Torrente Presidente, en un día consigue mas expectadores que el 95% de las películas españolas en un año.

 


La noticia de que Torrente Presidente haya logrado en un solo día unos 300.000 espectadores y 2,4 millones de euros no es solo un éxito puntual: es también un síntoma muy claro de cómo funciona hoy el cine español. Si lo miramos con perspectiva, el dato resulta casi paradójico. En todo 2025 solo nueve películas españolas superaron a lo largo de todo su recorrido en cines los 2,4 millones de euros o los 300.000 espectadores —(Padre no hay más que uno 5, El cautivo, Wolfgang (Extraordinario), Los domingos, La cena, El casoplón, Un funeral de locos, Sin cobertura, Sirat (Trance en el desierto))— mientras que esta comedia lo ha conseguido en apenas 24 horas. Eso significa que, en términos de público, una sola jornada de una película comercial ha superado el resultado anual de más de doscientas producciones estrenadas ese mismo año.

Sin marketing, ni fotos, ni cartel, ni nada, el logro resulta aún más increíble, aunque nos obliga a hacer un cartel propio para poder presentar la noticia: un cartel completamente ficticio, pero mejor que la nada que ofrece el equipo de Torrente Presidente.

El contraste entre dos cines

España produce o estrena cada año más de 200 películas nacionales. Sin embargo, el mercado está extraordinariamente concentrado:

  • unas pocas comedias comerciales o títulos muy populares concentran la mayoría del público;

  • mientras que decenas o incluso más de un centenar de películas pasan prácticamente desapercibidas para el espectador medio.

Ahí aparece el contraste. Por un lado están fenómenos populares como Padre no hay más que uno, algunas comedias familiares o ahora Torrente Presidente, que conectan directamente con el público masivo. Por otro, existe un amplio conjunto de películas más cercanas al cine de autor, festivalero o de tesis, que pueden ser valiosas desde el punto de vista artístico pero que raramente movilizan grandes audiencias.

¿Por qué Torrente conecta?

El caso de Torrente no es casual. La saga creada por Santiago Segura siempre ha entendido algo básico del entretenimiento:

  • habla el lenguaje del público,

  • usa humor reconocible,

  • incorpora referencias culturales populares,

  • y se vende como evento colectivo, no como producto cultural minoritario.

Además, pertenece a una tradición de comedia popular española que va desde el cine de Berlanga o Pajares y Esteso hasta las comedias contemporáneas. Es un cine que no pretende dar lecciones ni explicar el mundo, sino simplemente divertir.

El problema de la desconexión

Aquí aparece la crítica más incómoda. Si más de 200 películas se estrenan en un año y solo nueve consiguen superar 300.000 espectadores, el problema no puede reducirse únicamente al marketing o a las salas. Probablemente hay también una brecha creciente entre parte del cine que se produce y el público que debería verlo.

Una parte del cine español contemporáneo parece pensada más para festivales, jurados o circuitos culturales que para espectadores reales. Son películas que a menudo se presentan como necesarias, importantes o moralmente edificantes, pero que no generan deseo de ser vistas.

El resultado es un círculo vicioso:

  • películas concebidas para festivales →

  • escasa asistencia en salas →

  • sensación de que el público “no entiende” ese cine.

Pero quizá la pregunta debería ser la contraria: ¿hasta qué punto ese cine se esfuerza en entender al público?

Torrente como termómetro

Por eso el éxito inmediato de Torrente Presidente funciona como un pequeño terremoto en la industria. No porque sea una obra maestra —ni pretende serlo—, sino porque demuestra algo muy simple: cuando una película conecta con el imaginario popular, el público aparece de inmediato.

En apenas un día, la película ha alcanzado cifras que la gran mayoría del cine español no logra en todo su recorrido comercial. No es solo un éxito de taquilla; es también un recordatorio incómodo para parte de la industria: el público existe, pero hay que querer hablar con él.

Y quizá esa sea la verdadera cuestión de fondo:
España no tiene un problema de espectadores, sino de películas que consigan que esos espectadores quieran ir al cine.

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