El poder como ficción: crítica de El mago del Kremlin
El mago del Kremlin (Le Mage du Kremlin), dirigida por Olivier Assayas y basada en la novela de Giuliano da Empoli, es uno de los thrillers políticos más ambiciosos del cine reciente. Ambientada en la Rusia de los años noventa tras la caída de la URSS, la película analiza la construcción del poder autoritario a través de la propaganda y la manipulación mediática, evitando el enfoque tradicional del biopic para apostar por una sátira intelectual y oscura.
La historia se centra en Vadim Baranov (Paul Dano), un personaje ficticio inspirado en figuras reales del Kremlin. Joven, brillante y cínico, Vadim entiende la política como un espectáculo y la verdad como un material moldeable. Su inesperado ascenso comienza cuando se convierte en asesor de Vladimir Putin, un exagente del KGB interpretado por Jude Law, todavía lejos de la figura histórica que llegará a ser.
Uno de los mayores aciertos del filme es narrar el ascenso de Putin desde la sombra. Assayas desplaza el protagonismo hacia Vadim, subrayando que el poder moderno se construye desde los márgenes, a través del relato y la imagen, más que desde la acción directa. El Kremlin aparece así como un escenario donde se ensayan discursos, gestos y ficciones destinadas a crear una ilusión de estabilidad en medio del caos.
La interpretación de Paul Dano es fundamental para sostener esta idea. Su Vadim es seductor e inquietante, un intelectual que sacrifica progresivamente cualquier principio ético en favor de la eficacia. No se presenta como un villano clásico, sino como un creador fascinado por el impacto de sus ideas, lo que convierte su trayectoria en una reflexión incómoda sobre la responsabilidad moral del asesor político.
Por su parte, Jude Law ofrece una caracterización contenida y perturbadora de Putin. Tras una preparación minuciosa, el actor evita la caricatura y construye un personaje silencioso, opaco y calculador. Su Putin habla poco, observa mucho y transmite una sensación constante de amenaza latente, reforzando la tesis del filme: el autoritarismo contemporáneo no necesita grandilocuencia, sino ambigüedad y control simbólico.
Desde el punto de vista formal, Assayas demuestra un dominio sobrio y elegante del lenguaje cinematográfico. La puesta en escena evita el exceso visual y apuesta por un montaje fluido que transmite el vértigo de una época inestable. La fotografía retrata una Rusia en transición, marcada por la decadencia y la improvisación, mientras que la música acompaña sin subrayar, dejando que los diálogos sostengan el peso del relato.
El tono de la película combina eficazmente el thriller político con la comedia negra, utilizando la ironía para mostrar los mecanismos del poder sin trivializarlos. Los medios de comunicación, la televisión y la propaganda aparecen como herramientas clave en la creación de líderes y consensos, destacando la difuminación entre realidad y ficción como uno de los temas centrales del filme.
El personaje de Ksenia (Alicia Vikander) introduce un contrapunto emocional y ético. Representa una posible vía de escape para Vadim, una vida basada en la libertad personal y la autenticidad, lejos del cinismo del Kremlin. Su presencia recuerda que siempre existe una alternativa, aunque el protagonista elija no tomarla, subrayando el coste personal de su ambición.
El guion, escrito por Assayas junto a Emmanuel Carrère, destaca por su inteligencia y por confiar en la capacidad del espectador. La película evita explicaciones innecesarias y propone una reflexión compleja sobre la verdad, el poder y la ficción política, sin caer en el didactismo ni en el maniqueísmo.
Aunque ambientada en los años noventa, El mago del Kremlin dialoga directamente con el presente. Su retrato de la política como espectáculo y del liderazgo como construcción narrativa conecta con la era de la posverdad y la desinformación. La Rusia que muestra la película funciona como un laboratorio de dinámicas que hoy se repiten a escala global.
En conclusión, El mago del Kremlin es una obra arriesgada y profundamente relevante. Olivier Assayas ofrece una reflexión lúcida sobre el poder moderno, apoyado en interpretaciones sobresalientes y un guion incisivo. Más que una película sobre Putin, es una mirada crítica sobre cómo se fabrica el poder y sobre el precio de quienes deciden convertirse en sus arquitectos invisibles, consolidándose como una de las propuestas políticas más estimulantes del cine reciente.


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