
Nino, de Pauline
Loquès, presentada mundialmente en el Festival de Toronto
(TIFF 2024) y ahora en la 70ª Semana Internacional de Cine de
Valladolid (Seminci) dentro de la sección Punto de Encuentro
del festival Español, es una película que sorprende
precisamente porque no intenta sorprender. A partir de una premisa
que podría dar pie al sentimentalismo —un joven que acaba de ser
diagnosticado con cáncer—, Loquès construye un relato íntimo,
lúcido y profundamente humano. Es una de esas películas que no
buscan provocar lágrimas, sino acompañar al espectador en un
proceso emocional que, sin grandes golpes de efecto, deja una huella
duradera.
Desde el primer plano queda claro
que Loquès no está interesada en el drama médico ni en el retrato
del sufrimiento físico. Lo que le importa es la negación, el
desconcierto y el silencio que siguen a una noticia que desordena
toda una vida. La historia se desarrolla a lo largo de cuatro días,
de viernes a lunes, el tiempo justo para que el protagonista
—interpretado por un espléndido Théodore Pellerin—
empiece a entender que algo en su mundo ha cambiado aunque él se
niegue a aceptarlo. Es un tiempo breve, pero suficiente para captar
lo esencial: cómo se mueve alguien que no sabe aún si está enfermo
del cuerpo o del miedo.
Pellerin ofrece una
interpretación extraordinaria, una de las más contenidas y precisas
vistas este año en la Seminci. Su Nino es un joven
aparentemente tranquilo, casi imperturbable, pero bajo esa calma hay
una tensión continua. No hay explosiones ni lágrimas, solo una
manera de moverse, de mirar, de callar. En cada gesto se adivina el
esfuerzo de alguien que intenta mantener el control mientras todo se
tambalea. El actor evita cualquier gesto de victimismo y convierte el
silencio en su principal herramienta expresiva. Su rostro, casi
siempre serio, funciona como un espejo en el que el espectador
proyecta sus propias emociones.
Loquès tiene una enorme
habilidad para meter la cámara dentro de la cabeza del personaje
sin recurrir a la voz en off ni a explicaciones subrayadas. La puesta
en escena es limpia, precisa, muy física. La cámara lo sigue de
cerca, casi respirando con él, pero nunca lo invade. La directora
confía plenamente en los espacios, en la luz natural y en los
pequeños detalles: una conversación incómoda al despedir a sus
compañeros de trabajo tras la fiesta de cumpleaños o una mirada que
dura un segundo más de lo habitual a la salida del baño de un bar
lo que le hace hablar con su compañera del colegio. Todo contribuye
a construir un retrato que, por su sencillez, resulta profundamente
veraz.
El guion es otro de los grandes
aciertos de la película. Evita el dramatismo y las frases solemnes.
En su lugar, opta por un tono ligero, incluso irónico en algunos
momentos, que hace que la historia avance con naturalidad. El cáncer
nunca se convierte en el centro de la narración, sino en un ruido de
fondo que altera la forma de mirar del protagonista. Lo que realmente
importa son las personas que lo rodean y cómo cada una de ellas le
obliga, sin quererlo, a confrontarse con su propia negación.
A lo largo del fin de semana que
abarca la historia, Nino se encuentra con su madre —una mujer que
ha rehecho su vida con otro hombre—, con compañeros de trabajo y
con amigos que lo tratan con normalidad al no saber aún la noticia.
En esas relaciones se reflejan distintos modos de enfrentar la
enfermedad y, sobre todo, distintas formas de comunicarse. La
película acierta al mostrar cómo el miedo a decir la verdad o a
“molestar” puede ser más dañino que la propia enfermedad.
Loquès aborda este tema con una sutileza admirable: nadie grita,
nadie se derrumba, pero todos cargan con algo que no saben expresar.
Lo más interesante de Nino
es su capacidad para emocionar sin recurrir a lo obvio. Loquès
demuestra que la contención no está reñida con la emoción, y que
el cine íntimo puede ser igual de poderoso que el épico. Hay
escenas que parecen no avanzar, pero en su aparente quietud esconden
todo el movimiento interior del personaje. Todo parece estar medido,
pero sin rigidez. La película fluye con la misma calma que su
protagonista, y esa coherencia entre forma y fondo es una de sus
mayores virtudes.
Visualmente, la película es
impecable. La fotografía apuesta por los tonos suaves y la luz
natural, blanca de las películas realizadas en París, lo que
refuerza la idea de normalidad y cotidianidad. No hay oscuridad ni
dramatismo visual, sino una claridad casi terapéutica. El montaje es
preciso y mantiene el equilibrio entre el silencio y la palabra. Nada
sobra, nada falta. Se nota que Loquès sabe exactamente qué quiere
contar y cómo hacerlo.
Nino es, en definitiva,
una película sobre la dificultad de aceptar lo inevitable y
sobre la necesidad de aprender a decir las cosas sin miedo. Pero
también es una historia sobre el pudor emocional, sobre ese impulso
tan humano de no querer incomodar, incluso cuando uno está al borde
del abismo. La directora aborda estos temas con una serenidad que se
agradece. No busca grandes frases ni gestos heroicos. Prefiere la
intimidad, el detalle, el silencio. Y en ese silencio,
paradójicamente, es donde la película más habla.
La directora demuestra con Nino
una madurez narrativa sorprendente. En tiempos de exceso, su apuesta
por la mesura se convierte casi en un acto político. Porque Nino
no grita, pero llega. Llega con suavidad, sin empujar, sin imponer.
Llega porque habla de todos: de la dificultad de aceptar, de la
torpeza de comunicarse, del miedo a ser una carga. Y lo hace sin
manipular al espectador, con una transparencia poco común en el cine
contemporáneo.
En la Seminci 2025, Nino
se confirma como una de las obras más sinceras y equilibradas del
año. No pretende ser trascendente, pero lo es. No busca el impacto,
pero deja marca. Pauline Loquès firma una película discreta y
necesaria, que recuerda que a veces lo más valiente es no
dramatizar.
Opinión: 4/5