KVIFF 2026. Crítica: Incinerator (Shokyakuro) – La belleza dormida de la infancia
Una película que exige paciencia, incluso cuando la paciencia se agota
Shuntaro Uchida, el cineasta detrás del celebrado documental Portrait, Pelican: 74 Years of Japanese Tradition, regresa con Incinerator (Shokyakuro), su nuevo largometraje que tiene su estreno mundial en el prestigioso Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary. Producida por Que Lindo y Neopa —los mismos sellos que respaldaron obras maestras recientes de Ryusuke Hamaguchi como La ruleta del destino y la fantasía y El mal no existe— la película se presenta como un retrato delicado y tierno de una niña de diez años que descubre el primer amor y el mundo que la rodea.
Sin embargo, bajo esa promesa de sensibilidad se esconde una obra que pondrá a prueba incluso al espectador más contemplativo.
El silencio como protagonista
Basada en un relato corto de Kaori Ekuni, la película adapta una historia que, según confiesa el propio Uchida en su declaración de intenciones, captura el mundo a través de la mirada de una niña de diez años, dejando "un espacio silencioso de lo que queda sin decir". El director construye su guion desde esa premisa: los miedos infantiles (la piscina del verano, los exámenes de música, las inyecciones), los primeros atisbos de emoción hacia otra persona, y la conciencia incipiente de la muerte. Todo ello filtrado por la pequeña sociedad que constituye la familia.
Es una propuesta honesta y profundamente personal. Uchida evoca recuerdos de su propia infancia —jugar con la luz y la sombra en una habitación oscura, transformar la silueta de sus manos en un pájaro que vuela por el techo— y traslada esas imágenes efímeras al lenguaje cinematográfico con una devoción casi religiosa.
El problema, para muchos espectadores, será que esa devoción se traduce en una parsimonia extrema.
Una cámara que apenas respira
Los movimientos de cámara en Incinerator son, sin exageración, extremadamente lentos. Los travellings avanzan con la velocidad de una hoja cayendo; los planos fijos se prolongan hasta que el espectador comienza a contar mentalmente los segundos. Uchida prioriza una calma casi monástica al grabar, buscando capturar esos "momentos fugaces que aparecen silenciosamente entre la luz y la sombra" de los que habla en su statement.
Desde un punto de vista técnico, la elección es coherente y respetable. La fotografía es precisa, la composición cuidada, y hay encuadres que bien podrían colgarse en un museo. Pero la coherencia estética no siempre se traduce en engagement narrativo, y aquí la película flirtea peligrosamente con la inercia.
El sonido de las chicharras como banda sonora
Donde Incinerator encuentra su identidad más definida es en la banda sonora, o mejor dicho, en la ausencia deliberada de música convencional. Uchida prioriza los sonidos naturales: el murmullo constante del río, el canto ensordecedor de las chicharras de verano, el crujido de la grava bajo los pies, el viento entre las hojas. Es un trabajo sonoro meticuloso que busca sumergir al espectador en la atmósfera sensorial de la infancia japonesa.
El resultado, no obstante, es un ambiente que —hay que decirlo con franqueza— resulta profundamente aburrido durante buena parte del metraje. Las escenas se suceden con una lentitud hipnótica que, en lugar de invitar a la contemplación, a menudo empuja al sopor. La película exige una entrega total del espectador, y no siempre recompensa esa entrega con la intensidad emocional que uno esperaría de una historia sobre el despertar afectivo.
La cultura de la calma extrema
Sería injusto, sin embargo, juzgar Incinerator únicamente desde los parámetros del cine occidental contemporáneo, acostumbrado a ritmos más dinámicos y a una narrativa que avanza con propósito visible. La película debe entenderse dentro de una tradición cultural japonesa que eleva la quietud a categoría estética: el concepto de ma (間), el espacio vacío cargado de significado; el mono no aware, la melancolía dulce ante lo efímero; la herencia del cine de Yasujirō Ozu, Hirokazu Kore-eda y, más recientemente, el propio Hamaguchi.
Incinerator es una película admirable en sus intenciones y frustrante en su ejecución. Uchida demuestra un ojo sensible para los detalles de la infancia y una valentía formal al negarse a complacer al espectador con concesiones rítmicas. Los amantes del cine lento, contemplativo y profundamente japonés encontrarán aquí momentos de belleza genuina. El resto, probablemente, consultará el reloj más de una vez.
Como retrato de una niña descubriendo el mundo, la película es delicada y sincera. Como experiencia cinematográfica, exige un pacto de paciencia que no todos estarán dispuestos a firmar. Tal vez esa sea, en el fondo, la lección más japonesa de todas: la belleza no se persigue, se espera.

Comentarios
Publicar un comentario