ANNECY 2026. Canción de noche: Karla Castañeda, la magia del stop-motion y el dolor que se transforma en mariposas en Annecy
Para los que amamos el cine, y en particular la animación, hay verdades que duelen pero que son innegables: la animación no es un pasatiempo. Es una obsesión. Es encerrarte en la oscuridad durante años para que, en una sala a oscuras, alguien más pueda ver la luz. Y si hay alguien que encarna esta devoción casi monástica, esa es la realizadora tapatía Karla Castañeda.
Tras pasar por la sección La Danza de la Muerte en ediciones pasadas, Karla ha dado el salto definitivo: su tercer cortometraje, Canción de noche, ha sido seleccionado para la Competencia Oficial del Festival de Annecy, la meca mundial de la animación. Nueve minutos de metraje que son, en realidad, dos años de vida, sudor, tierra roja y pura magia artesanal.
La poesía visual de la pérdida
Para entender la magnitud de Canción de noche, hay que sumergirse en su universo. Un niño vive en el bosque con su madre, rodeados de magia. Ella toca la tuba y de su música nacen mariposas. Él quiere ser como ella, pero su magia aún no despierta.
Sin embargo, la paz es interrumpida. Unos cuervos depredadores, obsesionados con esa luz, buscan destruirla. La madre le explica con mímica al pequeño que la magia se hace con el corazón. Y justo entonces, los cuervos van por el corazón de ella.
El niño corre a rescatarlo, pero el golpe de realidad (y de fantasía oscura) es devastador: descubre que el de su madre es solo un corazón más entre cientos. Quiere venganza, pero en un giro emocional que te destroza y te recompone, elige perdonar. Al final lo abandona todo: su tierra, su casa, sus objetos. Parece que todo está perdido… hasta que la magia de su madre emerge desde él. En un paisaje imaginario, encontramos al niño cargando a su madre en una barca, tocando la tuba y haciendo brotar mariposas.
Canción de noche muestra el frágil equilibrio entre el dolor y el arte, y cómo la pérdida y la aceptación nutren nuestras más íntimas canciones.
El exilio y la maldad: una metáfora sin filtros
Detrás de esta fábula visual late una realidad social que Karla, tras incursionar en el periodismo de investigación, decidió traducir al lenguaje de la fantasía. La historia habla de ese exilio involuntario que azota al norte de México: padres que tienen que cruzar la frontera buscando el pan de cada día, dejando a las madres y a los hijos solos en tierras áridas.
"Los niños cuervos son esa maldad externa que acecha un hogar lleno de música", explica Karla. "Es la tragedia que irrumpe en la cotidianidad. El niño emprende un viaje, descubre que no es el único que ha perdido a su madre, y frente a la tragedia, decide tomar el camino más difícil y hermoso: el perdón".
Es una catarsis. Al igual que en su primer corto, Jacinta (dedicado a su abuela), Karla usa la arcilla y el stop-motion para procesar el duelo, la ausencia y la resiliencia.
Serrucho, tierra roja y oscuridad: el verdadero making of
Si hay algo que nos vuelve locos a los cinéfilos es conocer el "detrás de cámaras" de las obras independientes, y el de Canción de noche es de antología. Para empaparse de la esencia de su historia, Karla no se quedó en la comodidad de la ciudad. Terminando la pandemia, se mudó a un pequeño y hermoso pueblo en Zacatecas. Allí, rodeada de naturaleza, montó su estudio.
"Todo el arte me lo tuve que levantar yo", nos cuenta entre risas. "Me iba al cerro con mi serrucho a cortar los manzanillos para los escenarios. Cargaba costales con la tierra roja típica de Zacatecas, me llenaba de alergia, se me acababa la batería de la cámara...".
El resultado es un trabajo de orfebrería realizado por un equipo de solo cuatro personas (los animadores Luis Téllez y Oriel Chan, la escultora Nicolé Soria y la propia Karla). Cuatro personas trabajando en un cuarto oscuro, sin ventanas, como si fueran mineros, para regalarnos dos años de vida condensados en nueve minutos de pantalla.
Un "Dream Team" internacional y el sello Del Toro
Aunque el corazón del corto es 100% artesanal y mexicano, el talento que lo rodea es de primer nivel mundial. La banda sonora fue compuesta por el maestro español Fernando Velázquez (Un monstruo viene a verme, Lo imposible), y los créditos corren a cargo de la legendaria animadora portuguesa Regina Pessoa, un sueño largamente acariciado por Karla. En la postproducción, el apoyo de Compadre 3 y Mister X.
Y es que el ojo de Guillermo del Toro ya había puesto su mira en ella. Karla formó parte del departamento de arte de Pinocho, trabajando desde Guadalajara en las secuencias más oscuras (los conejos y la muerte). Hoy, ese vínculo sigue vivo: Karla está coescribiendo un largometraje con el maestro tapatío y trabajando en El Gigante Enterrado, la nueva película de Del Toro.
El legado de Annecy
Estar en Annecy, codeándose con leyendas vivas de la animación como Koji Yamamura, es la confirmación de que el cine de animación mexicano está en un momento dorado. Tras el éxito de Frankelda y el surgimiento de nuevas escuelas, los cortometrajistas que empezaron a pulir su técnica en la oscuridad de sus cuartos, ahora están listos para el largometraje.
Mientras el mundo descubre Canción de noche en Francia, Karla ya alista su ruta para que el público mexicano pueda sentir su magia en festivales como Morelia y Guadalajara.
La próxima vez que veas una mariposa en la pantalla, o escuches el lejano sonido de una tuba, recuerda que detrás de esa magia hay alguien que cargó costales de tierra, se llenó de alergias y vivió en la oscuridad para que nosotros pudiéramos ver la luz. Y eso, queridos lectores, es lo que nos hace amar tanto el cine.
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