Festival de Varsovia: ‘Lalka’, la superproducción de 20 millones de euros que ha devuelto a los polacos al cine

La costosa superproducción cinematográfica de Lalka triunfa en taquilla y devuelve masivamente al público polaco a las salas de cine. Desde el festival de cine de Varsovia.

El director Maciej Kawalski y el productor Radosław Drabik. Foto David Sánchez
El director Maciej Kawalski y el productor Radosław Drabik. Foto David Sánchez

El regreso de Marek Kondrat tras casi dos décadas alejado de la interpretación, un reparto que reúne a varias generaciones de estrellas y la reconstrucción de la Varsovia del siglo XIX convierten la adaptación de una de las novelas más importantes de Polonia en un acontecimiento cinematográfico. Su productor, Radosław Drabik, y su director, Maciej Kawalski, explican cómo nació un proyecto que ha conseguido atraer a las salas incluso a espectadores que llevaban diez años sin pisar un cine.

Varsovia. Todo comenzó con una ausencia. Durante la pandemia, cuando las salas de cine permanecían cerradas y las plataformas de streaming parecían haber conquistado definitivamente los hogares, el productor polaco Radosław Drabik empezó a imaginar una película que consiguiera algo cada vez más difícil: convencer a los espectadores de que merecía la pena abandonar el sofá y volver al cine.

No pensó en una historia pequeña. Su idea fue adaptar Lalka (La muñeca), de Bolesław Prus, una de las grandes novelas de la literatura polaca, con un presupuesto extraordinario para la industria nacional, decenas de actores de primera fila y una reconstrucción monumental de la Varsovia del siglo XIX. «Echaba muchísimo de menos la gran pantalla», recuerda Drabik durante una entrevista en la capital polaca. Su objetivo, explica, era hacer una película capaz de devolver al público a las salas.

El resultado es una superproducción dirigida por Maciej Kawalski que, según su productor, ha supuesto una inversión bruta de hasta unos 20 millones de euros y ha necesitado alrededor de 60 jornadas de rodaje. Estrenada en Polonia el pasado 30 de septiembre, la película superó el millón de espectadores en sus primeros diez días de exhibición. Durante la entrevista, Drabik sitúa la cifra en 1,4 millones de entradas vendidas después de 12 días.

El fenómeno coincide con el ambiente cinematográfico que vive la capital polaca en torno al Festival de Varsovia, aunque Lalka no forma parte de su competición. Drabik conoce bien el certamen: durante su anterior etapa profesional, vinculada al marketing, fue uno de sus patrocinadores durante aproximadamente nueve años. «Esta es mi ciudad. Este año no formo parte del Festival de Varsovia, pero soy un gran admirador», señala.

Su película, sin embargo, no nació pensando en festivales, premios ni alfombras rojas. La prioridad era mucho más concreta: recuperar al espectador polaco. Para conseguirlo, Drabik decidió reunir a algunos de los mejores profesionales del país alrededor de una historia que forma parte de su identidad cultural.

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Cartel de Lalka. Foto David Sánchez
Cartel de Lalka. Foto David Sánchez

El ‘Quijote’ de los polacos

Para un espectador español, el título Lalka puede resultar desconocido. En Polonia, sin embargo, la novela de Bolesław Prus ocupa un lugar comparable al de Don Quijote de la Mancha en España o Cien años de soledad en Colombia: es una de esas obras que forman parte de la identidad cultural de un país y que generaciones de estudiantes han conocido en las aulas.

Publicada por entregas entre 1887 y 1889, Lalka retrata una sociedad atrapada entre la tradición aristocrática y las transformaciones económicas del siglo XIX. Su protagonista, Stanisław Wokulski, es un comerciante que consigue enriquecerse y se enamora de Izabela Łęcka, una joven aristócrata perteneciente a una familia en decadencia. El dinero le permite acercarse a un mundo social al que no pertenece por nacimiento, pero no le garantiza el amor ni la aceptación que busca.

Detrás de esa relación se desarrolla una historia sobre las diferencias de clase, las apariencias, las ambiciones y la necesidad de reconocimiento. Kawalski, responsable de llevar la novela a la gran pantalla, cree que esos conflictos explican por qué una historia escrita hace casi 140 años puede conectar también con el público actual.

