Crítica 'El ser querido' de Sorogoyen

Resulta sorprendente que El ser querido haya sido, por fin, la película que ha llevado a Rodrigo Sorogoyen a competir por la Palma de Oro en Cannes. No porque sea una mala película, sino porque el director madrileño había firmado anteriormente obras mucho más personales, más contundentes y, sobre todo, más reconocibles dentro de una filmografía que parecía haber encontrado una identidad propia en títulos como El reino, Que Dios nos perdone o As bestas.

En ellas había tensión, ritmo y una capacidad extraordinaria para mantener al espectador pegado a la butaca. Aquí, en cambio, Sorogoyen parece abrazar otro tipo de cine: uno mucho más contemplativo, apoyado en silencios, miradas eternas y una puesta en escena que parece diseñada para conectar con la sensibilidad del circuito festivalero europeo, especialmente el francés.

No es casualidad que la película llegara a la Competición Oficial de Cannes y que su estreno comercial en Francia se produjera prácticamente de forma simultánea a su presentación en el festival. La coproducción francesa, la distribución francesa y el evidente aroma de cine de autor europeo parecen formar parte de una estrategia que finalmente ha dado resultado.

La sensación es que Sorogoyen ha ido desplazándose desde el thriller que dominaba con enorme talento hacia un cine más pausado, más simbólico y menos narrativo. Un cine de miradas, de silencios y de largos planos donde aparentemente no sucede nada, precisamente el tipo de lenguaje cinematográfico que suele encontrar una gran acogida en determinados festivales internacionales.

El arranque ya deja claras sus intenciones. Primerísimos planos constantes sobre Javier Bardem y Victoria Luengo, encuadres asfixiantes y una cámara obsesionada con permanecer pegada a los rostros de los personajes. El efecto puede resultar intenso durante unos minutos, pero acaba convirtiéndose en un recurso repetitivo.

A ello se suman decisiones formales discutibles: personajes ocultos tras columnas mientras la cámara permanece inmóvil, planos larguísimos sin avance dramático o imágenes en blanco y negro cuya aportación narrativa resulta más que cuestionable. Más que enriquecer la historia, parecen funcionar como una firma estética destinada a recordar constantemente que estamos viendo "cine de autor".

El problema es que, tras una hora de metraje, apenas ha sucedido nada relevante. Un padre intenta reconstruir la relación con su hija a través de una película en la que quiere convertirla en actriz. Poco más.

Y aquí aparece otra sensación difícil de ignorar: la enorme semejanza con Sentimental Value, una de las grandes triunfadoras del circuito de festivales reciente. También allí un padre cineasta intenta recuperar el vínculo con su hija utilizando precisamente el rodaje de una película como vehículo emocional. Las similitudes son suficientes para que resulte inevitable establecer comparaciones, y en muchos momentos El ser querido transmite la impresión de ser una versión menos inspirada y menos emocionante de aquella historia.

El rodaje en Canarias, la presencia de personajes franceses, la mezcla de idiomas y el constante salto entre español, francés e inglés acentúan una sensación de construcción por piezas. Parece un collage internacional donde cada elemento responde más a necesidades de coproducción que a una verdadera lógica narrativa.

Eso no impide reconocer los méritos interpretativos. Javier Bardem vuelve a demostrar que es uno de los actores más sólidos del cine español y sostiene muchas escenas gracias a su presencia. Victoria Luengo también realiza un trabajo contenido y elegante.

Sin embargo, resulta imposible separar completamente la película de la figura pública de Bardem. El actor ha protagonizado en los últimos años diversas intervenciones políticas y sociales que han generado polémica, especialmente algunas declaraciones realizadas en Cannes sobre el supuesto machismo estructural de España.

Cada espectador decidirá hasta qué punto esas opiniones deben influir o no en la valoración de una obra artística. Pero es igualmente cierto que algunos pueden sentirse incómodos con ese tipo de afirmaciones y optar libremente por no apoyar un proyecto protagonizado por quien las realiza. Del mismo modo que existen campañas de boicot contra determinados artistas por sus declaraciones públicas, también podría entenderse que una parte del público decida no acudir a ver una película por considerar ofensivos algunos comentarios realizados por su protagonista.

Otra cuestión distinta es si conviene mezclar obra y autor. En el caso de Roman Polanski, por ejemplo, el debate gira en torno a hechos personales ajenos al espectador. En el caso de Bardem, las declaraciones afectan directamente a una percepción colectiva sobre el propio país, algo que puede generar rechazo entre parte del público español, independientemente de que compartan o no su opinión.



También llaman la atención algunas de sus recientes intervenciones públicas, como su aparición en la gala de los Oscar lanzando consignas políticas sin apenas contexto, algo que contrastó con discursos mucho más elaborados y relacionados con las propias películas por parte de otros participantes. Más que un mensaje construido, dio la impresión de querer exhibir una posición moral sin desarrollar una reflexión detrás.

Nada de eso convierte automáticamente a El ser querido en una mala película, pero sí condiciona inevitablemente la conversación que la rodea.

Al final queda la impresión de que Sorogoyen ha encontrado la fórmula para entrar en Cannes precisamente alejándose del cine que mejor sabía hacer. Ha ganado contemplación, silencios y sofisticación formal, pero ha perdido parte de la energía, la tensión y la personalidad que convertían sus anteriores trabajos en experiencias memorables.

Quizá sea el precio de adaptarse a un determinado canon del cine de autor europeo. O quizá simplemente sea una nueva etapa en su carrera. En cualquier caso, para quien admire al Sorogoyen de El reino o As bestas, cuesta no salir del cine preguntándose si este reconocimiento internacional ha llegado justo cuando su cine resulta menos auténtico.

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