
Por David Sánchez
El
pasado 23 de noviembre, durante la ceremonia de clausura del Tallinn
Black Nights Film Festival (PÖFF), Nir Bergman fue galardonado con
el premio a Mejor Director por su obra Pink Lady. En el
evento estuvieron presentes tanto el director como la actriz
principal, Nur Fibak, quienes recibieron un merecido reconocimiento
por su sobresaliente trabajo en esta conmovedora película.
En Pink Lady, Bergman nos lleva al corazón de una
comunidad ultraortodoxa judía en Israel, presentando un relato
íntimo y audaz sobre los límites entre la religión, la sexualidad
y la familia. La historia de Lazer y Bati, una pareja con tres hijos,
aborda temas universales desde una perspectiva profundamente
cultural. Cuando Lazer es víctima de un chantaje debido a fotos
comprometedoras y confiesa su atracción hacia otro hombre, la
película explora cómo una familia enfrenta la tensión entre los
valores tradicionales y los deseos ocultos.
El filme recuerda a obras como Disobedience de
Sebastián Lelio, donde también se exploran los conflictos entre
el deseo y las rígidas normas religiosas, o incluso a Happy
Holidays de Scandar Copti, que retrata
las dinámicas de comunidades cerradas dentro de un contexto más
amplio como es la sociedad israelí. Aquí, sin embargo, Bergman no
juzga ni toma partido. En cambio, se limita a mostrar las
contradicciones, los sacrificios y las decisiones que los personajes
enfrentan, lo que la convierte en una obra profundamente humana y
universal.
Nur Fibak entrega una actuación llena de matices, interpretando a
Bati como una mujer fuerte y resistente que navega entre su fe, su
amor por su familia y la complejidad de aceptar una verdad que
desafía todo lo que conoce. Su interacción con Lazer, interpretado
por Uri Blufarb de forma brillante, aporta una carga emocional que
eleva la narrativa.
La dirección de Bergman es impecable. Utiliza el entorno
ultraortodoxo no solo como un marco cultural, sino también como un
personaje en sí mismo, lleno de normas, rituales y tradiciones que
estructuran la vida cotidiana. Detalles como las visitas al Muro de
las Lamentaciones, las estrictas reglas de pureza y las celebraciones
separadas por género enriquecen la narrativa y abren una ventana a
un mundo que para muchos espectadores puede resultar desconocido.
Si bien Pink Lady aborda temas que podrían generar
polémica, lo hace con sensibilidad y respeto, dejando espacio para
la reflexión sin imponer juicios. Más que una apología de la
libertad o la modernidad, la película es un retrato sincero de las
tensiones que existen cuando las reglas religiosas se entrelazan con
las emociones humanas, y todo esto cuando se vive en una sociedad
occidental que permite muchas más libertades.
Con un enfoque visual sobrio y una música sutil que acompaña las
emociones, Pink Lady se posiciona como una de las películas
más destacadas del año, y su premio a Mejor Director en el PÖFF es
un reconocimiento más que merecido.
Opinión: 3,7/5

