ANNECY 2026. Crítica | Chimney Town: Frozen in Time

 


Tras la desaparición de Poupelle, el pequeño Lubicchi se adentra en un extraño mundo gobernado por un gigantesco reloj detenido a las 11:59. Su misión consiste en volver a poner en marcha el tiempo y recuperar la esperanza para regresar a casa, en una aventura fantástica que convierte el duelo y la pérdida en un viaje de crecimiento personal.

Sin embargo, más allá de su premisa melancólica, Chimney Town: Frozen in Time que se presenta en Annecy 2026, es una película que rara vez se permite caer en la tristeza. Incluso cuando aborda temas tan delicados como la ausencia, la espera o el miedo a perder a quienes queremos, el relato siempre encuentra una salida luminosa. El optimismo es su principal motor narrativo y, en ocasiones, también su mayor limitación.

La historia está construida desde una mirada profundamente infantil. Lubicchi es un niño pobre, ingenuo y perseverante que jamás deja de creer en sus sueños. Su capacidad para imaginar, construir amigos imposibles y seguir adelante incluso cuando todo parece perdido convierte la película en una oda a la imaginación y a la esperanza. Hay una sensación constante de aventura, casi de exploración, donde cada obstáculo es una oportunidad para descubrir criaturas fantásticas, paisajes imposibles o nuevos compañeros de viaje.

Ese tono recuerda a las grandes aventuras juveniles donde el peligro nunca resulta verdaderamente amenazante. El espectador tiene la impresión de que todo puede complicarse, pero el filme nunca abandona su voluntad de transmitir un mensaje positivo. Es una obra deliberadamente "buenista", convencida de que la bondad, la amistad y la perseverancia terminan imponiéndose a cualquier adversidad.

Precisamente ahí reside una de sus debilidades. La película apenas deja espacio para la ambigüedad emocional y, cuando parece que la historia puede explorar zonas más oscuras o complejas, prefiere regresar rápidamente a un terreno seguro y esperanzador. Esa decisión puede resultar excesivamente complaciente para un público adulto, que quizá eche en falta un conflicto emocional más profundo o una mayor sensación de riesgo.

No obstante, ese mismo enfoque encaja perfectamente con el público infantil al que parece dirigirse. Para los espectadores más jóvenes, el mensaje funciona con enorme eficacia: nunca dejar de creer, seguir avanzando y confiar en que incluso el tiempo detenido puede volver a ponerse en marcha. La película convierte la fantasía en un refugio emocional antes que en un espacio para el drama.

Si hay un aspecto verdaderamente extraordinario es su apartado visual. Studio 4°C vuelve a demostrar una enorme personalidad estética mediante una combinación casi invisible entre ilustración bidimensional y modelado tridimensional. En reposo, los personajes parecen dibujos planos sacados directamente de un libro ilustrado; sin embargo, cuando comienzan a moverse, el volumen emerge con una naturalidad sorprendente.

El efecto resulta especialmente fascinante en Lubicchi. Su cabello, formado por mechones puntiagudos que recuerdan ligeramente al diseño de El Principito, revela toda su construcción tridimensional cuando gira la cabeza o corre por los escenarios. Cada punta del pelo cobra profundidad, cada movimiento hace aflorar un modelado que permanece oculto en los planos estáticos. No es un 3D exhibicionista, sino un recurso extremadamente elegante que florece únicamente cuando la animación lo necesita.

Esa integración entre 2D y 3D convierte la película en un espectáculo visual constante. Los fondos pintados, las luces suaves y las texturas digitales crean un universo que parece una ilustración en movimiento, mientras que la animación aporta una fluidez difícil de encontrar en otras producciones japonesas recientes. Más que impresionar por su tecnología, impresiona por la delicadeza con la que la oculta.

Chimney Town: Frozen in Time quizá no alcance una gran profundidad dramática y a veces peque de un optimismo excesivo, pero su sinceridad, su imaginación desbordante y, sobre todo, su extraordinario trabajo visual la convierten en una experiencia muy agradable. Es una película que mira el mundo con los ojos de un niño y que prefiere la esperanza a la desesperación, la aventura al pesimismo y la fantasía a la dureza de la realidad. Puede resultar demasiado luminosa para algunos espectadores, pero precisamente esa luz es la esencia que define toda la propuesta.

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