CANNES 2026. Ugo Bienvenu uno de los 10 to Watch de Unifrance en Cannes.

A Ugo Bienvenu le incomoda la idea del estrellato. Habla de sus películas como quien habla de amigos, de cuadernos de dibujos o de aventuras compartidas. Sin embargo, a sus 38 años, el ilustrador, autor de cómic y director francés se ha convertido en uno de los grandes nombres de la animación europea contemporánea. Su ascenso ha sido tan rápido como singular: del circuito alternativo del videoclip y la novela gráfica a competir en la carrera de los Oscar con su primer largometraje, Arco.

Antes de llegar a Cannes, Annecy o Hollywood, Bienvenu ya era una figura de culto para una generación criada entre internet, la electrónica francesa y la ilustración independiente. Su nombre empezó a circular con fuerza gracias a videoclips como Fog, del dúo francés Jabberwocky, una pieza hipnótica y melancólica donde ya aparecían muchas de las obsesiones visuales que terminarían definiendo su cine: los colores suaves, la nostalgia futurista y la sensación de que la tecnología puede ser tanto una amenaza como una forma de ternura.

Después llegaron los cortos, los cómics y una carrera visual imposible de encasillar. Formado entre Gobelins, CalArts y las Artes Decorativas de París, Bienvenu trabajó para marcas de lujo, publicó novelas gráficas y desarrolló un universo propio entre la ciencia ficción íntima y la sensibilidad humanista. Su cómic System Preference se convirtió en una referencia dentro de la BD francesa contemporánea y terminó de consolidarlo como una voz singular dentro de la creación visual europea.

Pero el gran salto llegó con Arco, estrenada en el Festival de Cannes y convertida después en una de las grandes sensaciones de la temporada de animación. La película —la historia de un niño procedente de un futuro utópico que cae accidentalmente en el año 2075 y entabla amistad con una niña llamada Iris— conquistó primero Annecy, donde obtuvo el Cristal a mejor largometraje, y más tarde fue acumulando premios europeos hasta desembocar en la temporada estadounidense.

El reconocimiento culminó con la nominación al Oscar a mejor película de animación. En una edición especialmente competitiva, Arco compartió categoría con grandes producciones internacionales y estudios multimillonarios, una situación que el propio director todavía parece observar con incredulidad. Según explicó durante una entrevista concedida en Cannes, jamás imaginó que algo así pudiera ocurrirle. Ni siquiera se consideraba parte natural de la industria cinematográfica.

“Fue completamente una sorpresa”, admite. “Yo no vengo realmente del cine y nunca tuve fascinación por ese mundo. Ni siquiera sabía que algo así era posible”.

La paradoja es que precisamente esa mirada exterior es la que ha convertido a Bienvenu en una figura tan valiosa dentro de la animación contemporánea. Mientras muchos estudios buscan fórmulas cada vez más estandarizadas, él reivindica un cine artesanal, intuitivo y profundamente personal. Durante su paso por Estados Unidos, en plena campaña de premios, recibió comentarios reveladores por parte de profesionales de Pixar y Disney. Lo que le repetían, cuenta, era que les gustaría hacer películas así, pero que el propio sistema industrial se lo impedía.

“Ellos tienen muchos más medios que nosotros”, explica, “pero esos medios a veces les impiden hacer películas libres”.

La frase resume perfectamente la posición que ocupa hoy Bienvenu: un creador situado entre el cine de autor y la animación popular, capaz de dialogar con la gran industria sin perder una identidad visual radicalmente propia.

Ese éxito, sin embargo, tuvo un coste personal importante. El director recuerda la campaña de los Oscar como una experiencia emocionalmente difícil. Mientras la película viajaba de festival en festival, él acababa de ser padre por segunda vez. Su hijo tenía apenas seis meses cuando comenzó la promoción internacional de Arco.

“Profesionalmente era increíble”, reconoce, “pero personalmente fue muy duro. Sentía que no estaba en el lugar correcto”.

La sinceridad con la que Bienvenu habla del cansancio, de la fragilidad o de la necesidad de detenerse contrasta con la narrativa habitual del éxito cinematográfico. No hay épica triunfalista en su discurso. Más bien aparece la sensación de haber atravesado una experiencia demasiado grande.

Quizá por eso insiste tanto en la idea de amistad. Cuando habla de cine no menciona estrategias de mercado ni algoritmos, sino vínculos humanos. Su productora, Remembers, fundada junto a Félix de Givry, funciona precisamente bajo esa lógica de colaboración creativa. Mientras uno producía la película del otro, ambos levantaban proyectos que, según recuerda Bienvenu, muchos consideraban imposibles.

“Nos decían que no era así como se hacían las películas, que no era así como se contaban historias”.

El resultado terminó siendo extraordinario: dos años consecutivos en Cannes para una productora que apenas había realizado dos largometrajes. Para Bienvenu, eso demuestra que asumir riesgos todavía puede tener sentido dentro del cine europeo.



En paralelo al reconocimiento cinematográfico, el francés también ha reforzado su perfil como artista plástico. Durante la temporada de premios comenzó a dibujar compulsivamente en un cuaderno que llevaba consigo durante los viajes. De ahí nació Futur Antérieur, la exposición presentada en la Galerie Martel, donde reunió una serie de dibujos realizados casi como una necesidad íntima frente al vértigo de la promoción internacional.

“Era simplemente felicidad y placer”, explica sobre aquellos dibujos realizados entre hoteles, aeropuertos y festivales.

Ese equilibrio entre intimidad y ambición define también su cine. Arco, pese a su dimensión fantástica y futurista, funciona sobre todo como una película profundamente humana. Una historia sobre la posibilidad de imaginar un futuro mejor en un momento dominado por la ansiedad climática y tecnológica. El propio director define la película como “un gran abrazo”.

No resulta extraño, por tanto, que Unifrance lo haya incorporado recientemente a su programa “10 to Watch”, una selección anual que identifica a diez talentos franceses llamados a marcar el futuro del audiovisual europeo. La inclusión de Bienvenu en esa lista confirma algo que en la animación europea ya parece evidente: su carrera apenas está comenzando.

Y, sin embargo, él mismo duda sobre cuál será el siguiente paso. Después de la magnitud de Arco, reconoce sentir la necesidad de regresar a proyectos más pequeños y personales.

“Necesito volver a la intimidad”, dice. “Hacer películas significa trabajar con muchísima gente, y lo que me gusta de este trabajo es vivir aventuras con personas a las que quiero”.

Quizá ahí resida precisamente la singularidad de Ugo Bienvenu. En una industria cada vez más dominada por franquicias y estrategias globales, él sigue hablando de cine como algo artesanal, vulnerable y profundamente humano. Y en tiempos de cinismo audiovisual, esa puede ser la forma más extraña —y más valiosa— de modernidad.

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