Crítica Raptures (Rörelser) en el festival de cine de Tromsø (Noruega)


 En una región donde historia, religión y lenguaje se entrecruzan como geografías difíciles de trazar, Raptures (título internacional de Rörelser) emerge en el festival noruego de Tromsø (19-25 enero 2026) como una pieza cinematográfica ambiciosa que propone, con sensibilidad histórica, indagar en los pliegues menos explorados de la religión como forma de pertenencia y dislocación.


Dirigida por el sueco Jon Blåhed, la película se sitúa en la Suecia rural de los años 1930, en una comunidad de la Torne Valley donde coexisten diferentes identidades lingüísticas (Meänkieli, sueco y finlandés). Ahí, la trama sigue a Rakel, interpretada con matices introspectivos por Jessica Grabowsky, cuya vida se complica cuando su esposo Teodor adopta los dogmas de la llamada movimiento Korpela, un grupo religioso real donde las creencias puritanas y apocalípticas se convierten en el combustible para un culto cada vez más estricto y tóxico.

Desde su estreno internacional en el International Film Festival Rotterdam 2025, donde compitió en la Big Screen CompetitionRaptures ha sido elogiada por su contexto histórico y su uso audaz de la lengua minoritaria Meänkieli como vehículo narrativo central —es la primera película mayoritariamente hablada en ese idioma— lo que en sí mismo constituye un acto político y cultural potente, señalando la invisibilización de comunidades lingüísticas en el cine nórdico contemporáneo.

Sin embargo, más allá de su contexto lingüístico e histórico, la película tropieza con sus propias ambiciones. A pesar de su valor antropológico y contextual —que permite al público asomarse a una parte poco conocida de la Europa septentrional—, su ejecución no consigue desatar del todo la energía dramática que su premisa prometía. La narración tiende a una resolución narrativamente convencional y controlada, lo que priva al relato de un caos visceral que podría haber intensificado la representación del fanatismo y de la deformación social de la fe religiosa.


Es precisamente aquí donde Raptures se muestra más frustrante: su historia, inspirada en hechos reales y alimentada por la riqueza de un territorio narrativo excepcional (una comunidad fronteriza, dividida por idiomas y creencias), se diluye en una aproximación formal que a menudo luce más académica que catártica. La figura de Teodor, el líder emergente, tiene momentos donde debería causar desasosiego profundo, pero su evolución dramática carece de un arco tan contundente como el que su credo apocalíptico insinúa, dejando al espectador con la sensación de haber recorrido un paisaje histórico fascinante, pero narrativamente tibio.

Los méritos del filme, sin embargo, son reales: la ambientación, el diseño de producción y la fotografía evocan con precisión un tiempo y un lugar donde las tensiones culturales eran palpables; la emotividad soterrada de Rakel, intentando proteger a su familia de un fervor que ha perdido todo sentido de equilibrio, ofrece uno de los pocos puntos dramáticos totalmente logrados de la película.

En definitiva, Raptures funciona mejor como documento histórico y exploración cultural que como pieza dramática totalmente cohesionada. Su aproximación “cautelosa” al fanatismo —que evita el sensacionalismo pero también a veces su impacto emocional— lo convierte en un filme sugerente pero limitado en su resonancia dramática global. No es poco lo que la película aspira a decir, pero su manera de decirlo a veces la deja en las fronteras de su propio tema, como si la fe que retrata imprimiera también una contención que contagia la narración.

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