VENECIA 2026. Crítica Salón de belleza.
En Salón de belleza, Nathalia Acevedo se acerca al universo de Mario Bellatín desde un lugar poco complaciente y todavía menos comercial. La película, presentada en Venice Giornate degli Autori, propone una experiencia antes que una narración convencional: un salón de belleza convertido en espacio de tránsito, un protagonista que habla desde una voz en off de acento peculiar y una sucesión de imágenes que buscan establecer una relación entre la belleza, la muerte y la marginalidad.
La premisa tiene posibilidades. El protagonista tuvo en otro tiempo un salón de belleza y ahora ese espacio parece transformarse en una suerte de hospital para hombres rechazados por la sociedad, incluidos sicarios y personas vinculadas a la violencia. Entre los recuerdos del antiguo negocio y el presente se cuelan los peces de colores, la enfermedad, la muerte y una sensación constante de que todo está a punto de desaparecer. La película intenta que esos elementos dialoguen entre sí: la belleza de los peces, su fragilidad, la muerte de los animales y la de los hombres.
Es una idea potente, y probablemente la novela Salón de belleza, de Mario Bellatín, encuentra ahí una de sus claves. El problema es que Acevedo parece confiar tanto en la capacidad de sus imágenes para transmitir esa relación que acaba dejando al espectador prácticamente solo ante ellas.
Hay momentos en los que la película encuentra imágenes realmente sugerentes. El agujero de una pared por el que la cámara descubre la playa, por ejemplo, tiene algo extraño y hermoso. También hay otras escenas cotidianas, como el protagonista comprando por la calle, que consiguen crear una atmósfera particular. Acevedo demuestra que sabe mirar y que tiene una sensibilidad visual muy definida. El problema es que una buena imagen no siempre conduce a otra buena imagen, y aquí la película parece avanzar a base de acumulación.
Porque Salón de belleza es, sobre todo, una película de imágenes. Imágenes que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer sin que siempre exista una conexión suficientemente clara entre ellas. Los recuerdos del protagonista, su antiguo salón de belleza, su relación con otros hombres, el presente del hospital improvisado y esa constante presencia de la muerte construyen un universo deliberadamente ambiguo. Pero una cosa es ser ambiguo y otra no ofrecer al espectador ningún punto de apoyo.
La película tampoco busca demasiado la interacción entre personajes.El belga Sam Louwyck sostiene prácticamente todo el peso de la función y se defiende bien en un papel deliberadamente contenido, solitario y enigmático. Hay flashbacks en los que lo vemos en una época aparentemente más feliz, relacionada con su antiguo salón, y también algunos momentos que permiten intuir su homosexualidad y su vida afectiva. Sin embargo, esa dimensión queda más sugerida que desarrollada. El protagonista parece vivir permanentemente aislado, incluso cuando está rodeado de otras personas.
Y ahí aparece otra de las peculiaridades de la película: su condición de objeto cinematográfico difícil de clasificar. No es exactamente un drama, tampoco un relato fantástico en sentido estricto y mucho menos una película narrativa tradicional. Es más bien una pieza conceptual que utiliza los códigos del cine para hablar de la belleza y la muerte sin querer explicar demasiado qué significa cada cosa. Eso puede resultar estimulante para algunos espectadores y tremendamente frustrante para otros.
La película exige, por tanto, cierta predisposición. Conviene saber antes de entrar que no vamos a encontrarnos con una historia que avance de manera clara, con conflictos perfectamente definidos y personajes que expliquen sus motivaciones. Aquí el tiempo se diluye, los recuerdos se mezclan con el presente y las situaciones parecen funcionar como pequeñas piezas de un rompecabezas que nunca termina de completarse.
El problema es que, cuando llegan los créditos, queda la sensación de que el rompecabezas quizá ni siquiera tenía intención de completarse. Salón de belleza plantea muchas ideas, pero pocas terminan de convertirse en algo que el espectador pueda llevarse consigo. Uno entiende lo que la película quiere poner en relación —la belleza y la muerte, la vida y la exclusión, el cuerpo y su desaparición—, pero cuesta encontrar una conclusión, una emoción o incluso una revelación que justifique todo el recorrido.
También es una película que puede resultar aburrida. Y decirlo no tiene por qué ser necesariamente negativo: existen películas que utilizan deliberadamente el aburrimiento, la repetición y la quietud como herramientas. Aquí, sin embargo, la lentitud no siempre parece producir una experiencia especialmente reveladora. Más que hipnotizar, en algunos momentos simplemente deja al espectador esperando a que ocurra algo que quizá nunca llegará.
Acevedo tiene, eso sí, una mirada propia. Hay una voluntad estética evidente y algunas imágenes permanecen en la memoria. Sam Louwyck consigue mantener la película a flote con una presencia contenida y extraña. Pero la película parece más interesada en construir un estado de ánimo que en conseguir que ese estado de ánimo nos diga algo.
Salón de belleza es, en definitiva, una propuesta radicalmente alejada del cine comercial y probablemente funciona mejor si se acepta desde el principio como una experiencia conceptual. Quien busque una historia encontrará poco; quien entre dispuesto a dejarse llevar por las imágenes quizá encuentre algo más. En mi caso, entre peces, salones de belleza, recuerdos y muerte, la película acaba dejando una impresión tan difusa como sus propias imágenes: interesante en sus intenciones, irregular en su ejecución y, sobre todo, difícil de recordar más allá de algunas escenas concretas.

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