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 tromso calle malaga, Divine Comedy, Mother father sister brother, 🎥 «Solomamma», de Janicke Askevold: Una reflexión íntima sobre la maternidad y la identidad Con Solomamma, Janicke Askevold dignifica una de las experiencias humanas más universales —la maternidad— y la desgrana con serenidad y honestidad emocional. Presentada en la Sección Oficial del 78º Festival de Cine ... Leer más

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🎥 «Solomamma», de Janicke Askevold: Una reflexión íntima sobre la maternidad y la identidad

Con Solomamma, Janicke Askevold dignifica una de las experiencias humanas más universales —la maternidad— y la desgrana con serenidad y honestidad emocional. Presentada en la Sección Oficial del 78º Festival de Cine de Locarno y elegida como film de apertura del Tromsø International Film Festival 2026, la película se asienta como una de las propuestas más sugerentes del cine escandinavo reciente.

Protagonizada por Lisa Loven Kongsli, Solomamma sigue a Edith, periodista en sus cuarenta y madre soltera de un niño concebido mediante donación de esperma. Decidida a vivir la maternidad en sus propios términos, su mundo se desestabiliza cuando descubre inesperadamente la identidad del donante. El encuentro que sigue —presentado inicialmente como una entrevista profesional— se transforma en un juego de ambigüedades afectivas y éticas que la filmación explora con una mezcla de ternura y tensión contenida.

La película se mueve en una zona emocional compleja: no es un retrato de heroísmo, sino un examen detallado de la vulnerabilidad y la contradicción. Askevold evita fácil moralismos y ofrece una protagonista que navega entre la curiosidad, el miedo y la necesidad de pertenencia, destacando la actuación naturalista de Kongsli y la química silenciosa con Herbert Nordrum como contraparte masculina.

Críticamente, Solomamma ha recibido respuestas mixtas pero profundamente reflexivas. Para algunos comentaristas, sus temas éticos —en torno a la procreación asistida y las fronteras de la identidad familiar— revitalizan un debate social contemporáneo. Otros han señalado que el manejo narrativo y técnico puede carecer de la precisión dramática de los mejores dramas nórdicos, con momentos en los que la película parece diluir su propio ritmo.

Aun así, su acogida en festivales internacionales —incluido el Premio del Jurado Ecuménico en Locarno— subraya la relevancia de una obra que se atreve a retratar la maternidad como un viaje emocional y ético, más que como un simple arquetipo social.


❤️ «Min første kjærlighet» (My First Love): Juventud, discapacidad y la búsqueda de amor

Min første kjærlighet, ópera prima de Mari Storstein, aterriza en la escena festivalera con una historia que combina inocencia, vulnerabilidad y una mirada social crítica sobre los límites de inclusión. Proyectada en la Competición First Feature del 29º Tallinn Black Nights Film Festival, la película ha generado debates entre quienes la ven como un relato inspirador y quienes critican su estilo narrativo.

La trama sigue a Ella, una joven de 19 años que ha vivido toda su vida en silla de ruedas. Al mudarse para estudiar, se enfrenta a un sistema de asistencia que no está preparado para sus necesidades, obligándola a replantear sus expectativas de independencia. Cuando conoce a su primer amor, la película se adentra en una exploración de la afectividad, la autodeterminación y los prejuicios institucionales que enfrentan las personas con discapacidad.

Desde un punto de vista narrativo, My First Love apuesta por un tono directo y humano, con actuaciones impregnadas de autenticidad —en especial de su protagonista, Marie Flaatten— que transmiten tanto ternura como frustración frente a las limitaciones sociales. La película fue recibida con un aplauso cálido en Tallin, donde competía entre otras óperas primas europeas.

Sin embargo, no todas las críticas son unánimes. Varios comentaristas han señalado que, por momentos, la película parece más un ejercicio de sensibilización social que un relato cinematográfico plenamente integrado. Algunas escenas —según críticas internacionales como la de DMovies— caen en un didactismo explícito que resta complejidad a los personajes, con una sensación de lecciones expuestas más que vividas.

Pese a ello, la fuerza de Min første kjærlighet radica en su enfoque inclusivo y narrativamente valiente, al poner en primer plano a una protagonista cuya búsqueda de amor y autonomía sigue siendo universal y emocionalmente resonante. Su mirada franca sobre el activismo, las barreras sociales y la experiencia íntima del primer amor la coloca como un título imprescindible para quienes busquen un cine con mensaje que no renuncia a la humanidad de sus personajes. 

