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Crítica: Un completo desconocido

 


Por David Sánchez

La película Un completo desconocido, dirigida por James Mangold y protagonizada por Timothée Chalamet como Bob Dylan, es otro ejemplo de la preocupante sequía creativa que asola a Hollywood. Esta producción, que aborda el controvertido momento en el que Dylan electrificó el Festival de Folk de Newport en 1965, se queda a medio camino entre el homenaje y la reconstrucción histórica, pero falla en transmitir alma o autenticidad.

Hay que reconocer que el diseño de producción es impecable. La recreación de los años 60 y 70 está tan lograda que uno puede sentir que está viendo un documental de época. Los detalles en la vestimenta, los escenarios y la atmósfera musical son un verdadero festín visual. Sin embargo, este despliegue técnico es insuficiente para salvar el resto de la película, que naufraga en aspectos más cruciales como la interpretación, el guion y el desarrollo de los personajes.

El principal problema de Un completo desconocido reside en su protagonista. Chalamet, pese a su probada versatilidad actoral, no logra capturar la esencia de Bob Dylan. Su actuación se siente forzada, superficial y carente de la profundidad emocional que el papel exige. En lugar de ver a Dylan, vemos a "Chalamet interpretando a Dylan", con gestos copiados de vídeos de archivo pero sin el magnetismo que convirtió al músico en un icono. El resultado es una interpretación fría e impersonal que rompe cualquier intento de inmersión por parte del espectador.

Este defecto es comparable al fiasco que supuso la representación de Enzo Ferrari en otra reciente biopic, en donde uno no podía dejar de mirar la falsa frente de plástico de Adam Driver, siendo imposible creerse que era Enzo Ferrari. Al igual que ocurrió en aquella cinta, aquí nunca dejamos de ser conscientes de que estamos viendo a un actor en lugar del personaje real. Chalamet, con su pelo rizado y sus intentos de imitar el porte de Dylan, simplemente no convence.

La falta de profundidad no se limita al protagonista; afecta también a las relaciones entre los personajes. Las conexiones emocionales parecen surgir de la nada, sin desarrollo ni matices. La dinámica entre Dylan y el resto de los personajes, incluidos los interpretados por Edward Norton y el elenco secundario, se siente artificial. Esto es especialmente evidente en la escena del concierto en Newport, donde la reacción del público está presentada de manera simplista y caricaturesca: un bloque homogéneo de detractores contra los que Dylan debe luchar heroicamente. Este enfoque reduce un momento histórico complejo a una banal narrativa de "ellos contra nosotros".

El filme es otro ejemplo del agotamiento creativo de Hollywood, que parece obsesionado con producir biopics de figuras musicales icónicas. Desde Elton John y Freddie Mercury hasta Bob Dylan, estas películas a menudo priorizan la nostalgia y el espectáculo por encima de contar historias verdaderamente innovadoras o emocionales. La película de Mangold no ofrece nada nuevo al género, y su intento de explorar un capítulo clave en la carrera de Dylan se siente más como un trámite que como un proyecto apasionado. Aquí vemos la diferencia de querer ser creativo, o directamente ir a por el cheque. Un ejemplo de creatividad es Yesterday de Danny Boyle quien hace un homenaje entretenido a los Beatles. 

Aunque visualmente impecable, la obra fracasa donde más importa: en conectar emocionalmente con el público. La actuación de Chalamet es decepcionante para todos menos para Adrien Brody que en su casi asegurado Oscar con el Brutalist, tiene un competidor menos (aunque en realidad en Chalamet nunca hubo uno), las relaciones entre los personajes son superficiales, y la narrativa simplifica en exceso un momento histórico fascinante. 

Opinión: 2,7/5

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