
De nuevo en una de las mejores
secciones del festival de Seminci, en Valladolid (España), tenemos
un nuevo título con el nombre propio del protagonista (comparte
sección con “Nino”). Siendo sinceros, este título no invita
demasiado —“Kika” suena a comedia ligera o a algún derivado
posmoderno del cine de Almodóvar—, la sorpresa llega pronto: lo
que encontramos es una de las películas más inteligentes, sutiles y
emocionalmente feroces del cine belga reciente. Alexe Poukine, de
origen francés pero afincada en Bélgica, después de su trayectoria
documentalista en Dormir, dormir dans les pierres o Lo que
no te mata, demuestra que su mirada sobre la realidad es tan
aguda como compasiva. Aquí, por fin, se atreve a dar el salto a la
ficción total sin perder su tono de observación antropológica.
La película sigue a Kika
—interpretada por una hipnótica Manon Clavel, a medio
camino entre la fragilidad y la lucidez—, una joven que entra en el
mundo de la prostitución sin dramatismos, sin grandes discursos de
víctima ni redenciones impostadas. Lo que hace Poukine es desmontar
el prejuicio desde la cotidianidad, con una naturalidad desarmante:
Kika pregunta, experimenta, se equivoca, y sobre todo, decide. Su
cuerpo, su elección. Y en ese gesto tan simple y tan radical, el
filme encuentra su centro: la libertad.
Clavel brilla con un tipo de
interpretación que parece no actuar. Sus silencios pesan tanto como
sus sonrisas incómodas. No hay artificio, ni erotismo complaciente,
ni miseria estética: hay humanidad. En una escena especialmente
incómoda, Kika pregunta si una prostituta le pasaría sus clientes,
sin darse cuenta que eso sería como robar los clientes; en otra, se
muestra fascinada por los fetiches ajenos con una curiosidad casi
científica, la colección de bragas usadas. Poukine nunca juzga:
observa.
Lo fascinante es cómo la
directora combina ese tono documental con una dirección visual
precisa, íntima, casi táctil. Los espacios son fríos pero vivos;
los cuerpos, imperfectos pero reales. Poukine sigue explorando las
zonas grises del deseo, la culpa y la autonomía, pero aquí lo hace
con un humor soterrado, una ironía que, lejos de suavizar el tema,
lo hace más humano.
“Kika” es una película que
incomoda y acaricia a la vez. No busca escandalizar ni moralizar.
Habla de una mujer que experimenta el poder y la vulnerabilidad de
poseerse a sí misma. Un retrato de la prostitución alejado de todo
cliché, donde el sexo es menos importante que la conciencia.
Y sí, el título puede sonar a
broma. Pero una vez dentro, el espectador entiende que Kika no
es una palabra ligera: es una declaración. De independencia, de
cuerpo, de identidad. Con humor, con inteligencia, con dulzura. Una
película que confirma que el cine belga vive uno de sus momentos más
inspirados.
Opinión: 4,2/5