
El
cortometraje Una
Torreta En Llamas,
del cineasta jalisciense Humberto Flores Jauregui, aterriza en el
Festival
Internacional de Cine de Huesca 2025
(6-14 de junio, España) con una narrativa vibrante y cargada de
simbolismo. Competiendo en la sección de cortos iberoamericanos,
esta obra cuenta la intensa historia de dos campesinas que, en medio
de un conflicto, rescatan a un soldado herido, enfrentándose al
dilema de confiar en él. Una niña, la chispa de la historia, nos
recuerda que «la inocencia y la bondad siempre serán más
fuertes que el miedo», en palabras de Flores Jauregui.
Nacido
en Guadalajara pero forjado en la turbulenta Nuevo Laredo,
Tamaulipas, Flores Jauregui lleva las cicatrices de un México
marcado por la inseguridad. «Viví una infancia feliz, pero la
violencia que nos rodeaba me impactó profundamente», confiesa.
Su experiencia en una ciudad fronteriza, antes de que se volviera
«una de las más violentas del mundo», da vida a Una
Torreta En Llamas.
La historia, aunque ficticia, refleja un entorno donde la
desconfianza es instinto de supervivencia. «Me fascina cómo los
niños interpretan la violencia desde su inocencia», explica,
destacando la mirada pura y compasiva de la protagonista. Planeado
inicialmente para rodarse en Jalisco, el proyecto se trasladó a
Veracruz tras un incidente inquietante: la productora Mónica Velasco
fue perseguida por camionetas durante un scouting. Este giro llevó a
un equipo mixto tapatío-veracruzano a enriquecer el corto con una
textura cultural única.
La
chispa de Una
Torreta En Llamas
surge de un recuerdo imborrable. «Vi una patrulla en llamas en
un viaje por Guanajuato, una imagen que nunca olvidé», cuenta
Flores Jauregui. Para él, esa visión simboliza «el fracaso
profundo del gobierno ante la inseguridad, tan imparable como el
fuego». Este núcleo emocional define el corto, que explora
dilemas morales en un mundo casi distópico. «Quise mostrar las
consecuencias de vivir en un entorno oscuro», dice, pero la
bondad de la niña protagonista ilumina un mensaje de esperanza.
Guadalajara,
cuna cinematográfica del director, jugó un papel clave en su
formación. «Crecí sabiendo que Guillermo del Toro vivía a
unas cuadras, alguien que lo logró», recuerda, lo que le mostró
que el cine no era un sueño imposible. El Festival Internacional de
Cine en Guadalajara (FICG), donde de niño veía películas, ahora lo
recibe como realizador, un hito que describe como «loquísimo».
En Huesca, donde su corto es uno de los pocos mexicanos en
competencia, Flores Jauregui espera que el público conecte con su
carga emocional. «Quiero que vean lo cinematográfico, lo
simbólico», afirma, invitando a trascender lo literal.
Una
Torreta En Llamas
dialoga con Cinco
de Junio
(2021), otro corto del director sobre la represión estudiantil.
Ambas obras exploran el impacto duradero de la violencia. «Los
hechos violentos son rápidos, pero sus ecos duran décadas»,
señala. Lo que las une es «la resiliencia profunda de México»,
donde la gente persevera en un entorno hostil.
Como
editor y postproductor, Flores Jauregui aporta una visión única.
«Acepté que nunca apago mi cerebro de editor», bromea, lo
que le permite planificar con precisión en el set. Su paso por el
Creator’s Lab de Apichatpong Weerasethakul en Yucatán fue
transformador. «Fue un salvavidas que me recordó por qué amo
el cine», admite, revitalizando su creatividad.
Ahora,
Flores Jauregui trabaja en Manuel
(o El Vacío),
su primer largometraje. «Un corto es un capítulo; una película,
el libro entero», reflexiona. Las lecciones de Una
Torreta En L Greenlamas
sobre planificación guiarán este proyecto sobre encontrar un lugar
en el mundo.
Con
Una
Torreta En Llamas,
Flores Jauregui lleva a Huesca un relato mexicano que resuena
universalmente, tejiendo confianza y resiliencia. Su talento, anclado
en Guadalajara, promete emocionar y dejar huella en el festival.