
Si la opresión es el blanco y negro, la libertad, o al menos el sentimiento de libertad, es en color. Así nos retrata la presión religiosa que comenzaba a rampar en Turquía en 1996.
Doga Karakas interpreta extraordinariamente a Ahmet, un chaval con doble vida, secular en el colegio, y musulmana después, obligado por su padre a ser un buen musulman para no arder en el infierno.
El color como protagonista
Los primeros dos tercios del film están en blanco y negro, que refleja esa opresión de no poder hacer lo que realmente se quiere. La radicalización del país es una constante fuente de crítica en el colegio, donde se palpa el medio a la radicalización islámica del país.
Los continuos castigos, que pasan desde limpiar letrinas ha pegarse con los compañeros por no haber sido buen musulman, nos pintan una idea radical del islam, una idea desde el interior, vemos lo que hacen en estos Yurt, que son lugares donde estudian el corán y los musulmanes se convierten en mejores servidores de su Dios.
Relación entre dos chicos por definir
La relación con Hakan (Can Bartu Aslan) deja al espectador pensativo, sin saber bien qué tipo de relación tienen, si son solamente amigos o algo más. Descubrimos que esta misma duda rondan sus cabezas, cuando traspasan las barreras del cine convirtiendo la pantalla a una en color, de una forma parecida a como Xavier Dolan hizo con Mommy, cuando el protagonista agranda la pantalla con sus manos en un momento de euforia. Aquí vemos está clara referencia al cine de Canadiense, pero también hay sellos indiscutibles de la calidad de su director Nehir Tuna, cuando consigue transmitir la intimidad de la noche con la última conversación entre Hakan y Ahmet, donde podemos distinguir vagamente sus siluetas convirtiendo el ambiente en una especie de confesionario, donde la oscuridad nos permite ser partícipes de las confesiones que ahí se hicieron.
La actuación de Doga consigue transmitir esta idea de tormento constante, desde que se protege cuando le quieren pegar por pedir el nombre de un visitante en el Yurt, hasta el enfrentamiento con su violento padre. La sutilidad de los ángulos laterales, sin primeros planos de los ojos donde se vea su rabia, nos hace percibir mejor el odio que carcome al joven por la escena completa que estamos viendo. Una atmósfera opresiva que ya se pudieron ver en otras películas similares de adoctrinamiento religioso, como en «Rebel«, «The Shift» o «el Joven Ahmet»
Se agradece este grado de profundidad que nos da el director, quizás pueda llegar a cansar el hecho de ver la vida cotidiana dentro de un Yurt, pero para la gente no familiarizada con el Islam, nos ayuda a comprender un poco mejor la idiosincrasia de esta religión, la repercusión o repulsión que tuvo en el pais en esa época, y como ha evolucionado Turquía desde entonces a un país más musulman por motivos políticos.
Por su gran capacidad de la realidad turca de 1996, la magnífica actuación de Doga Karakas y por tener el valor de tratar un tema candente en el país turco, esta cinta se merece un puesto especial en la edición 80 del festival de Venecia y de la que oiremos hablar en otros festivales.
Opinión: 4/5