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🎥 Crítica: Solomamma — entre la ética del deseo y la fragilidad de la identidad familiar

Por [Tu Nombre]

En una época en la que las fronteras del parentesco y la reproducción asistida se encuentran en constante revisión, Solomamma, ópera prima de la cineasta noruega Janicke Askevold, irrumpe con una propuesta que pretende examinar sin concesiones el laberinto emocional y moral de la maternidad en solitario. Tras su estreno mundial en el 78º Festival de Locarno —donde compitió por el Leopardo de Oro y conquistó el Premio del Jurado Ecuménico— este drama ha sido catapultado al centro de la conversación cinematográfica europea, abriendo la 36ª edición del Tromsø International Film Festival como film inaugural.

La película se centra en Edith (interpretada por una contenida y precisa Lisa Loven Kongsli), una periodista cuarentañera que decidió tener un hijo a través de una donación de esperma. Años después, casualmente descubre la identidad del donante —Niels, un exitoso desarrollador de videojuegos — y lo contacta bajo el pretexto de querer entrevistarle para un reportaje. Lo que empieza como un juego de dobles intenciones se transforma en una relación ambigua, tensa y cargada de silencios, que obliga a la protagonista a confrontar sus certezas sobre amor, paternidad, verdad y mentira.

Desde su planteamiento, Solomamma se presenta como un objeto cinematográfico fascinante, no por su complejidad argumental —la historia es relativamente lineal— sino por el territorio emocional que intenta explorar. Askevold, junto a sus co‑guionistas, dibuja un retrato íntimo de una mujer fuerte y decidida, pero también profundamente vulnerable. El guion, basado en conversaciones reales con madres solteras que optaron por la donación de esperma, empuja al espectador a enfrentarse a preguntas incómodas: ¿hasta qué punto es legítimo involucrar a otra persona en nuestra narrativa privada sin su consentimiento? ¿Qué significa realmente ser madre si la figura paterna permanece en la periferia de la existencia familiar?

Sin embargo, la película no está exenta de polémica o matices críticos. En algunos momentos, la construcción dramática se siente algo predecible —el progresivo desmoronamiento de la fachada de Edith carece de sorpresas narrativas verdaderamente potentes— y la tensión psicológica, pese a estar sostenida por interpretaciones sólidas, parece depender excesivamente de convenciones del drama familiar contemporáneo. Este efecto reduce la fuerza exploratoria que Solomamma podría haber alcanzado si se hubiera atrevido a desafiar más radicalmente las expectativas del público.

En términos formales, la película se sostiene gracias a una cinematografía que sabe acompañar los estados internos de sus personajes sin grandilocuencias y a un montaje que pulsa con mesura los momentos de duda, deseo y revelación. Kongsli, reconocida por su trabajo en Force Majeure, entrega una actuación que titubea entre la determinación y la fragilidad, otorgando al personaje de Edith una presencia que se siente real y humana.

Lo que Solomamma hace mejor que muchas propuestas similares es plantear sus preguntas sin intentar responderlas definitivamente. La película se arriesga al mostrar el costo emocional de las decisiones individuales en un mundo en que las estructuras familiares tradicionales se están disolviendo, y lo hace con sensibilidad, incluso si a veces se apoya demasiado en fórmulas dramáticas conocidas. En última instancia, queda la impresión de una obra necesaria, pertinente y honesta, aunque no siempre tan audaz como su premisa lo prometía.


❤️ Crítica: Min første kjærlighet — el amor primero, el cine primero… y la pedagogía cinematográfica

Por [Tu Nombre]

Cuando un filme se presenta como una mirada fresca a la juventud, la independencia y la discapacidad, las expectativas suelen ser altas: el público espera empatía, autenticidad y una voz cinematográfica propia. Min første kjærlighet (My First Love), ópera prima de la directora noruega Mari Storstein, aspira a cumplir con ese objetivo, pero su ambición narrativa tropieza repetidamente con los límites de su propia ejecución.

Tras su estreno mundial en la sección First Feature Competition del 29º Tallinn Black Nights Film Festival, la película ha generado reacciones encontradas: algunos espectadores salieron conmovidos por la historia de Ella, una joven de diecinueve años que ha vivido toda su vida en silla de ruedas y lucha por su independencia; otros, sin embargo, señalaron que la película se siente más didáctica que dramática, como si la cámara se hubiera olvidado de dejar que la dignidad de los personajes surgiera por sí sola.

La historia sigue a Ella en su intento de vivir sola y estudiar, solo para enfrentarse a la cruda realidad de un rechazo de asistencia que la sitúa en un centro institucionalizado, truncando sus sueños de autonomía. En medio de esta frustración burocrática, Ella experimenta su primera relación amorosa, que debería ser el corazón emotivo del filme.

