —lanzar botellas, provocar a la policía, incluso el uso de artefactos más extremos— no producen ningún efecto real sobre la causa que supuestamente defienden. El resultado es nulo. No cambian nada. No mejoran nada. Funcionan, más bien, como gestos simbólicos dirigidos a la propia imagen del participante.

Es aquí donde la película permite una analogía directa con fenómenos contemporáneos muy visibles, como las llamadas flotillas hacia zonas de conflicto, concebidas en muchos casos más como actos de exposición mediática que como intervenciones efectivas. Del mismo modo que en la película tirar una botella o una granada no altera el curso de los acontecimientos, estas acciones tampoco tienen capacidad real de modificar la situación sobre el terreno. Su lógica es otra: es personal, ser vistas, construir una posición moral visible, ser cool, estar en la onda.

Blaise no lo formula de manera discursiva, pero lo muestra con bastante precisión. La acción sin efecto se convierte en identidad. El gesto sustituye al resultado. Y, en ese desplazamiento, aparece una crítica clara a una forma de activismo contemporáneo donde la visibilidad importa más que la eficacia. En ese sentido, la película dialoga con realidades muy actuales, reconocibles casi a diario en el espacio mediático.

El arco de Blaise refuerza esta lectura. Su implicación no nace de una convicción profunda, sino de una necesidad de pertenencia y de reconocimiento. La influencia de la joven —procedente de un entorno privilegiado— introduce otro matiz: la radicalidad como experiencia, casi como consumo simbólico. La violencia se convierte en un signo externo de compromiso. Los golpes recibidos funcionan como credenciales. Quien no los tiene, como el propio Blaise, queda en una posición ambigua.

El tono es uno de los grandes aciertos del film. Planchon y Guigue combinan un humor que remite al absurdo estructurado de los Monty Python con una agresividad más contemporánea cercana a South Park. No es una referencia superficial: en muchos momentos, Blaise podría leerse como un episodio extendido de esa serie, trasladado al contexto francés. El humor es constante, a menudo excesivo, y se apoya en una deformación deliberada de personajes y situaciones.

Esa deformación encuentra su correlato en la propuesta técnica, probablemente el rasgo más distintivo de la película. No estamos ante animación convencional ni ante imagen real. Se trata de una animación 3D estilizada con vocación caricatural situada en el uncanny valley. Los rostros presentan una textura casi realista —piel, volumen, iluminación— pero están ligeramente alterados en proporciones y rasgos, generando una sensación de extrañeza constante.

A esto se suma una animación corporal rígida, poco fluida, que rompe con cualquier intención naturalista. Lejos de ser una limitación, esta rigidez refuerza el discurso: los cuerpos parecen artificiales porque lo que representan también lo es. La expresividad se concentra en los rostros —labios, ojos—, mientras el conjunto mantiene una ligera sensación de collage digital, como si las piezas no terminaran de encajar del todo. El resultado es una caricatura hiperrealista incómoda, coherente con el tono satírico del film.

Es cierto que esta propuesta exige un breve periodo de adaptación. Los primeros minutos pueden resultar desconcertantes. Pero una vez asumido el código visual, la película encuentra su ritmo y su lógica interna funciona con precisión.

En paralelo, el film despliega varias subtramas —laborales, familiares, educativas— que amplían su alcance. No todas tienen el mismo peso, y en ocasiones la acumulación roza el exceso, pero esa misma desmesura forma parte de su identidad.

Dentro del Festival de Cannes, su presencia en la sección ACID (Association du Cinéma Indépendant pour sa Diffusion) resulta coherente. ACID promueve cine independiente seleccionado por cineastas, con especial atención a obras arriesgadas. En ese contexto, Blaise destaca porque logra algo poco habitual: mantener una propuesta formal singular sin perder capacidad de conexión.

Sobre sus directores, Planchon y Guigue han trabajado previamente en formatos cortos y en animación experimental. Blaise consolida esa línea: más ambiciosa, más estructurada y más accesible, sin renunciar a su carácter híbrido.

En conjunto, Blaise es una anomalía valiosa. Una comedia feroz que utiliza el exceso como herramienta crítica y una estética incómoda como vehículo de sentido. Pero, sobre todo, es una película que captura con bastante precisión una deriva contemporánea: la sustitución de la eficacia por la visibilidad, del resultado por el gesto. En ese espejo, no siempre cómodo, es donde la película encuentra su mayor interés.

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