Mañana 15 de enero 2025 será un día decisivo para el mundo del cine español, no por el estreno de una nueva película de autor que revolucionará la taquilla, sino por el juicio contra «El Feo», el creador del canal de YouTube La Filmoteca Maldita, Antropología en las sombras y creador del festival de cortometrajes de la Filmoteca Maldita a nivel hispano. Este juicio no se trata solo de derechos de autor y plataformas digitales; es un espejo que refleja la hipocresía y las contradicciones de una industria que clama por el arte y la cultura, pero que, cuando se trata de su bolsillo, calla ante el capitalismo que tanto critica.
«El Feo» no es un gigante del entretenimiento ni un magnate de la distribución cinematográfica. Es, en esencia, un artesano digital, un guardián de la memoria fílmica que ha dedicado su tiempo a rescatar piezas de cine que de otro modo estarían condenadas al olvido. Películas de difícil acceso, joyas de la cinematografía mundial que no se encuentran en las grandes plataformas de streaming, han encontrado gracias a Zoowoman (detrás de este proyecto parece estar El Feo) un hogar temporal, una oportunidad de ser vistas y valoradas por una nueva generación de cinéfilos. Bueno, hasta el 2021, cuando la página fue cerrada y con formas peculiares, descritas por el propio creador de contenido en su canal, la policía le hizo entender que aquello le traería problemas.
Pero, ¿qué sucede cuando este noble esfuerzo choca con los intereses de los grandes productores? Aquí es donde entra en juego la denuncia por parte de Enrique Cerezo según esta noticia, quién está vinculado con FlixOlé, una plataforma de streaming que, irónicamente, pretende hacer lo mismo que «El Feo»: resucitar el cine español descatalogado. Sin embargo, la diferencia radica en el poder económico y en la hipocresía que se desata cuando el arte se convierte en negocio.
Los grandes nombres del cine español, tan proclives a hablar de la necesidad de subvenciones para el arte, de la importancia de la cultura por encima del beneficio económico, de la lucha contra el capitalismo salvaje, se han vuelto notablemente mudos ante este caso. ¿Dónde están las voces que tanto claman por una reforma en la industria, por una distribución justa del capital cultural? En este escenario, parece que el dinero y las relaciones de poder hablan más alto que cualquier discurso progresista.
La acusación contra «El Feo» viene de la mano de Enrique Cerezo, un nombre que resuena en el mundo del cine y el deporte español, dueño de Egeda y presidente del Atlético de Madrid. Este juicio no solo pone en el banquillo a un individuo, sino que cuestiona el corazón de la industria cinematográfica: ¿Es el arte un fin en sí mismo, o es solo un producto más para ser monetizado?
La hipocresía de esta situación es palpable. Mientras muchos en el sector del cine español han defendido causas globales, como el apoyo a Palestina o la crítica al sistema capitalista, en este caso, el silencio es ensordecedor. ¿Dónde están los discursos contra la explotación cuando es la explotación cultural en su propia casa? La realidad es que, cuando se trata de sus propios intereses, las grandes voces del cine parecen olvidar sus principios.
Mañana, en ese tribunal, no solo se juzgará a «El Feo» por compartir películas que, de otro modo, se perderían en el tiempo. Se juzgará también la integridad de una industria que habla de arte, pero que, en la práctica, se aferra a las viejas estructuras de poder y control.
Este juicio es un recordatorio de que la lucha por una cultura libre y accesible es compleja y llena de contradicciones, especialmente cuando se enfrenta a los intereses económicos de aquellos que, en teoría, deberían ser sus mayores defensores. En un mundo donde la cultura debería estar al servicio de todos, este caso revela que, a veces, la cultura es solo un negocio más que proteger.