ANNECY 2026. El milagro sonoro de Tana: la animación china conquista Annecy con la estepa mongola y el silencio paternal

Los directores Ji Zhao y Ke Er Zhu presentan en el festival francés su ópera prima, un viaje onírico que defiende la sala de cine como un "templo" y retrata las emociones no dichas de la familia asiática.

El Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy se ha consolidado como la Meca indiscutible de la imagen en movimiento. Entre sus selecciones oficiales de este año destaca Tana, una joya audiovisual llegada desde China que rompe con los cánones occidentales para sumergir al espectador en la textura sonora de la estepa mongola y en los silencios de una familia asiática. Detrás de la cámara, dos mentes que llevan más de una década creando mundos: Ji Zhao y Ke Er Zhu.

Sentados tras la proyección de su película, los directores explican la génesis de un proyecto que marca un hito personal y profesional. «Es la primera película de nuestro estudio y nos sentimos muy afortunados de haber sido seleccionados», confiesa con emoción Ji Zhao, quien asume el peso de la conversación, mientras su coguionista y codirectora, Ke Er Zhu, asiente y aporta pinceladas de una sensibilidad arrolladora.

Para los realizadores, Tana no es una película para consumirse en la pequeña pantalla de un ordenador. «No se trata solo de lo visual. También se trata de lo que escuchas», subraya Ji Zhao, recordando una de las frases clave del filme: «Una vez que la música aparece, siempre recordarás ese momento».

El director chino es un firme defensor de la experiencia cinematográfica tradicional: «Lo mejor de una sala de cine es que entras en una caja negra y te sumerges por completo. Estás completamente concentrado en todo lo que te rodea. El sonido envolvente te ayuda a disfrutar, igual que cuando estás en una sala de conciertos».

El encuentro fortuito con el alma de la estepa

La banda sonora de Tana es, en sí misma, un personaje más. Para darle vida, los directores recurrieron a Anda Union, un grupo originario de Mongolia Interior cuya música les erizó la piel antes incluso de comprender las letras de sus canciones.

«La primera vez que los conocimos ni siquiera sabíamos quiénes eran. Nos los encontramos completamente por casualidad», recuerda Ji Zhao.

El recuerdo de aquel encuentro improvisado permanece intacto: «Se pusieron a tocar para nosotros, a improvisar. Todo el mundo acabó llorando sin entender una sola palabra. Y eso nos inspiró a hacer algo, a crear una película sobre esa música tan maravillosa y tan valiosa».

El objetivo era claro: «Quería llevar esa música a una pantalla más grande, que más gente la conociera. Incluso en la China continental casi nadie sabe quiénes son».

Dos perspectivas, un mismo latido

La trama de Tana explora la compleja relación entre un padre músico y su hija, que sueña con seguir sus pasos artísticos pese a las reticencias paternas. Esa dualidad refleja también la forma en que trabajan ambos cineastas.

«Llevamos más de diez años trabajando juntos», explica Ji Zhao. «La película trata sobre un padre y una hija. Ella aporta la perspectiva de la hija. Pero también es madre. Yo también tengo una hija, así que aporto el punto de vista del padre».

Ke Er Zhu interviene para resumir esa complicidad creativa: «Trabajamos juntos y decidimos todo juntos, igual que ocurre en la película».

Sin embargo, es ella quien define el verdadero corazón emocional de la obra y la particular forma de expresar los sentimientos en muchas familias asiáticas. Preguntada por su escena favorita, responde sin dudarlo: «Mi momento favorito es cuando Tana está junto al río Huangpu, en Shanghái. Su padre ama profundamente la música. Yo he sabido muchas cosas de mi padre por otras personas, pero él nunca me las dijo directamente».

Y añade una reflexión que resume el conflicto generacional y cultural de la película: «En las familias asiáticas no solemos decir "te quiero". Todo se expresa a través de los pequeños gestos».

Una declaración que contrasta con la expresividad más habitual en Occidente y convierte a Tana en un retrato de gran sensibilidad sobre las relaciones familiares.

La magia de lo onírico y la evolución de la animación china

La película está repleta de secuencias oníricas, fantasías visuales en las que la música dicta las imágenes. Ji Zhao lo explica como una experiencia casi universal.

«Cuando escuchas una canción, aparecen imágenes en tu cabeza. No hace falta entender la letra ni el idioma; puedes sentir la melodía y dejarte llevar por ella».

Para el director, la animación es el único lenguaje capaz de representar esa abstracción.

«Intento transformar la música que imagino en imágenes. Esa es una de las cosas que solo puede hacer la animación, porque permite mostrar aquello que no existe en la realidad».

Esta madurez artística no ha surgido de la nada. Ji Zhao recuerda cómo era la industria hace apenas dos décadas.

«Hace unos veinte años nadie veía películas de animación chinas. Ni siquiera existían largometrajes de animación producidos en nuestro país. Cuando les dije a mis padres que quería dedicarme a la animación, me respondieron que eso era algo para niños».

Hoy el panorama ha cambiado de forma radical, impulsado principalmente por el mercado más que por ayudas públicas específicas.

«No existen apoyos concretos para la animación. Además, especialmente la animación en 3D, es muy cara. Por eso todo depende en gran medida de la respuesta del mercado».

El verdadero motor del cambio, asegura, ha sido una nueva generación de espectadores y creadores.

«Los jóvenes me dicen que crecieron viendo White Snake y que esa película les inspiró para dedicarse a la animación. Saber que esta generación está empezando a crecer viendo historias basadas en nuestra propia cultura es algo muy importante para nosotros».

Antes de despedirse, Ji Zhao lanza un último alegato en defensa de las salas de cine.

«La razón por la que sigo haciendo películas es porque amo este medio. Amo la experiencia de la sala de cine. Por eso, cuando hacemos una película, queremos que el público tenga la mejor experiencia posible dentro del cine. Ponemos muchísimo esfuerzo en conseguirlo».

Un esfuerzo que, sin duda, ha dado sus frutos. Tana no solo se ve: se escucha, se siente y, sobre todo, permanece en la memoria.


Foto: Noelia Vela.

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