Cuando un filme se presenta como una mirada fresca a la juventud, la independencia y la discapacidad, las expectativas suelen ser altas: el público espera empatía, autenticidad y una voz cinematográfica propia. Min første kjærlighet (My First Love), ópera prima de la directora noruega Mari Storstein, aspira a cumplir con ese objetivo, pero su ambición narrativa tropieza repetidamente con los límites de su propia ejecución.
Tras su estreno mundial en la sección First Feature Competition del 29º Tallinn Black Nights Film Festival, la película ha generado reacciones encontradas: la historia de Ella, una joven de diecinueve años que ha vivido toda su vida en silla de ruedas y lucha por su independencia, la película se siente más didáctica que dramática, como si la cámara se hubiera olvidado de dejar que la dignidad de los personajes surgiera por sí sola.
La historia sigue a Ella en su intento de vivir sola y estudiar, solo para enfrentarse a la cruda realidad de un rechazo de asistencia que la sitúa en un centro institucionalizado, truncando sus sueños de autonomía. En medio de esta frustración burocrática, Ella experimenta su primera relación amorosa, que debería ser el corazón emotivo del filme.
El mayor mérito de Min første kjærlighet radica en la intención de contar una historia que pocas veces se ve en la pantalla: el amor, el aguante y las barreras sociales desde la perspectiva de alguien que vive con una discapacidad física. Este enfoque, sin duda, es valioso y necesario; Storstein y su co‑guionista Tomas Myklebost eligen un material que tiene potencial universal y relevancia social.
No obstante, el resultado final revela las tensiones de un primer largometraje que no termina de encontrar su equilibrio entre narrativa y mensaje. La película parece más un guion alargado que una historia que respira por sí misma, donde las escenas a menudo se sienten escenificadas y carentes de matices dramáticos. Esta falta de complejidad narrativa reduce la carga emocional que debería impulsar una película sobre el paso a la adultez y las frustraciones de la independencia.
Otro punto crítico recae en la construcción de personajes secundarios: mientras que Ella es retratada con dignidad y naturalidad —incluso con momentos que evocan genuina empatía—, las figuras que la rodean parecen funcionar como vehículos de enseñanza más que como individuos complejos, reforzando la sensación de que la película está más interesada en “mostrar” un problema que en explorar sus ramificaciones humanas.
A pesar de estos tropiezos, la película también ofrece destellos de sensibilidad auténtica, especialmente en las actuaciones de un elenco comprometido que se esfuerza por dotar de verdad a cada interacción. Las situaciones íntimas —con sus alegrías tímidas y dolores latentes— sugieren un cineasta dispuesta a escuchar a sus personajes, incluso cuando la película no siempre logra traducir esa escucha en una narrativa visual potente.
Min første kjærlighet es un debut que aspira a la grandeza emocional, pero que se queda corto al ceder demasiada energía a la pedagogía y al discurso social directo. Es una película con el corazón en el lugar correcto, pero con un lenguaje cinematográfico todavía en formación: noble en sus intenciones, imperfecta en su ejecución.
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