VENECIA 2026. Crítica: What Belongs to Others
Hay películas que parecen llegar a la pantalla con el entrecejo ya fruncido. What Belongs to Others (Cudze rzeczy), segundo largometraje del polaco Grzegorz Dębowski, pertenece decididamente a esa categoría. Es una película de personajes que parecen vivir con una preocupación permanente, incluso cuando no ocurre nada especialmente grave. Y quizá ahí esté su mayor virtud, pero también su principal problema.
La protagonista, Kasia, se dedica a entrar en pisos ajenos junto a su novio para robar. Durante uno de esos golpes encuentra el cadáver de un hombre que se ha suicidado. Poco después, su novio es detenido y ella, sola, regresa al piso del muerto. Lo que comienza como una oportunidad para conseguir dinero se transforma poco a poco en una investigación personal: Kasia empieza a reconstruir quién era aquel hombre, qué relaciones tenía y qué vida dejó atrás. Incluso llega a fingir que ambos fueron pareja.
La idea tiene bastante jugo. Dębowski convierte a una ladrona en una especie de detective, pero en lugar de investigar un crimen investiga una vida. El misterio no consiste tanto en descubrir qué ocurrió, sino en descubrir quién fue esa persona que ya no puede responder. Y, de paso, Kasia acaba descubriendo una posibilidad de vida para ella misma.
Formalmente, sin embargo, What Belongs to Others juega una carta muy reconocible. Es cine polaco hasta la médula, entendido en ese sentido de cine del Este en el que parece existir una tensión invisible permanentemente instalada en la habitación. Los personajes miran como si acabaran de recibir una mala noticia que nosotros todavía desconocemos. Y la protagonista está casi siempre con frente fruncida. La expresión facial parece formar parte de la dirección artística.
La cámara acompaña esa sensación con movimientos largos y tranquilos. Cuando Kasia mira hacia un lugar, la cámara gira para mostrarnos aquello que está mirando y después regresa a su rostro. Hay pocos cortes innecesarios, poca voluntad de acelerar el relato y ninguna preocupación excesiva por la comodidad del espectador. Es una puesta en escena que prefiere dejar que las cosas respiren, aunque a veces uno sospeche que podrían respirar un poco menos.
La interpretación de Monika Kwiatkowska funciona bien, especialmente porque consigue mantener a Kasia en esa zona entre la curiosidad, la soledad y la impostura. Pero también es verdad que conocemos de sobra ese tipo de interpretación contenida, grave, casi permanentemente al borde de la revelación. Es inevitable pensar en cierta tradición polaca y, especialmente, en Krzysztof Kieślowski, desde Blanco hasta buena parte de su cine de miradas, silencios y personajes atrapados en situaciones morales que parecen pesarles físicamente sobre los hombros.
También se puede establecer una conexión con Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, de la húngara Lili Horvát: otra película en la que la realidad y la identidad se convierten en terrenos inestables y donde la protagonista parece vivir dentro de una interrogación permanente. La diferencia es que Horvát utiliza esa incertidumbre para construir un misterio psicológico más juguetón, mientras Dębowski se inclina hacia un drama social y emocional más reconocible.
Y conviene seguirle la pista a Dębowski. El director, nacido en Varsovia en 1987 y formado en la Escuela de Cine de Łódź, ya había llamado la atención con Tyle co nic (Next to Nothing), su debut de 2023, una película que consiguió numerosos premios en Polonia. Entre ellos están el premio a mejor debut o segunda película y el premio de guion en Gdynia, además del Orzeł al descubrimiento del año por su dirección y el FIPRESCI en Off Camera.
Ahora What Belongs to Others da un paso internacional importante: tuvo su presentación mundial en el Festival de Venecia 2026, dentro de la sección Orizzonti, donde se estrenó oficialmente el 10 de septiembre.
El resultado es una película interesante, seria y bastante segura de sí misma. Quizá demasiado segura de ese gesto grave que parece obligatorio en cierto cine centroeuropeo. Pero detrás de tanta mirada severa hay una idea bonita: a veces necesitamos inventarnos una historia para volver a sentirnos humanos. Y Dębowski, con cadáver incluido, intenta demostrar que incluso una mentira puede convertirse, contra todo pronóstico, en una forma de acercamiento.

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