
Kakos (Los pasteles)
El sueco Alessandro
Stigliano nos habla de FIKA, o lo que es lo mismo, la famosa pausa en
el trabajo para tomar café. El protagonista está amargado con su
jefa, ya que le pide entregar un trabajo en breve, sin darse cuenta
de que el protagonista tiene a su cargo a su hija y no da a basto.
Siendo una paradoja
del reciclaje, el protagonista decide hacer pasteles de chocolate
para la Fika del trabajo, pero sin desperdiciar los valiosos
nutrientes del regalo que deja su hija todos los días en los
pañales. Reciclaje y venganza, todo con el sello de calidad sueco,
en donde lo políticamente incorrecto, o incluso lo denominado soez
en otros países que se creen más cultos, tiene cabida, haciendo
reflexionar profundamente a partir de una experiencia absurda.
4,2/5
National anthem
(Himno nacional)
Probablemente el
corto más salvaje viene de la mano del húngaro Jack Turits, con
coproducción de EEUU.
Los húngaros están
que se salen, no ya solo en animación, donde son un referente, sino
en cortometrajes, y en breve lo veremos en largometrajes.
Aquí se pone en
tela de juicio la aceptación de los inmigrantes, en el caso del film
tiene que disputarse en duelo a muerte el permiso y al final de cada
disparo, el que sobrevive, canta el himno.
Bestial como suena,
pero igual la realidad es aún más brutal, si vemos que ocurre con
tantos inmigrantes que no pudieron llegar.
4/5
Cross my heart and
hope to die
Sam Manacsa de
Filipinas nos muestra de forma suave, el día a día de una empleada
mal pagada quien recibe llamadas de un hombre. Así dicho no parece
que tenga mucho tirón, pero poco a poco vemos que la trama termina
en un acontecimiento desastroso, y en parte resarce a la
protagonista. Con una cámara siempre lejana, el espectador se siente
como un visitante a un museo. Aquí lo de cámara en mano y pegada al
cogote del protagonista no se lleva y se agradece por el aire que,
dentro del espacio agobiante de la oficina, se puede respirar.
3,7/5
Kafana na Balkanu
(Son los balcanes)
Desde Alemania nos
llega esta cinta dirigida por Boris Gavrilovic, en donde una mujer de
la antigua Yugoslavia se encuentra con otra de la misma región, en
la Alemania de la actualidad.
Aquí lo mejor es la
increíble actuación de Ruzica Hajdari, quien nos transmite ese
miedo a no sentirse integrada en la sociedad alemana, el miedo a
reencontrar a alguien del pasado (para ella hablar en su idioma
original es eso), pero que a la vez dentro de ella lleva una semilla
que quiere explotar para disfrutar de lo que ella vivió en su niñez
y que es parte de su cultura.
Si bien la trama no
termina de estar bien lograda, con una joven con cambio radical de
personalidad no explicado, y una actuación pésima, la gran potencia
de Ruzica hace que merezca la pena los 19 minutos del corto.
3,5/5

