
El director mexicano presenta «El jardín que soñamos» en la competición internacional del Festival de El Gouna, en Egipto. Tras su paso por Berlín, sus premios en Málaga y su presentación en Morelia, el cineasta reflexiona sobre la migración, la destrucción de los bosques, la financiación del cine latinoamericano, las oportunidades de coproducción con el mundo árabe y España, y las diferencias culturales entre los públicos que han visto su película.
El cineasta mexicano Joaquín del Paso llega a Egipto con una película que habla de desplazamiento, identidad, naturaleza y de la necesidad de encontrar un lugar al que llamar hogar. El jardín que soñamos participa en la competición internacional de largometrajes del Festival de Cine de El Gouna, cuya novena edición se celebra del 15 al 23 de octubre de 2026 en esta ciudad turística situada a orillas del mar Rojo, cerca de Hurghada. El certamen, creado en 2017, se ha consolidado como un punto de encuentro entre cineastas, productores, distribuidores e instituciones cinematográficas de Oriente Medio, África y otras regiones del mundo.
La película sigue a una familia haitiana que viaja hacia el norte del continente americano en busca de un futuro mejor y termina instalándose en un bosque del centro de México amenazado por la tala ilegal. Allí, mientras sus integrantes intentan reconstruir sus vidas, la migración de las mariposas monarca se convierte en un símbolo de esperanza y resistencia. La obra combina el drama de quienes buscan refugio con la destrucción ambiental y las dificultades para encontrar seguridad en un territorio desconocido.
El largometraje tuvo su estreno mundial en la sección Panorama de la Berlinale 2026 y posteriormente obtuvo tres importantes reconocimientos en el Festival de Málaga: la Biznaga de Oro a la mejor película iberoamericana y las Biznagas de Plata a la mejor dirección y fotografía, esta última para Gökhan Tiryaki. Tras su presentación en el Festival Internacional de Cine de Morelia, Del Paso ha viajado a Egipto y continuará su recorrido internacional en Yakarta, Indonesia.
En ese escenario, el director encuentra un espacio particularmente significativo para una obra que, aunque nace de la realidad mexicana, aborda cuestiones que también afectan a las sociedades árabes: la migración, la pérdida del territorio, la búsqueda de refugio y la fragilidad del medio ambiente. Durante esta entrevista realizada el 21 de octubre en El Gouna, el cineasta también habla abiertamente de las dificultades económicas del cine mexicano, critica la política cultural del expresidente Andrés Manuel López Obrador y expresa sus expectativas ante el Gobierno de Claudia Sheinbaum.
Una película mexicana que conecta con Egipto e Indonesia
Del Paso considera que la capacidad de su película para conectar con públicos alejados geográficamente constituye uno de sus principales valores. El director no cree que las diferencias culturales sean un obstáculo para comprender la historia, sino una oportunidad para que cada espectador encuentre en ella elementos relacionados con su propia realidad.
«La película habla de temas universales, que es básicamente la búsqueda de un hogar, la búsqueda de una pertenencia, de un refugio y la protección de la naturaleza. Creo que esos son temas importantísimos», explica. Su argumento parte de la convicción de que las experiencias humanas relacionadas con el desarraigo y la supervivencia atraviesan fronteras y pueden resultar igualmente reconocibles para espectadores mexicanos, egipcios o indonesios.
El cineasta establece conexiones concretas entre los problemas que aparecen en su obra y las circunstancias de los países que visita. «En Indonesia, por ejemplo, tienen problemas enormes de deforestación y ahora de incendios forestales. En Egipto, pues muchos temas con la migración, con mucha gente que se va de Egipto y, bueno, no se diga la región, que está en grandes problemas», señala, al explicar por qué considera que su película puede tener una lectura diferente en cada territorio.
Esta dimensión internacional no significa, sin embargo, que pretenda ofrecer un mensaje tranquilizador. Al contrario, Del Paso busca provocar una reacción emocional intensa que lleve al público a cuestionar su relación con el mundo y con quienes viven situaciones de vulnerabilidad. «Sale con el corazón muy contrariado, muy preocupado por el mundo en el que vivimos y esa preocupación me parece que se puede transformar en una necesidad de hacer un cambio o en una necesidad de tener empatía por el otro», afirma.
