El Doha Film Festival levantó este año un espejo particularmente nítido sobre su propia sociedad. En su sección Made in Qatar, diez cortometrajes financiados por el Qatari Film Fund confirmaron que la producción local se mueve cada vez más lejos de la complacencia y se acerca a territorios personales, incómodos y profundamente humanos. Tres nombres sobresalen: Mahdi Ali Ali Al-Sharshani, Fatma Al Ghanim y Eiman Mirghani. Sus obras abordan el duelo, la frustración y el desarraigo con una franqueza poco habitual en el Golfo.
Mahdi Ali Ali, director y mentor de generaciones de jóvenes cineastas, describe su trabajo desde la pedagogía y la memoria. Recuerda que sus primeros pasos estuvieron ligados a la creación del área educativa del Doha Film Institute. “Construimos la infraestructura del brazo formativo trayendo mentores internacionales y de la región MENA”, explica. Esa experiencia, más de una década después, se refleja en A Palm Branch, un cortometraje que rescata un antiguo ritual femenino vinculado a la pesca de perlas.
En la época previa al petróleo, cientos de familias perdían a sus hombres en el mar. Las mujeres, impotentes ante un destino que no podían modificar, proyectaban su dolor sobre el paisaje. “Veían el mar como un enemigo”, señala Mahdi. De ahí surgió el gesto que retrata su película: acercarse al agua con una rama de palma quemada para pedir que no se llevara a nadie más. El director aborda este fenómeno con una mezcla de sensibilidad y distancia antropológica, procurando que la reconstrucción no romantice el sufrimiento de las protagonistas.
El cineasta contextualiza esa memoria en el avance cultural del Golfo. Recuerda que “el primer festival de cine en la región ocurrió en Catar en el año 2000” y que desde entonces la región ha multiplicado sus plataformas cinematográficas, desde Dubái a Yeda. Con esta expansión, cree que “cambiará el mapa de la industria”. Pero identifica también un obstáculo estructural: la actuación. “No hay escuelas, y eso afecta a los cortometrajes”, apunta. Por ello insiste en la formación de directores capaces de trabajar con intérpretes que aún carecen de tradición escénica.
En un territorio completamente distinto se mueve Fatma Al Ghanim, cuya película reconstruye un episodio borrado de la historia deportiva del país. Theatre of Dreams parte de la época en que fue capitana del primer equipo femenino de fútbol de Catar. Sus inicios fueron modestos: “Éramos solo un equipo de futsal que jugaba en espacios exclusivos para mujeres”. Pero cuando un partido se emitió en directo, lo que debía ser una celebración se convirtió en polémica. “La reacción de la sociedad fue muy fuerte porque somos una sociedad conservadora”, recuerda. El rechazo social terminó por apartarla del deporte: “Tuve que dejar de jugar al fútbol”.
La Copa del Mundo de 2022 reactivó ese dolor. Mientras el país exhibía su mayor evento deportivo, Fatma se preguntaba qué había sido de los esfuerzos que su equipo había iniciado en 2010. “Veía todo el marketing para los hombres”, cuenta, y esa imagen la confrontaba con los sueños que no pudieron cumplirse. Reconoce avances, pero también que “algunas cosas nunca se hicieron realidad”, especialmente en materia de visibilidad femenina. Durante el rodaje del documental, la directora tuvo que exponer su propia vulnerabilidad. “Casi en cada punto del rodaje lloré”, dice, aunque también admite que ese proceso le permitió reconciliarse con el hecho de ser vista: “Lo mismo que me hirió es ahora lo que estoy recuperando”.
Si la película de Al Ghanim aborda una herida pública, Villa 187, de Eiman Mirghani, se asienta en una herida privada. La familia de la directora recibió la orden de abandonar la casa donde ella había vivido más de treinta años tras la no renovación del contrato de trabajo de su padre. Su caso ilustra la situación de muchos residentes en el país: “Dependemos de nuestras ocupaciones para poder quedarnos”, explica. La incertidumbre se intensificaba por la guerra en Sudán, un escenario que convertía cualquier regreso en una opción imposible. “No sabíamos a dónde íbamos”, recuerda.
Mirghani filmó el proceso como un intento de conservar algo antes de perderlo definitivamente. Define su obra como “una carta de amor a ese hogar”, un modo de fijar la memoria cuando todo lo demás se desvanecía. No es su primer trabajo en esa línea. En The Bleaching Syndrome, un documental sobre el uso de cremas blanqueadoras, decidió filmarse sola porque el tema aún se considera tabú en su comunidad. Allí descubrió que el cine podía ser “una forma de sanar”, un espacio donde reivindicar su identidad afro-árabe frente a los discursos que tradicionalmente la han borrado.
Las tres películas funcionan como un tríptico sobre el dolor y la pertenencia. Mahdi rescata la memoria de mujeres que desafiaron al mar; Fatma revisita un sueño deportivo que se desmoronó antes de hacerse real; Eiman se aferra al recuerdo de una casa que ya no existe. Juntas trazan un mapa emocional del país y de una generación de cineastas que empieza a narrarse sin miedo.