Carmen Posadas, una vida de novela entre Montevideo, Madrid y Moscú

La escritora uruguaya Carmen Posadas recordó en Biarritz su infancia diplomática por el mundo, vivencias que transformó en la base de su literatura.

Carmen Posadas en su charla desde Biarritz. Foto David Sánchez
Carmen Posadas en su charla desde Biarritz. Foto David Sánchez

La escritora uruguaya compartió en Biarritz recuerdos de una infancia entre embajadas y de una trayectoria literaria construida a partir de la observación de la realidad

Hay vidas que parecen escritas antes de ser contadas. La de Carmen Posadas es una de ellas. Montevideo, Madrid, Moscú, Buenos Aires, Londres… La escritora uruguaya creció entre ciudades, colegios, embajadas y cambios de país. El pasado sábado 26 de septiembre, en el Salón de los Embajadores de Biarritz, recuperó algunas de aquellas historias durante un encuentro celebrado dentro de la 35.ª edición del Festival Biarritz Amérique Latine, que se desarrolla del 26 de septiembre al 2 de octubre.

La conversación tuvo algo de viaje en el tiempo. No solo porque Posadas regresaba a una ciudad que conoce bien —durante los años ochenta y noventa acudía habitualmente a Biarritz cada septiembre—, sino porque buena parte de sus recuerdos pertenecen a un mundo que ha desaparecido.

«Conozco muy bien esta luz, conozco muy bien todo lo que me rodea», recordó al hablar de su relación con Biarritz. Y añadió que aquella invitación le había permitido «viajar en el tiempo».

Nacida en Montevideo en 1953, llegó a Madrid en 1965, cuando tenía doce años. Su padre había sido destinado como embajador y la familia se instaló en una España que, para aquella adolescente uruguaya, resultaba sorprendente.

«Yo soy uruguaya», explicó al comenzar a hablar de aquellos años. Su llegada a Madrid supuso, según sus propias palabras, «un poco shock cultural». Uruguay, recordó, era entonces un país que consideraba más avanzado que la España que encontró a mediados de los sesenta.

Mirar antes de escribir

Quizá ahí esté una de las claves de la escritora. Posadas observa.

Observa los lugares, los personajes, las costumbres y las pequeñas contradicciones de la vida cotidiana. Y después guarda esas imágenes hasta que llega el momento de convertirlas en literatura.

Entre sus primeros recuerdos aparecen los faroleros que encendían las luces de gas en la zona de El Viso, cerca del Santiago Bernabéu. «Venía un farolero y encendían los faroles, a mí me tenía absolutamente fascinada eso», recordó.

También le sorprendió el peso de la religión en la vida cotidiana. «Todo el mundo estaba de luto», explicó, antes de contar una de aquellas escenas que quedaron grabadas en su memoria.

Un carpintero llegó un día a su casa vestido con un mono de trabajo. Debajo llevaba una camisa púrpura y un cordón dorado. La niña Carmen quiso saber por qué. La respuesta tenía que ver con una promesa al Cristo de Medinaceli.

«Nuestro carpintero había hecho una promesa al Cristo de Medinaceli», contó. La promesa consistía en que debía ir siempre vestido de púrpura y con aquel cordón.

Para una niña recién llegada de Montevideo, aquellas escenas eran sorprendentes. Pero también fueron construyendo una memoria que, décadas después, acabaría convertida en material literario.

Y, pese al choque inicial, España terminó ocupando un lugar fundamental en su vida. «Yo le debo todo a España», afirmó durante el encuentro.

Moscú: una historia de espías

Tras Madrid llegó Moscú. En 1972, la familia se trasladó a la Unión Soviética de Brézhnev. El contraste fue todavía mayor.

La embajada se encontraba en malas condiciones y las reparaciones parecían imposibles debido a la burocracia soviética. Había que cambiar las cortinas, pintar, arreglar los suelos, pero ningún operario conseguía llegar hasta allí.

Hasta que alguien dio a su madre una pista: «Mire señora, esto solo se puede arreglar hablando en el comedor».