El director reconoce que su propuesta cinematográfica puede resultar incómoda. «Es una película que confronta mucho al espectador, lo pone en mucho estrés y ese estrés creo que se traduce después en cuidado y en interés por que la situación mejore». Para él, la experiencia cinematográfica no termina cuando aparecen los créditos, sino cuando las emociones provocadas por la película comienzan a traducirse en preguntas sobre la realidad.
Oriente Medio, una oportunidad para financiar el cine latinoamericano
La conversación se desarrolla en un espacio dedicado a CineGouna Funding, el programa de apoyo a proyectos cinematográficos vinculado al festival egipcio. La presencia de iniciativas de financiación en distintos países de Oriente Medio plantea una pregunta inevitable: ¿podrían los fondos de la región convertirse en una alternativa para los cineastas mexicanos que encuentran dificultades para conseguir recursos en su propio país?
Del Paso responde sin vacilar. «Me encantaría. Siento que toda la zona del Middle East es importantísima a nivel cinematográfico y además hay mucho dinero en la región y mucho interés por la cinematografía». El realizador reconoce que todavía no ha conseguido financiación procedente de estas instituciones, aunque conoce experiencias de otros profesionales mexicanos que sí han logrado beneficiarse de ellas.
«Yo no he tenido acceso a los fondos, aunque sé que compañeros mexicanos sí han tenido, sobre todo el fondo de Doha y sí, me gustaría», explica. La referencia al apoyo de Qatar, junto con iniciativas como el Red Sea Fund de Arabia Saudí, introduce una posibilidad de cooperación entre dos regiones que tradicionalmente han tenido circuitos cinematográficos diferentes.
Para Del Paso, la internacionalización no se limita a conseguir que una película sea seleccionada en festivales. También implica encontrar nuevos socios y mecanismos de financiación que permitan desarrollar proyectos fuera de los esquemas habituales. En ese sentido, su presencia en El Gouna representa una oportunidad para conocer una industria que está ampliando su influencia y sus vínculos con otras cinematografías, aunque el director no anuncia ningún acuerdo concreto ni una solicitud de financiación en curso.
De Berlín a Morelia: cómo cambia la percepción de una película
El recorrido internacional de El jardín que soñamos ha permitido a su director observar cómo evoluciona la recepción de la obra. Tras su estreno mundial en Berlín, en febrero, la película ha continuado circulando por distintos festivales, incluido Cinélatino de Toulouse, hasta llegar a Morelia y posteriormente a Egipto.
Según Del Paso, la primera reacción del público estuvo muy condicionada por la dureza de los temas abordados. Sin embargo, conforme la película ha comenzado a ser conocida y los espectadores han tenido acceso a información previa sobre su argumento, la atención se ha desplazado hacia sus características formales.
«La película, cuando sale, cuando es cien por cien nueva, la percepción era que la película era muy fuerte y que hablaba de temas importantes. Pero entre más van avanzando las proyecciones y la gente puede leer más sobre la película, creo que disfruta mucho más la forma cinematográfica», explica.
El director considera que el conocimiento previo del contenido facilita una experiencia diferente. «Ya no se atora con la temática porque ya sabe algo de la película, sino que ya la disfruta más como experiencia cinematográfica». Esta evolución resulta especialmente interesante para una obra que busca confrontar emocionalmente al espectador, pero que también aspira a ser valorada por su lenguaje cinematográfico.
Las diferencias entre los públicos mexicanos y franceses constituyen otro aspecto importante de su experiencia. Del Paso reconoce que la recepción no es idéntica, fundamentalmente por la relación que los espectadores mexicanos mantienen con los paisajes y símbolos naturales que aparecen en la historia.
«El público mexicano conecta mucho más porque la película además habla sobre la destrucción de nuestros bosques y sobre la mariposa monarca, que es como una especie emblemática de nuestro país. Entonces hay una conexión emocional mucho más fuerte», sostiene.
