KVIFF 2026. Carmiña Martínez reivindica en Karlovy Vary el cine como memoria frente al olvido
Para Carmiña Martínez, el mayor logro de Cinco años, cuatro meses no se mide únicamente por su presencia en la competencia oficial del Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary. La actriz colombiana considera que el verdadero valor de la película reside en su capacidad para llevar a la pantalla una realidad que durante años permaneció silenciada: el drama de las desapariciones forzadas y la búsqueda incansable de las madres de las víctimas.
"Esta película permite mostrar una problemática que durante mucho tiempo se quiso mantener escondida y de la que no se podía hablar. Que el cine pueda contarle esto al mundo también es una forma de liberación", afirma tras el estreno mundial de la cinta.
La recepción del público europeo confirmó, a su juicio, que esa historia trasciende el contexto colombiano. Al finalizar la proyección, Martínez quedó impresionada al ver la sala llena y por la reacción de los espectadores. "Cuando me giré y vi la sala completamente llena pensé: 'Qué maravilla, tanta gente viendo nuestra película'". Más tarde, durante el encuentro con el público, muchos asistentes le transmitieron que habían vivido el recorrido de las protagonistas como si fuera propio y que compartían su deseo de que encontraran a sus hijos.
La actriz explica que ese silencio durante la proyección fue una de las respuestas más elocuentes que podía recibir. Acostumbrada al teatro, donde la reacción del público es inmediata, reconoce que el cine establece otro tipo de diálogo. "En el teatro la energía es inmediata, está ocurriendo aquí y ahora. En el cine el trabajo ya está hecho, pero el silencio del espectador también habla. Ese silencio te dice que la película está conectando."
Gran parte de esa sensibilidad nace de una trayectoria marcada por el teatro. Martínez estudió Artes Escénicas en Bogotá y durante 26 años integró el Teatro La Candelaria, compañía fundada por Santiago García y considerada uno de los grandes referentes del teatro latinoamericano.
"Ese proceso hacía que todos participáramos en la construcción de la obra. Los actores también escribíamos, creábamos personajes, resolvíamos aspectos técnicos y aprendíamos cada parte del montaje. Era una escuela de teatro y también una escuela de vida", recuerda.
Para preparar su personaje en Cinco años, cuatro meses, la actriz escuchó los testimonios de madres de Soacha cuyos hijos fueron víctimas de los llamados "falsos positivos". La experiencia, asegura, fue profundamente impactante.
"Escuchar sus historias fue muy duro. No era una sola madre, eran muchas. Uno quisiera poder hacer algo. La pérdida de un hijo es un dolor que nunca sana."
Interpretar ese sufrimiento también tuvo un coste emocional. Martínez explica que los actores deben involucrarse plenamente en el personaje, pero también aprender a dejarlo atrás una vez termina el rodaje.
"Hay que hacer una limpieza espiritual y corporal. Si no, todos esos personajes se van acumulando y pueden terminar afectándote."
La actriz insiste en que la desaparición forzada no es un fenómeno exclusivo de Colombia. Recuerda que otros países latinoamericanos también han vivido tragedias similares. "También ocurrió en Argentina, en México y en muchos otros lugares. Es un problema que atraviesa a muchas sociedades."
Además de reflexionar sobre la memoria, Martínez aprovechó su paso por Karlovy Vary para defender el papel de la cultura. Ante la posibilidad de que disminuya el respaldo institucional al sector, lanzó un mensaje claro.
"Mi llamado al nuevo gobierno es que no deje de lado la cultura. La cultura hace parte del ser humano y necesita respaldo para seguir existiendo."
Aun así, observa con optimismo el presente del cine y del teatro colombiano, impulsados por una nueva generación de creadores que, en su opinión, continúa el legado de grupos históricos como La Candelaria.
Mientras combina la interpretación con la docencia en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital, sigue esperando nuevos desafíos interpretativos. Le gustaría dar vida a personajes del teatro clásico y trabajar algún día con directores españoles y mexicanos. "No se deja de soñar", concluye.
Su paso por Karlovy Vary confirma precisamente eso: que el cine puede convertirse en un lugar de encuentro entre la memoria, la reflexión y el público, incluso cuando las historias que cuenta nacen de algunas de las heridas más profundas de América Latina.
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