El mayor mérito de Min første kjærlighet radica en la intención de contar una historia que pocas veces se ve en la pantalla: el amor, la resiliencia y las barreras sociales desde la perspectiva de alguien que vive con una discapacidad física. Este enfoque, sin duda, es valioso y necesario; Storstein y su co‑guionista Tomas Myklebost eligen un material que tiene potencial universal y relevancia social.

No obstante, el resultado final revela las tensiones de un primer largometraje que no termina de encontrar su equilibrio entre narrativa y mensaje. Como señala la crítica en DMovies, la película “parece más un guion alargado que una historia que respira por sí misma”, donde las escenas a menudo se sienten escenificadas y carentes de matices dramáticos. Esta falta de complejidad narrativa reduce la carga emocional que debería impulsar una película sobre el paso a la adultez y las frustraciones de la independencia.

Otro punto crítico recae en la construcción de personajes secundarios: mientras que Ella es retratada con dignidad y naturalidad —incluso con momentos que evocan genuina empatía—, las figuras que la rodean parecen funcionar como vehículos de enseñanza más que como individuos complejos, reforzando la sensación de que la película está más interesada en “mostrar” un problema que en explorar sus ramificaciones humanas.

A pesar de estos tropiezos, la película también ofrece destellos de sensibilidad auténtica, especialmente en las actuaciones de un elenco comprometido que se esfuerza por dotar de verdad a cada interacción. Las situaciones íntimas —con sus alegrías tímidas y dolores latentes— sugieren un cineasta dispuesta a escuchar a sus personajes, incluso cuando la película no siempre logra traducir esa escucha en una narrativa visual potente.

Min første kjærlighet es un debut que aspira a la grandeza emocional, pero que se queda corto al ceder demasiada energía a la pedagogía y al discurso social directo. Es una película con el corazón en el lugar correcto, pero con un lenguaje cinematográfico todavía en formación: noble en sus intenciones, imperfecta en su ejecución.

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Raptures (Rörelser) — Fronteras entre fe, identidad y conformismo histórico

Por [Tu Nombre]

En una región donde historia, religión y lenguaje se entrecruzan como geografías difíciles de trazar, Raptures (título internacional de Rörelser) emerge como una pieza cinematográfica ambiciosa que propone, con sensibilidad histórica, indagar en los pliegues menos explorados de la religión como forma de pertenencia y dislocación.

Dirigida por Jon Blåhed, la película se sitúa en la Suecia rural de los años 1930, en una comunidad de la Torne Valley donde coexisten diferentes identidades lingüísticas (Meänkieli, sueco y finlandés). Ahí, la trama sigue a Rakel, interpretada con matices introspectivos por Jessica Grabowsky, cuya vida se complica cuando su esposo Teodor adopta los dogmas de la llamada movimiento Korpela, un grupo religioso real donde las creencias puritanas y apocalípticas se convierten en el combustible para un culto cada vez más estricto y tóxico.

Desde su estreno internacional en el International Film Festival Rotterdam 2025, donde compitió en la Big Screen Competition, Raptures ha sido elogiada por su contexto histórico y su uso audaz de la lengua minoritaria Meänkieli como vehículo narrativo central —es la primera película mayoritariamente hablada en ese idioma— lo que en sí mismo constituye un acto político y cultural potente, señalando la invisibilización de comunidades lingüísticas en el cine nórdico contemporáneo.

Sin embargo, más allá de su contexto lingüístico e histórico, la película tropieza con sus propias ambiciones. A pesar de su valor antropológico y contextual —que permite al público asomarse a una parte poco conocida de la Europa septentrional—, su ejecución no consigue desatar del todo la energía dramática que su premisa prometía. En criticas como la de Sight & Sound, se apunta que la narración tiende a una resolución narrativamente convencional y controlada, lo que priva al relato de un caos visceral que podría haber intensificado la representación del fanatismo y de la deformación social de la fe religiosa.

Es precisamente aquí donde Raptures se muestra más frustrante: su historia, inspirada en hechos reales y alimentada por la riqueza de un territorio narrativo excepcional (una comunidad fronteriza, dividida por idiomas y creencias), se diluye en una aproximación formal que a menudo luce más académica que catártica. La figura de Teodor, el líder emergente, tiene momentos donde debería causar desasosiego profundo, pero su evolución dramática carece de un arco tan contundente como el que su credo apocalíptico insinúa, dejando al espectador con la sensación de haber recorrido un paisaje histórico fascinante, pero narrativamente tibio.

