VENECIA 2026. Crítica: On Minute to Midnight

Hay películas que convierten la conversación en cine y consiguen que una mirada, una pausa o una frase aparentemente banal contengan más tensión que una persecución. Y hay otras que confunden esa misma apuesta por el diálogo con profundidad. ‘On Minute to Midnight’, dirigida por Nicolas Pariser, pertenece, por desgracia, a la segunda categoría. Formalmente es una película impecablemente construida, interpretada con solvencia y presentada con el tipo de elegancia que puede hacer pensar que estamos ante una obra destinada a dejar huella. El problema es que, una vez dentro, cuesta encontrar algo que justifique sus 108 minutos.

Un protagonista que sostiene la película

Sébastien Chassagne sostiene buena parte de la película con una presencia que merece atención. Su Léo, un hombre de 49 años que se enfrenta a la muerte de un padre biológico al que nunca conoció y a la ruptura de su relación. La película lo lleva de París a Italia, pasando por encuentros con personas de su pasado, su hija activista y distintas relaciones con mujeres. Sin embargo, la acumulación de conversaciones termina sustituyendo al conflicto en lugar de desarrollarlo.

El eterno ping-pong

Ese es el principal problema de ‘On Minute to Midnight’: su estructura de ping-pong. Uno habla, el otro responde; uno plantea una cuestión, el otro contesta; aparece una revelación y abre otra conversación. Frente a Rohmer, donde una conversación podía revelar un mundo entero, aquí los diálogos prolongan una historia que se agota aún demasiado pronto.

El mecanismo se repite hasta convertir lo que debería ser una exploración de la identidad, la familia, la memoria y las relaciones sentimentales en una sucesión de diálogos que parecen existir más para llenar tiempo que para hacerlo avanzar.

París ya lo hemos visto

Y lo más frustrante es que la película tiene escenarios y elementos suficientes para haber construido algo mucho más interesante. La primera parte, ambientada en París, utiliza la ciudad casi como un decorado emocional: paseos, parques, encuentros casuales, interiores donde los personajes conversan durante largos minutos. Son imágenes agradables, pero familiares hasta la extenuación. El cine europeo contemporáneo lleva décadas utilizando a dos personajes caminando por París mientras hablan de sus vidas como si una fotografía cuidada pudiera convertirla automáticamente en cine de autor.

Cuando la historia se traslada a Italia, la película introduce otro paisaje y la dimensión familiar de la herencia y la hermana. Pero el cambio geográfico no modifica realmente el lenguaje de la película. Cambia el escenario; permanece el ping-pong. La conversación sigue siendo el motor y, al mismo tiempo, el freno.

Entre lo contemplativo y lo estático

Hay una diferencia importante entre una película pausada y una película estática. ‘On Minute to Midnight’ parece querer situarse en la primera categoría, pero con demasiada frecuencia cae en la segunda. El cine contemplativo puede ser hipnótico cuando cada silencio pesa, los espacios cuentan algo y los personajes evolucionan. Aquí, en cambio, las pausas generan la impresión de que estamos esperando a que ocurra algo que nunca termina de ocurrir.

Incluso sus tiempos muertos parecen sospechosos. Da la sensación de que determinadas escenas han sido estiradas para alcanzar una duración que la historia no necesita. Los 108 minutos terminan sintiéndose como una meta en sí misma. Y es inevitable pensar que, si el montaje hubiera eliminado algunas conversaciones y rodeos, la película habría ganado ritmo sin perder ninguna de sus supuestas capas de profundidad. Al contrario: quizá habría descubierto que tenía algo que decir precisamente cuando dejaba de explicarlo todo.

¿Demasiado para la competición?

Por eso sorprende su presencia en la competición oficial del Festival de Venecia. No porque una película tenga que ser convencional para merecer estar allí, ni porque el cine de conversación no tenga cabida en una sección oficial. Al contrario: Venecia ha demostrado muchas veces que puede acoger propuestas pequeñas e incómodas. El problema es que ‘On Minute to Midnight’ parece más adecuada para Orizzonti que para la sección principal.

Buenas intenciones, escaso resultado

Y quizá ahí está la mayor decepción. Se percibe la película que Pariser quería hacer: un retrato europeo de un hombre enfrentado a su pasado, a la familia que nunca tuvo y a las relaciones que no sabe cómo sostener. Hay material para una historia íntima y melancólica, incluso para una reflexión sobre la identidad. Pero las intenciones pesan más que los resultados.

‘On Minute to Midnight’ está bien hecha. Tiene buenos actores, escenarios atractivos y una puesta en escena controlada. Pero el cine no vive únicamente de estar bien hecho. También necesita ritmo, tensión, descubrimiento y una razón para seguir mirando. Aquí, después de escuchar una conversación, llega otra; después de otro paseo, otra conversación. Y cuando aparecen los créditos finales queda una sensación difícil de ignorar: hemos pasado 108 minutos esperando que la película empezara a contar algo que, en realidad, llevaba demasiado tiempo intentando contar.

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