La mariposa monarca, vinculada a los ecosistemas forestales mexicanos, aporta una dimensión cultural que puede resultar más inmediata para el público nacional. En otros países, la identificación se produce a través de cuestiones más generales, como el desplazamiento humano, la búsqueda de seguridad o la destrucción ambiental.
Durante la entrevista también surge una precisión lingüística relacionada con los personajes de la película. Ante una pregunta sobre la presencia del francés, Del Paso aclara que la lengua que se escucha es criollo haitiano. «El criollo haitiano es una lengua por sí misma», puntualiza, rechazando que pueda considerarse simplemente una variante del francés.
«Las películas mexicanas no son buen negocio»: las dificultades de financiación
Aunque El jardín que soñamos ha conseguido recorrer festivales internacionales y recibir reconocimientos, su financiación no estuvo exenta de dificultades. El cineasta distingue claramente entre el acceso a los fondos públicos y la búsqueda de recursos adicionales procedentes de inversores privados.
«Fue relativamente sencillo conseguir el financiamiento oficial a través de los fondos, pero conseguir el financiamiento adicional fue muy complicado porque las películas mexicanas no son buen negocio, entonces la inversión privada no existe prácticamente», afirma.
La declaración refleja una de las principales dificultades que, según su experiencia, afrontan las producciones mexicanas independientes. El acceso a ayudas institucionales no garantiza necesariamente la financiación completa de una película y obliga a los realizadores a buscar recursos complementarios en un mercado donde la rentabilidad comercial condiciona las decisiones de inversión.
La conversación deriva hacia el caso de Guillermo del Toro, uno de los directores mexicanos que han conseguido desarrollar una trayectoria internacional dentro de la industria estadounidense. Del Paso reconoce que contar con nombres de gran repercusión o con vínculos con Hollywood puede facilitar la financiación, pero considera que esa situación está lejos de representar la realidad de la mayoría de los cineastas de su país.
«Si no te llamas Guillermo del Toro o trabajas con Estados Unidos o con actores muy famosos, muy difícil conseguir financiamiento privado», señala.
Sin embargo, cuando se le pregunta si aspira a seguir una trayectoria similar y terminar trabajando en Hollywood, su respuesta se aleja de lo que podría parecer el destino natural de un director mexicano con presencia en festivales internacionales.
«La verdad es que estoy muy cómodo en México y eventualmente me gustaría voltear hacia Europa, hacer una película en Europa, pero por el momento estoy en México, a Estados Unidos no me interesa», responde.
Su posición revela una preferencia por desarrollar proyectos dentro de su propia cinematografía y, eventualmente, establecer vínculos creativos con Europa. La industria estadounidense, pese a su proximidad geográfica y a su enorme capacidad económica, no aparece entre sus prioridades actuales.
España, un socio cinematográfico que atraviesa un gran momento
La posibilidad de trabajar en Europa lleva la conversación hacia España y las oportunidades de coproducción con México. Del Paso considera que el cine español atraviesa una etapa particularmente favorable, tanto por su actividad cinematográfica como por sus mecanismos de apoyo económico.
«España está en su mejor momento, en un gran momento cinematográfico, muchísimo apoyo, muchísimo financiamiento», afirma. El realizador considera que esta situación debería aprovecharse para fortalecer las relaciones entre las industrias de ambos países, aunque reconoce que los acuerdos internacionales pueden resultar complicados desde el punto de vista administrativo y de producción.
«Creo que es importantísimo concretar esas coproducciones entre México y España y a veces son complicadas por todos los requisitos que te piden de equipo y de locaciones y todo, pero definitivamente hay que intentarlo», sostiene.
Las exigencias de contratación de equipos, localizaciones y participación de profesionales de los países coproductores pueden dificultar el desarrollo de algunos proyectos. No obstante, Del Paso cree que las ventajas de trabajar conjuntamente justifican el esfuerzo necesario para superar esos obstáculos.
Sus palabras adquieren especial relevancia después de haber expresado su falta de interés por desarrollar una carrera en Estados Unidos. España y, de manera más amplia, Europa aparecen como territorios hacia los que podría orientar futuros proyectos sin abandonar su vinculación con el cine mexicano.
