La Guajira de Colombia derrite el frio de Estonia en el norte de Europa, gracias el festival de cine de Tallin. PÖFF 2024

Por David Sánchez La película Semilla del desierto, dirigida por el colombiano Sebastián Parra, ha llevado a los paisajes áridos y cautivadores de La Guajira a la Selección Oficial del Tallinn Black Nights Film Festival, uno de los certámenes de cine más prestigiosos del mundo. En este contexto, Parra describe su obra como «un retrato ... Leer más

Por David Sánchez

La película
Semilla del desierto, dirigida por el colombiano Sebastián
Parra, ha llevado a los paisajes áridos y cautivadores de La Guajira
a la Selección Oficial del Tallinn Black Nights Film Festival,
uno de los certámenes de cine más prestigiosos del mundo. En este
contexto, Parra describe su obra como «un retrato donde la
crudeza de la realidad cotidiana se encuentra con lo apocalíptico».
Con raíces profundamente arraigadas en su tierra natal, el director
buscó explorar las emociones humanas a través de un paisaje que,
como él mismo señala, «no solo es un lugar físico, sino un
estado emocional».

La trama
sigue a Caviche y Chelina, dos jóvenes desesperados por un
embarazo no deseado y las amenazas del padre de ella. En su intento
por reunir dinero para un aborto, se convierten en contrabandistas de
gasolina en la peligrosa Caravana de la Muerte. Esta odisea los lleva
a enfrentar no solo los riesgos del contrabando, sino también las
sombras que el desierto proyecta sobre sus vidas.

«Soy
de Urumita, un pequeño pueblo al sur de La Guajira», cuenta
Parra al hablar de su conexión personal con el entorno de la
película. «Aunque está más cerca de Valledupar que del mar,
el desierto siempre ha estado presente en mi imaginación, como un
lugar lleno de historias y desafíos». Con esta base, Semilla
del desierto
se filmó en localidades emblemáticas como Uribia,
Manaure y el Cabo de la Vela, lugares que el director describe como
«esenciales para capturar la autenticidad que queríamos
transmitir».

El filme no
solo aborda la travesía de sus protagonistas, sino también
problemáticas sociales profundamente enraizadas, como el contrabando
de combustible. Parra explica que este tema, aunque presentado como
ficción, tiene un trasfondo crítico: «Es una forma de hablar
sobre cómo decisiones externas pueden impactar a las comunidades
locales. No se trata de señalar, sino de abrir reflexiones».

El rodaje
contó exclusivamente con actores no profesionales, seleccionados
tras un exhaustivo proceso que involucró a más de 2,000 personas.
«Lo más difícil no era encontrar el perfil físico, sino el
emocional», señala el director. «Necesitábamos que los
actores pudieran conectar profundamente con sus personajes, y eso
requería identificar paralelismos entre sus vidas y las historias
que queríamos contar». Este enfoque aporta una autenticidad
única a escenas como la llamada candelita del macho, donde
dos coches compiten tirando de una cadena hasta que uno termina en
llamas. «Es ficción, pero está inspirada en vivencias que
reinterpretamos para la película», explica Parra.

El
cineasta, influenciado por figuras como Amat Escalante y Carlos
Reygadas, destaca que su formación más significativa fue
filosófica: «Antes pensaba que el cine era solo
entretenimiento. Ahora entiendo que es una herramienta para plantear
preguntas y dialogar con la realidad». Esa visión, sumada a su
experiencia en diplomados y talleres, le permitió crear una obra
que, según él, «no busca sorprender, sino abrir conversaciones
y generar memoria colectiva».

La noticia
de la selección en un festival de categoría A fue un momento clave
para Parra y su equipo. «Mi primer pensamiento fue: ‘Habrá
más gente que la verá’. Eso es lo más importante: que nuestras
historias lleguen a públicos internacionales». Desde su
proyección en Tallin, la película ha recibido preguntas profundas
sobre sus intenciones y contexto, algo que el director valora como lo
más gratificante: «Que las ideas que estuvieron en el guion y
en la cámara lleguen al espectador y provoquen reflexiones».

Con un
futuro que promete más festivales en Europa y Latinoamérica,
Semilla del desierto emerge como un testimonio del poder del
cine colombiano para conectar lo local con lo global. «Hacer
cine en Colombia es como escarbar el suelo para encontrar algo»,
concluye Parra, destacando la necesidad y la urgencia de contar
historias como las de Caviche, Chelina y el desierto que los
contiene.

Deja un comentario