Sur l´Adamant. BERLIN 2023


Nicolas Philibert crea un alegato cinematográfico para mostrar sin pudor los problemas psicológicos de diferentes pacientes. Todos ellos tienen en común un centro de reunión, un barco atracado en el Sena, en la ciudad de París, ese barco se llama "L´Adamant".

La cinta juega en ocasiones con la doble circunstancia de ser ficción (por la increíble actuación e imaginación de los protagonistas) o un documental, donde dichos protagonistas rompen la barrera preguntando al cámara y al sonidista cómo se desplazan por París, sacando como conclusión que en moto tampoco se va tan mal.

Suavidad para presentarnos a los personajes

Un juego de personajes que vamos conociendo poco a poco, al igual que el despertar de la cinta, donde vemos un amanecer, un puente, unas persianas abriéndose, para hacer ver al espectador el punto de inicio del film. Un despertar que crea la necesidad de saber qué está despertando, qué es lo que va a abrir, qué significado tiene un barco en medio de París.

Con unos diálogos imposibles de escribir sobre los resultados de fútbol o la presentación de un nuevo miembro en la agrupación, el director nos hace ver que lo ilógico comienza ganando la batalla del guión, donde no hay que esperarse convencionalismos o una línea "típica" de guión.

Al más puro estilo de Maite Alberdi en obras como "La memoria infinita", el director francés nos hace dinámico un tema, a priori, aburrido como es el de los problemas psicológicos (o el alzheimer, o los retiros de la tercera edad). Ahí radica el éxito de Philibert, de enfocar a quien debía, en el momento adecuado, para luego hacer un montaje ligero (no siempre lo consigue) para que el espectador vea una obra compacta durante los 109 minutos de la obra. 


Confundir al espectador

Otro de los éxitos del film es el de confundir al espectador, llegando en ocasiones a no apreciar la diferencia entre pacientes y trabajadores. La cámara a pocos palmos de las caras de los protagonistas nos muestran todas sus gesticulaciones, a las que, a medida que avanza la película, nos sentimos familiarizados. Se agradece esa libertad que impregnan las cintas francesas donde no existe voz en off, pero tampoco un guión "guiado" por los raíles del montaje, como vimos en varias producciones vistas recientemente, como "La fábrica de animales". Los directores pueden retener sus ganas de guiar en la grabación, filmando de forma estática, impasiva, sin inmiscuirse en exceso (dos personas extrañas con cámaras, una percha de sonido, etc, es ya cambiar mucho el día a día normal). Pero suelen resarcirse en el montaje, donde la línea está claramente definida, y si no lo está, termina por estar. 

En el caso de Nicolas, no parece notarse una clara línea preestablecida seguida ni en la dirección ni en el montaje, pareciendo que la espontaneidad ha reinado en ambos procesos de la película.

Una cinta que nos recuerda a las de Sébastien Lifshitz, pero de una forma más reposada, más contemplativa, con una dedicación extra sobre los rostros de los personajes, sus caras, sus ojos, como si estos fueran una obsesión para Nicolas, como si quisiera decirnos que la gente con problemas mentales no son tan distintos como nosotros, o que igual, de una forma u otra, esos rostros que muestra, podrían ser los nuestros en algún momento (pasado o futuro) de nuestras vidas.


Opinión: 3/5


Actualización tras ganar el Oso de Oro Berlinale 2023.






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