La política cultural mexicana: críticas a López Obrador y expectativas con Sheinbaum
Uno de los momentos más contundentes de la entrevista llega cuando la conversación aborda la política cinematográfica mexicana y el papel del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE). Del Paso observa diferencias entre el anterior Gobierno de Andrés Manuel López Obrador y la actual Administración de Claudia Sheinbaum, pese a que ambos pertenecen al mismo partido político.
El cineasta percibe en la etapa actual una mayor voluntad de reconocer el valor cultural del cine mexicano. «Siento que hay una narrativa de querer apoyar al cine mexicano como un bien, como un patrimonio cultural de nuestro país», explica, aunque advierte que los resultados de esta orientación no serán inmediatos y que cualquier transformación necesitará tiempo.
La valoración del Gobierno anterior es considerablemente más severa. Al preguntarle directamente por la diferencia entre ambos presidentes, Del Paso afirma: «Creo que con AMLO la cultura era un cero a la izquierda, o sea, el gobierno de AMLO no le importó nunca la cultura, esa es la realidad».
Se trata de una crítica explícita del director a la política cultural de López Obrador, que contrasta con sus expectativas respecto al Ejecutivo de Sheinbaum. Aunque los dos gobiernos comparten una misma formación política, Del Paso considera que existe una mayor sensibilidad hacia el sector cinematográfico en la actual Administración.
En su respuesta, el realizador alude al entorno de la presidenta y a lo que interpreta como un mayor interés por la cultura y el cine. No aporta, sin embargo, cifras ni medidas específicas que permitan evaluar el alcance de ese cambio. Su valoración positiva se sitúa todavía en el terreno de las expectativas y de las señales políticas, más que en un balance de resultados concretos.
La cuestión resulta especialmente significativa para un director que acaba de describir las dificultades económicas de las producciones independientes. Si el mercado privado apenas ofrece alternativas, las políticas públicas y la continuidad de los fondos institucionales adquieren un papel determinante en la supervivencia y el desarrollo del cine nacional.
El cine iraní y Abbas Kiarostami, entre sus referentes
La entrevista concluye regresando al contexto cinematográfico de Oriente Medio y a la relación de Del Paso con las cinematografías de la región. El director reconoce que acaba de llegar a Egipto: apenas lleva cinco o seis horas en El Gouna cuando se produce la conversación, por lo que todavía no ha tenido oportunidad de descubrir la programación local.
Preguntado por el cine egipcio, admite que no ha visto ninguna película del país durante su estancia y que en ese momento no consigue identificar a un cineasta egipcio que haya marcado especialmente su trayectoria. Sin embargo, al ampliar la pregunta hacia las cinematografías de Oriente Medio, menciona inmediatamente al iraní Abbas Kiarostami.
«El cine iraní es increíble, Abbas Kiarostami es un referente total del cine que me gusta», afirma.
La referencia a Kiarostami, uno de los grandes nombres del cine de autor iraní, permite cerrar una conversación en la que Del Paso ha defendido repetidamente la importancia de las cinematografías nacionales y de las historias capaces de trascender sus fronteras sin perder su identidad. Aunque el cine iraní pertenece a una tradición cultural diferente de la árabe, forma parte del amplio panorama cinematográfico de Oriente Medio que interesa al director.
Su paso por El Gouna forma parte de ese mismo recorrido. El jardín que soñamos llega a Egipto después de haber sido presentada ante espectadores europeos y mexicanos, y antes de viajar a Indonesia. El itinerario refleja la capacidad del circuito internacional de festivales para poner en contacto realidades culturales diferentes a través de historias que plantean problemas compartidos.
En un momento en que las industrias cinematográficas buscan nuevos mercados, fondos de financiación y acuerdos de coproducción, Del Paso mantiene una posición clara: quiere seguir haciendo cine desde México, sin renunciar a las posibilidades de colaboración internacional, especialmente con Europa y, potencialmente, con los países de Oriente Medio.
Su película aborda precisamente esa tensión entre pertenecer a un lugar y verse obligado a buscar otro. Una cuestión que, desde los bosques mexicanos hasta las sociedades de Oriente Medio o el sudeste asiático, continúa siendo una de las preocupaciones centrales del mundo contemporáneo.