«Es una historia sobre la necesidad de pertenecer, sobre encontrar tu propio valor, sobre sentir que te falta algo y querer demostrar quién eres mediante algún logro externo», reflexiona el director. Para Kawalski, la película trasciende su contexto histórico: «Todos deseamos sentirnos completos».

Precisamente esa dimensión universal es la que, en su opinión, puede hacer que Lalka interese también a espectadores españoles, franceses, alemanes o estadounidenses que nunca hayan leído la novela.

Marek Kondrat, el regreso de una leyenda tras casi dos décadas de ausencia

Uno de los mayores desafíos de la producción fue reunir un reparto que estuviera a la altura de la importancia literaria de la obra. Marcin Dorociński, uno de los intérpretes polacos con mayor proyección internacional, encarna a Stanisław Wokulski. Kamila Urzędowska interpreta a Izabela Łęcka. Junto a ellos aparecen nombres tan reconocidos en Polonia como Agata Kulesza, Andrzej Seweryn, Krystyna Janda, Maja Komorowska, Maja Ostaszewska y Borys Szyc, entre otros.

Drabik asegura que consiguió reunir a unos 30 intérpretes destacados de tres generaciones diferentes. Algunas grandes estrellas, recuerda, aceptaron participar durante apenas uno o dos días de rodaje simplemente por formar parte del proyecto.

Pero había un actor cuya participación parecía especialmente improbable: Marek Kondrat. Una de las figuras más respetadas del cine polaco, Kondrat llevaba muchos años apartado de la interpretación. Drabik habla de 18 años de retiro, mientras que la distribuidora cifra en 16 los años transcurridos desde su anterior aparición en la gran pantalla. Su regreso para interpretar a Ignacy Rzecki, amigo y colaborador de Wokulski, se convirtió en uno de los grandes acontecimientos de la producción.

«Fue la guinda del pastel», afirma Drabik, que considera un honor haber conseguido su participación. El regreso resulta especialmente significativo porque Kondrat había decidido alejarse voluntariamente de una profesión a la que había dedicado buena parte de su vida.

Para Kawalski, dirigirlo junto a tantas figuras consagradas suponía una oportunidad extraordinaria, pero también un motivo de preocupación. «Fue un gran honor y una experiencia de alegría y gratitud», recuerda. El director admite que la convivencia de tantas personalidades podía resultar complicada. «Tuvimos algunos momentos de tensión, pero cada vez fue la película la que ganó».

Su papel consistió en mantener una dirección clara sin renunciar a la colaboración de los intérpretes. «Mi trabajo era principalmente recordar a todos hacia dónde queríamos ir y qué función debía cumplir cada escena».

El productor Radosław Drabik. Foto David Sánchez.
El productor Radosław Drabik. Foto David Sánchez.

Cerrar una calle y reconstruir el siglo XIX

La ambición del proyecto no se limitó al reparto. La producción decidió reconstruir una parte de la Varsovia del siglo XIX en las propias calles de la capital, en lugar de recurrir exclusivamente a decorados de estudio. Una de las operaciones más complejas fue la creación de la tienda de Wokulski, uno de los escenarios fundamentales de la novela.

Según Drabik, la propuesta surgió del director de fotografía Piotr Sobociński Jr., perteneciente a una conocida familia de profesionales del cine polaco. «Fue una idea bastante loca de nuestro director de fotografía», recuerda. La propuesta consistía en construir un edificio completo que permitiera rodar la tienda desde cualquier ángulo, en 360 grados.

La decisión obligó a coordinarse con las autoridades municipales, transformar establecimientos y alterar temporalmente la actividad de una de las zonas más representativas de Varsovia. «Cerramos cafeterías y galerías y las transformamos para recrear la Varsovia de finales del siglo XIX», explica.

Según el productor, la preparación de esos escenarios llevó unos dos meses y una de las principales calles permaneció cerrada durante dos semanas. «Decidimos hacerlo para crear ese mundo, no para rodarlo en un estudio».

El esfuerzo se extendió también al vestuario. La producción confeccionó cientos de prendas específicas para los personajes, con diseños de Katarzyna Lewińska y Tomasz Ossoliński. La escenografía estuvo a cargo de Katarzyna Sobańska, Marcel Sławiński y Anna Mocny, mientras que Łukasz Targosz compuso la música.

