VENECIA 2026. Crítica: Children of the Monkey
Hay películas que hablan del cansancio y películas que consiguen que el espectador se canse con ellas. Children of the Monkey, la ópera prima de Tommaso Landucci presentada en la sección Orizzonti del Festival de Venecia, pertenece claramente a la segunda categoría. Es un drama familiar sobre la paternidad, la discapacidad, el deseo y la culpa, pero también es, por encima de todo, una película sobre el agotamiento. Y Landucci parece decidido a que ese agotamiento no sea solamente el de su protagonista: quiere que lo sintamos nosotros.
Una paternidad que pesa
Dario, interpretado por Riccardo Scamarcio, es padre de un niño con una discapacidad severa. Junto a su mujer, su vida está organizada alrededor de las necesidades de su hijo: alimentarlo, lavarlo, vestirlo, llevarlo a rehabilitación, acompañarlo. No hay grandes discursos sobre el sacrificio. Simplemente están ahí las tareas, una detrás de otra, día tras día. El problema es que Dario empieza a descubrir que puede existir otra forma de ejercer la paternidad cuando está con su sobrino adolescente, Giacomo.
Y ahí aparece la verdadera incomodidad de la película.
Dario quiere a su hijo. No parece haber ninguna duda sobre eso. Lo cuida, está pendiente de él y asume sus responsabilidades. Pero también está cansado. Y probablemente hay una parte de él que hubiera deseado que las cosas fueran diferentes. No necesariamente porque quisiera otro hijo, sino porque le hubiera gustado poder compartir con el suyo determinadas experiencias que sencillamente no puede compartir. Con el sobrino puede montar en bicicleta, hablar, enseñarle cosas, acompañarlo a descubrir el mundo. Puede sentirse, por momentos, como el padre que imaginaba que sería.
La película funciona especialmente bien porque no convierte ese sentimiento en una cuestión sencilla de buenos y malos. Dario no deja de querer a su hijo porque encuentre placer en estar con otro chico. Pero tampoco puede fingir que esa relación no está revelando algo que preferiría no mirar. Es una contradicción profundamente humana: amar a una persona y, al mismo tiempo, echar de menos la vida que imaginabas que tendrías con ella.
Landucci tiene el mérito de no juzgar inmediatamente a su protagonista. Tampoco le concede una absolución. Lo observa. Y esa mirada resulta mucho más incómoda que cualquier sermón.
El espectador también se cansa
El problema es que esa misma voluntad de observarlo todo con calma puede convertirse en el principal obstáculo de la película. Children of the Monkey es extremadamente lenta. No lenta en el sentido habitual de un cine contemplativo que utiliza el silencio para construir tensión, sino hasta el punto de que algunas escenas parecen querer desafiar la paciencia del espectador. Hay momentos en los que la cámara permanece sobre una acción cotidiana mucho más tiempo del que esperaríamos. Por ejemplo, cuando se están friendo unos ajos, la película mantiene el plano sobre ellos con una insistencia casi cómica, como si en cualquier momento los ajos fueran a empezar a bailar o a saltar de la sartén.
Y, sin embargo, esa lentitud tiene una lógica.
El sopor que produce la película termina siendo prácticamente el mismo sopor que experimenta Dario. Esa repetición de tareas, esa sensación de que cada día se parece al anterior, ese cansancio físico y emocional que no necesita explicarse porque está en los gestos, acaba trasladándose al espectador. Es una apuesta arriesgada y no siempre funciona, pero tiene coherencia con aquello que quiere contar.
Un cine pequeño con Scamarcio al frente
También contribuye a ello la imagen. La película está rodada en un formato 4:3, casi cuadrado, que encierra a los personajes y reduce el espacio alrededor de ellos. Además, está rodada en película, lo que aporta una textura particularmente física y artesanal. No parece una elección puramente estética: el encuadre estrecho mantiene a Dario atrapado dentro de su propio mundo. El resultado tiene ese sabor de cine independiente, de película pequeña y personal que prefiere los gestos a los grandes movimientos de cámara.
En ese dispositivo encuentra un aliado fundamental Riccardo Scamarcio. Es un actor muy conocido en Italia y en el cine europeo, con una trayectoria que incluye trabajos con Costa-Gavras —Eden à l’Ouest—, Abel Ferrara, Sorrentino o Özpetek, entre muchos otros. Aquí sorprende precisamente porque renuncia a cualquier exhibición. Trabaja desde la mirada, la postura y el silencio. Su Dario parece estar permanentemente al borde de decir algo que finalmente decide callarse.
Y quizá ahí esté una de las mayores virtudes de la película: haber conseguido que un actor de la dimensión de Scamarcio se preste a un proyecto tan pequeño, tan contenido y tan alejado de cualquier intención de convertirse en un vehículo convencional para una estrella. Su presencia da peso a una película que, formalmente, apuesta por la sencillez y por un cierto sabor artesanal.
Una película que hay que degustar con calma
El resultado es una película pequeña, independiente y deliberadamente incómoda. Su mensaje quizá no sea revolucionario, y algunas tramas secundarias quedan algo desdibujadas, pero hay honestidad en la manera de abordar algo que pocas veces se dice en voz alta: que querer profundamente a un hijo no elimina el cansancio, la frustración ni el deseo secreto de haber vivido otra clase de paternidad.
Children of the Monkey es, en definitiva, una película que hay que degustar con calma. Con mucha calma. Quizá demasiada para algunos espectadores. Pero cuando uno entra en su ritmo, entiende que esa lentitud no es solamente una decisión formal: es la película convirtiendo el cansancio de Dario en una experiencia para quien está sentado en la butaca. Y ahí, precisamente, es donde Landucci consigue que su película deje de ser solamente una historia sobre un padre agotado para convertirse también en una película que hace sentir ese agotamiento.

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