Los méritos del filme, sin embargo, son reales: la ambientación, el diseño de producción y la fotografía evocan con precisión un tiempo y un lugar donde las tensiones culturales eran palpables; la emotividad soterrada de Rakel, intentando proteger a su familia de un fervor que ha perdido todo sentido de equilibrio, ofrece uno de los pocos puntos dramáticos totalmente logrados de la película.

En definitiva, Raptures funciona mejor como documento histórico y exploración cultural que como pieza dramática totalmente cohesionada. Su aproximación “cautelosa” al fanatismo —que evita el sensacionalismo pero también a veces su impacto emocional— lo convierte en un filme sugerente pero limitado en su resonancia dramática global. No es poco lo que la película aspira a decir, pero su manera de decirlo a veces la deja en las fronteras de su propio tema, como si la fe que retrata imprimiera también una contención que contagia la narración.


❤️ The Love That Remains — El amor en fragmentos: poesía familiar y distancias emocionales

Por [Tu Nombre]

Después de films tan intensos y brutales como Godland y A White, White Day, el islandés Hlynur Pálmason propone con The Love That Remains (Ástin sem eftir er) un cambio de registro: un retrato íntimo de una familia en descomposición cuya calidad poética y sensibilidad visual provocan —a la vez— admiración y escepticismo en la crítica.

Estrenada en Cannes Première del Festival de Cannes 2025, la película sigue a Anna y Magnús, una pareja en proceso de separación intentando mantener cierta dignidad afectiva mientras co‑crían a sus tres hijos. Pálmason, quien escribe, dirige y se encarga de la fotografía, elige un enfoque lírico y fragmentario para narrar la historia, utilizando la vasta naturaleza islandesa como contrapunto a las fracturas familiares.

Desde su proyección en Cannes y posteriores festivales como el de Nueva York, la recepción crítica ha sido en gran medida positiva: en Rotten Tomatoes acumula cerca de un 95% de críticas favorables, destacando la “calidez humana” del filme y la “brillantez visual” de sus escenas cotidianas.

Pero esa misma lírica contenida es, paradójicamente, el eje de gran parte de las críticas más agudas. El filme se estructura como una collage de momentos que se sienten menos como un drama convencional y más como una sucesión de impresiones domésticas, sin un arco narrativo firme que conduzca al espectador hacia una resolución emocional definitiva. Esta fragmentación —poética para algunos— puede resultar evasiva o incluso elusiva para quienes buscan mayor claridad dramática, ya que Pálmason renuncia deliberadamente a la progresión clásica de conflicto y clímax para sostener un flujo de instantes que se mueven entre la ternura, la melancolía y lo surreal.

La película también incorpora toques de humor seco y momentos casi oníricos —como secuencias visualmente extrañas o metáforas que bordean lo surreal— que, aunque enriquecen su textura, pueden dificultar una conexión emocional profunda para quienes esperan un relato más centrado. Esta inclinación por la fragmentación estética puede sentirse, en ocasiones, como una barrera entre la vida íntima de sus personajes y el espectador: la cámara es omnipresente y bella, pero su poesía formal a veces parece más interesada en la contemplación que en la empatía absoluta por los afectados por la ruptura familiar.

El corazón de The Love That Remains reside, sin duda, en las actuaciones y en la forma en que Pálmason observa a sus propios hijos (quienes aparecen en la película). Estos momentos familiares —sean juegos, pequeños conflictos o silencios compartidos— proporcionan una honestidad emocional que ancla el filme incluso cuando su estilo puede sentirse esquivo.

No obstante, al desplazar deliberadamente el foco de la narrativa convencional hacia un retrato contemplativo más que argumental, Pálmason corre el riesgo de que el público salga de la sala con interrogantes sin respuesta o con un impulso emocional que ha sido medido en lugar de explotado. Para algunos críticos, esta elección es precisamente lo que convierte The Love That Remains en una experiencia cinematográfica única: una película que no se parece a nada más en la obra reciente del director. Para otros, esa misma elección es su talón de Aquiles: un filme que oscila entre la belleza formal y la melancolía sin encontrar un núcleo dramático que vaya más allá del instante.

En resumen, The Love That Remains es un retrato delicado y estéticamente riguroso de la disolución familiar. Su ambición lírica y su aproximación fragmentaria confieren al film un lugar singular en el cine europeo contemporáneo —pero esa misma singularidad puede dividir a los espectadores más acostumbrados a relatos más convencionales y catárticos*. 

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