Lila Avilés vuelve con su segundo film, tras «La camarista» de 2018. En esta ocasión nos encontramos una mirada más tenebre, oscura, sobre la vida y la confrontación de los miembros de una familia ante los acontecimientos relacionados con la salud que van a sufrir.
Tona es un padre de familia, artista, con una enfermdad terminal. Celebrar su cumpleaños significa algo más, es también una despedida.
A lo largo del día, y dentro de una casa, las secuencias van pasando delante de la cámara. Y es que, aquí la estaticidad es parte del dinamismo. El espectador se siente espectador, no parte, de la historia, observando como los distintos personajes muestran su rechazo o aceptación de la realidad.
Unas imágenes de personajes que se hacercan a la cámara, sin dejar