La inversión refleja la escala del proyecto. Drabik, que ha desarrollado buena parte de su carrera como productor independiente, explica que ha financiado sus películas mediante recursos propios, inversores privados y préstamos. En esta ocasión también contó con cierta colaboración institucional.

El director de Lalka Maciej Kawalski. Foto David Sánchez
El director de Lalka Maciej Kawalski. Foto David Sánchez

El médico que decidió cambiar el hospital por un plató

La historia personal de Maciej Kawalski tiene también algo de argumento cinematográfico. Antes de dedicarse plenamente al cine, estudió simultáneamente Medicina y Dirección Cinematográfica en Katowice, donde se encuentra la Escuela de Cine Krzysztof Kieślowski. Durante años compaginó ambas carreras, hasta que llegó el momento de escoger.

«Estudié las dos al mismo tiempo. Pero cuando terminé Medicina llegué a un punto en el que ya no podía seguir haciendo ambas cosas. Tenía que elegir una», recuerda.

La decisión estuvo relacionada con las sensaciones que le provocaba cada profesión. «Me di cuenta de que estar en el hospital me agotaba. Era una experiencia difícil. En cambio, pasar una noche en un rodaje me daba energía». Kawalski eligió el cine. «Seguí aquello que me daba energía en lugar de lo que me la quitaba».

El director considera que una película puede tener una influencia emocional que se prolongue durante años. «Como médico ayudas a personas, quizá a una docena al día, a cientos al mes o a miles al año. Pero creo que una buena película puede ser una experiencia que te acompañe durante toda la vida».

La reflexión adquiere un significado especial al recordar una anécdota que le ocurrió después del estreno de Lalka. Uno de sus antiguos profesores de Medicina nunca había aceptado del todo su decisión de abandonar la profesión. Creía que tenía talento para convertirse en médico y lamentaba que hubiera elegido otro camino.

Más de una década después, el profesor vio la película. «Nunca me perdonó que dejara Medicina porque veía potencial en mí», cuenta Kawalski. Al día siguiente, el antiguo docente le hizo llegar un mensaje a través de su hijo: «Por fin creo que tomaste una buena decisión».

El director recibió aquellas palabras como un reconocimiento especialmente significativo, llegado muchos años después de haber escogido una profesión mucho más incierta.

El miedo a adaptar una novela que conoce todo un país

Kawalski reconoce que dirigir Lalka supuso una presión considerable. No solo por el presupuesto, la complejidad del rodaje o la responsabilidad de trabajar con algunas de las principales estrellas polacas. El mayor desafío era enfrentarse a una novela profundamente arraigada en la memoria colectiva.

«Es un libro querido por generaciones de polacos, que muchos hemos leído desde pequeños», explica. El director sabía que cada lector tenía su propia imagen de Wokulski, de Izabela y de los demás personajes.

«Me habían dado una oportunidad extraordinaria de llevar esta historia a la gran pantalla con un reparto increíble y colaboradores extraordinarios. Y oportunidades así son escasas y muy valiosas».

La responsabilidad llegó a convertirse en miedo. «En cierto momento sentí un miedo paralizante a cometer un error». Sin embargo, conforme avanzaba el rodaje, ese temor fue dando paso a una sensación de confianza. «Sentí que la película quería hacerse y que, de alguna manera, me iba guiando. Fue una experiencia liberadora».

Para describir el trabajo del equipo, Kawalski utiliza una comparación inesperada: el Tour de Francia. «Sentía que éramos un equipo en el Tour de Francia. Recorres 200 kilómetros por las montañas, llegas a la meta y al día siguiente tienes otra etapa de 200 kilómetros».

El secreto, explica, no está en trabajar hasta el agotamiento, sino en distribuir correctamente el esfuerzo. «En el Tour no gana la persona que termina más exhausta, sino la que trabaja mejor en equipo». Esa filosofía, asegura, permitió superar las dificultades de una producción de semejante magnitud.

De cinco horas de película a una posible serie

Uno de los desafíos más delicados llegó cuando terminó el rodaje. La primera versión montada de Lalka superaba las cinco horas de duración. El material incluía historias completas de personajes secundarios que finalmente tuvieron que desaparecer de la película estrenada en salas.