La razón era tan inesperada como eficaz: la embajada estaba llena de micrófonos y los del comedor eran especialmente sensibles. La madre de Posadas siguió el consejo y explicó allí sus problemas.

El resultado fue inmediato. «Al día siguiente estaban todos ahí», recordó.

La misma vigilancia que facilitó las reparaciones proporcionaba, sin embargo, situaciones mucho más surrealistas. «De vez en cuando se invertían los micrófonos y oíamos nosotros a los espías», relató.

La escena podía resultar absurda: en mitad de la noche podían comenzar a escucharse conversaciones, música o retransmisiones deportivas procedentes de quienes vigilaban la embajada.

«Estabas durmiendo tranquilamente a las 4 de la mañana y sonaba una música trepidante o se oía un partido de básquetbol», recordó, antes de explicar que tenían que golpear la pared para pedir silencio.

Posadas resumió aquella experiencia con una frase que provocó las risas del público: «Vivir en la Unión Soviética en aquella época era como vivir en una novela de espías, pero no de James Bond sino de Superagente 86».

Y todavía le quedan historias por contar de aquella etapa. «Tengo 20.000 anécdotas de Rusia que si luego quieren se las cuento porque da para un libro», bromeó.

El caviar y las sardinas

Aquella vida diplomática acabó convertida en libro. Junto a su hermano escribió Hoy caviar, mañana sardinas, unas memorias familiares cuyo título resume perfectamente la existencia de quienes viven entre destinos diplomáticos.

«Es la metáfora de lo que es la vida de los diplomáticos», explicó. «Un día estás comiendo caviar con la reina de Inglaterra en un palacio y poco tiempo más tarde estás abriendo una latita de sardinas en una oficinucha en no se sabe dónde».

El libro recoge las experiencias de unos hijos de diplomáticos «a los que sus padres arrastran por el mundo cambiando de colegio, cambiando de amigos, cambiando de país».

España durante el franquismo, la Unión Soviética de Brézhnev y Londres aparecen así unidos por el hilo de una memoria familiar que también funciona como documento de época.

De la anécdota al libro

En Biarritz se habló también de la particular manera que tiene Posadas de convertir la realidad en literatura.

El entrevistador destacó su capacidad para captar «la anécdota, pero no solo la anécdota, el documento, la historia, la realidad» y después ficcionalizarla.

La escritora ha construido una obra muy amplia: novelas, libros infantiles, biografías, cuentos y guiones para cine y televisión. Sobre el número de novelas, ella misma bromeó durante la conversación: «Novelas son como 14, una cosa así».

Y, en cuanto al conjunto de su producción, añadió: «Libros en total deben ser como 40, eso para que vean lo viejas que son».

La observación de la realidad aparece así como uno de los hilos que unen su biografía y su literatura. Los países en los que vivió, las personas que conoció y las situaciones extraordinarias de su juventud fueron dejando un archivo personal que después encontraría distintas formas literarias.

Una vida que ya contenía muchas historias

Montevideo, Madrid, Moscú, Buenos Aires y Londres forman parte de la geografía personal de Carmen Posadas. Son ciudades que aparecen unidas por una vida familiar marcada por la diplomacia, pero también por una permanente capacidad de adaptación.

La escritora recuerda aquella infancia y juventud con humor, pero también como una escuela de observación. Los faroleros de Madrid, las promesas religiosas, los micrófonos de Moscú o las mudanzas constantes terminaron formando un archivo personal del que surgiría buena parte de su universo literario.

En Biarritz, ese archivo volvió a abrirse ante el público.

El pasado sábado 26 de septiembre, en el marco del Festival Biarritz Amérique Latine, Posadas no solo habló de sus libros. Habló de los lugares que los hicieron posibles y de una vida que, antes de convertirse en literatura, ya estaba llena de historias.

Y quizá esa sea una de las mejores maneras de acercarse a su obra: escuchar a Carmen Posadas contar aquello que vio, aquello que vivió y aquello que, con el paso del tiempo, terminó transformando en literatura.

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