«Rodamos muchísimo más material del que aparece en el montaje final», explica Kawalski. El director recuerda que eliminar esas tramas resultó especialmente doloroso porque algunas estaban muy desarrolladas.

La versión estrenada dura aproximadamente dos horas y 45 minutos. Kawalski explica que durante el montaje descubrió algo que contradice una de las ideas más extendidas sobre el cine comercial: una película más corta no necesariamente resulta más entretenida.

«Lo curioso fue que, a partir de cierto momento, cuanto más acortábamos la película, más larga le parecía al público».

El equipo llegó a probar versiones de dos horas y de dos horas y cuarto. Para el director, la explicación estaba en la profundidad de las escenas. «Añadir tiempo, matices y profundidad hacía que la historia resultara más absorbente que intentar acortarla cuando no tenía suficiente profundidad emocional».

Todo ese material descartado abre una posibilidad: convertir Lalka en una serie. Kawalski no confirma que exista un proyecto en marcha, pero tampoco lo descarta. «Puede ser. Tenemos mucho más material del que entró en la película y arcos narrativos completos de los personajes secundarios. Creo que podría haber suficiente material para una serie muy satisfactoria».

Los espectadores que llevaban diez años sin entrar en un cine

Para Drabik, el resultado más importante no está únicamente en la taquilla. El productor asegura que Lalka ha conseguido atraer a públicos que normalmente no frecuentan las salas: estudiantes que acuden con sus colegios, lectores de la novela y, especialmente, personas mayores.

«Es muy importante que los institutos organicen visitas a los cines», señala. Aunque no dispone de una cifra precisa de entradas escolares, cree que representan una parte considerable del público.

Sin embargo, lo que más le satisface es la respuesta de los espectadores de más edad. Personas de más de 60 años, que no suelen frecuentar las salas, han decidido volver al cine después de ocho o diez años, incluso en ciudades pequeñas.

Para el productor, ese fenómeno confirma que la película ha cumplido la misión con la que nació durante la pandemia. «Es maravilloso ver los cines llenos. Esa era nuestra misión».

Kawalski también destaca la respuesta emocional del público. «Hay personas que han decidido ir al cine por primera vez en más de una década. Van con sus familias o con sus colegios. Y la gente llora».

El éxito de Lalka demuestra, al menos en este caso, que una historia profundamente vinculada a la cultura nacional puede movilizar a generaciones muy diferentes.

¿Y los Oscar? Primero, el público polaco

Pese al presupuesto, el reparto y las posibilidades de distribución internacional, Drabik asegura que nunca concibió Lalka como una película destinada principalmente a los grandes premios. Preguntado por una posible carrera hacia los Oscar o por su participación en certámenes internacionales, el productor se muestra prudente.

«No estamos centrados en los festivales, para ser sincero». Su objetivo era otro: «Nuestra misión era hacer algo para el público polaco, algo que fuera muy importante durante décadas, por la fuerza de este libro y porque conecta con los corazones de los polacos».

Drabik no descarta que la película pueda presentarse en el futuro a alguna competición internacional, pero evita anunciar planes que todavía no están definidos. «Ya veremos. Quizá nos presentemos a algo internacionalmente, pero todavía no lo sabemos».

Y, aunque la película está profundamente vinculada a Polonia, Kawalski insiste en que su historia puede entenderse más allá de sus fronteras. «Creo que el cine todavía tiene un papel importante a la hora de acercarnos a nuestra humanidad común y a nuestras emociones», afirma. «En un mundo cada vez más dividido, creo que el cine tiene un papel importante para unirnos».

Quizá ahí resida la principal paradoja de Lalka: una película que ha necesitado una inversión extraordinaria, un reparto de estrellas y la reconstrucción de una ciudad de otro siglo para contar algo tan sencillo y reconocible como el deseo humano de ser amado y aceptado.

Drabik empezó a imaginarla cuando los cines estaban vacíos. Años después, su mayor satisfacción no parece ser haber reunido a algunas de las figuras más importantes del cine polaco ni haber construido una de las producciones más ambiciosas del país. Es haber conseguido que la gente vuelva a sentarse frente a una pantalla.

Y que lo haga para emocionarse con una historia escrita hace casi 140 años.

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